Hay un legado y es palpable. Pertenece a un selecto grupo de personas que no necesita de su apellido para saber que hablamos de ellos. Como Jackie (Kennedy) o Marilyn (Monroe) entro otros, Giorgio siempre será Armani. Estuvo a cargo de su empresa casi 50 años, de hecho murió meses antes de que se cumpliera dicho a aniversario.
Los guiones de Taxi Driver y Toro Salvaje durante los 70 eran la espalda de Paul Schrader. Gigoló Americano fue su opera prima como director. El rechazo de John Travolta para ser el personaje lo llevó a conocer al diseñador italiano Giorgio Armani: el actor de Fiebre de Sábado por la Noche le recomendó al diseñador italiano quien, por esa época, planeaba extender su nombre fuera de Italia.
La película no fue solamente la excusa, fue también el ticket en business que llevó al diseñador directamente a Estados Unidos.
Julian Kay es el alter ego de un joven Richard Gere en la película Gigoló Americano (1980), un vendedor de servicios sexuales a mujeres, sobre todo mayores, de la alta sociedad de Los Angeles en los comienzos de la década del 80. Un prostituto de alta alcurnia, sofisticado, carismático, guapo y elegante al extremo. En una escena Gere aparece como Dios lo trajo al mundo con sol del atardecer de la ciudad de LA colándose entre las persianas americanas de la habitación mientras Michelle Stratton, el personaje de Lauren Hutton, su compañera de reparto, lo mira embobada y satisfecha envuelta en las sábanas del más puro algodón egipcio que se conociera hasta entonces. Un desnudo casi frontal en un suficiente tres cuarto de perfil que podría dar que hablar.
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Quién era la pareja de Giorgio Armani
Sin embargo la película se hizo famosa, entre otras cosas, por el vestuario y no por el desnudo. Giorgio Armani vistió a Richard Gere, cambió los códigos del vestir masculino de 1980 y redefinió la sastrería moderna para ellos con trajes desestructurados, sin forrerías ni entretelas. Una técnica nueva que le dio al vestuario del personaje un estilo más sensual sin perder el formato sartorial. La ropa fue un personaje más de la película. Estilo y erotismo son dos cualidades que le ponen la firma a un film que causó sensación. ¡Y de qué manera!

¿Y ellas?
Una década exacta después, en 1990, en la 47 entrega de los Golden Globes, con apenas 23 años Julia Roberts ganó el premio como mejor Actriz de Reparto por Steel Magnolias y subió a recibir el premio con un traje de camisa blanca, corbata estampada, saco y pantalón gris a juego y zapatos tostados estilo Oxford de hombre. Todo firmado por Giorgio Armani. Toda una audacia por aquellos días.
A partir de la década del 90 las celebridades y los diseñadores se volvieron imprescindibles unos de los otros. Algunos lo fueron más. Mucho más. El pináculo del diseñador italiano llegó cuando en 1992 Jodie Foster recibió la estatuilla dorada como Mejor Actriz con un tailleur de saco largo (adornado con la cinta roja de la lucha contra el Sida, un detalle no menor por aquellos días) y pantalón de paillettes blancos firmados por Armani por su papel en El Silencio de los Inocentes.
Para el 2006 Giorgio Armani ya había vestido a 18 celebridades solamente nominadas al Oscar ¡un montón!, de las cuales dos habían ganado la estatuilla dorada como mejor actriz.
¿Porqué el diseñador italiano es importante en el mundo de la moda?
Su legado va más allá de la ropa, los perfumes, las líneas para la casa y los hoteles entre las tantas operaciones económicas que existen con su nombre. Construir una marca de ropa requiere de talento pero, además, y no en menor cantidad, de altas dosis de sentido común.
La leyenda que trabajó hasta el último día fue quien también dijo que las imperfecciones son difíciles de esconder en la ropa sencilla.

Y tenía razón, sus trajes impecables no tenían fallas. Hasta los pliegues que se formaban en el cruce de las delanteras de un saco estaban calculados. Estaban pensados para que le dieran un detalle a la confección. Como las arrugas en la cara cuando están exentas de intervenciones médicas, hialurónicas o toxinas botulínicas.
En un mundo donde las marcas solo tienen que vender a diestra y siniestra presionadas por los grupos económicos a los cuales pertenecen, Giorgio Armani se sostuvo por más de cuatro décadas sin la necesidad de ellos. Hasta en eso estuvo fuera de lo común: su empresa disfrutaba de la libertad que le otorgaba estar fuera del dominio de los conglomerados de moda. Y sin que las ventas caigan. Al contrario, siempre subieron. Y hoy, con su muerte, seguirán haciéndolo. Le gustaba decir que los verdaderos socios de su empresa son sus clientes. Y no se equivocaba.
La coherencia entre el ayer y el hoy
Cuando era joven estudió medicina por dos años pues pensó que sería médico hasta que, por una necesidad económica, comenzó a trabajar en las tiendas de lujo La Rinascente de Milán en el sector masculino. Una cosa llevó a la otra y terminó en contacto con su mentor, el diseñador Nino Cerruti quien le encargó experimentar con la silueta de los trajes de hombre. El resultado exitoso de proponer chaquetas desestructuradas le abrió las puertas. Quizás en aquellos días en su cabeza resonaban las palabras de su madre quien de chico le decía: concentrate en lo importante y elimina cualquier exceso. ¡Esas palabras sí que calaron hondo! La excelencia de la sencillez fue su mantra y también la rúbrica de una elegancia que muchos, aunque mal les pese, no conseguirán.

El señor Armani era un bicho raro en esta época. Dueño de una fortuna de más de cinco mil millones de euros, con mansiones en distintas partes del mundo, yates, autos y mucho más nunca le interesó ostentar. Es el mal de nuestros días del cual muchos no pueden (ni quieren) escapar. El escándalo y la ostentación nunca estuvieron en su agenda. Y en él esas ausencias son un valor agregado con mayúsculas, sobre todo en una sociedad y una industria que viven de las apariencias y los “escandaletes” mediáticos. Sus desfiles convocaban por el verdadero show de moda que caminaba sobre la pasarela, no por primeras filas llenas de faunas sedientas de fama, flashes y momentos mediáticos.
Dicen que el verano de 1985 fue fatídico ya que desencadenó la muerte de Sergio Galeotti, su socio empresarial y además su gran amor. Y también el responsable de los cimientos de la casa Armani ya que fue quien oportunamente lo convenció de abrir su propia empresa. Para il signor la independencia y la autonomía económica eran cruciales. Solía decir que además de a él mismo, solamente debía complacer a quienes compraban su ropa.
Viva el último rey
Si el rey absoluto de los 60 fue Courrèges y el de los 70 fue Yves Saint Laurent, en los 80 el puesto indiscutido lo tiene Giorgio Armani. Experto en el arte de la elegancia, su moda sartorial desdibujó los límites entre lo masculino y lo femenino de manera moderna y sin esfuerzo. Sobre todo de manera genuina y sin tantos espamentos. Desde 1973 relajó la tensión en el vestir aún con Armani Privé, la línea de alta costura creada años más tarde. Su uniforme personal de sweater de cashmere azul marino o remera blanca y pantalón negro convivían en perfecta armonía con el estilo de su marca.
Fue el único diseñador moderno de verdad del siglo XX. Quizás, también, fue el último diseñador que quedaba. Hasta hace pocas horas fue la única leyenda viva de la moda trabajando. El comunicado oficial anunció que al momento de morir estaba “en paz”, la misma paz que transmite la ropa que creaba sin que el diseño muriera.
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