Itziar Ituño es una de las actrices de habla hispana más populares gracias al arrollador éxito de La Casa de Papel -donde interpretó a la inspectora Raquel Murillo-, la serie de Netflix que batió récords globales y cambió para siempre la vida de sus protagonistas.

Con su simpatía y calidez, la actriz española de raíces vascas se encontró con Para Ti para conversar sobre su presente, compartir intimidades de su vida, de su carrera y de su historia personal. Llegó al estudio casi directamente desde Mar del Plata, donde había viajado para participar de la 40º edición del Festival de Cine y presentar Pensamiento lateral, un filme independiente en el que interpreta un papel jugadísimo, algo que en ella se está volviendo costumbre.
Mientras se prueba el vestuario para la sesión de fotos, se declara fan del maquillaje: asegura tener “de todo” y mirar muchos tutoriales para aprender trucos. Habla feliz de su profesión, de la libertad creativa y de cómo el arte atraviesa su vida. Porque además de actuar, canta, compone y baila. Su tono sereno y reflexivo en la charla se transforma en pura energía cuando se pone frente a la cámara, capaz de contorsionar el cuerpo en las formas más inesperadas, algo que la hace sentir cómoda, expresiva y completamente en su elemento.
Durante la charla nos dará detalles de su experiencia en Pensamiento lateral, película para la cual encaró el desafío de interpretar a Julia, una psicóloga cuya vida se complica cuando se convierte en víctima de un secuestro.
Fue la excusa para viajar por primera vez a nuestro país, lo cual repitió en esta ocasión y se dará una vez más en marzo 2026, para el lanzamiento en cines del filme.

-¿Cómo fue aceptar ese personaje y cómo te sentiste interpretándolo?
-Me llegó el guion a través de mi representante, lo envió Roberta (N de R: Sánchez, productora del filme). Después me contaron cómo llegaron hasta mí, porque el personaje en principio iba a ser para un hombre. El guionista, Mariano Hueter, decidió cambiarlo a femenino y ahí aparezco yo. Me propusieron interpretar a una psicóloga teatral en Buenos Aires ¡y me hizo mucha gracia que me llamaran a mí, que estoy en el País Vasco, con la cantidad de psicólogos que hay acá también!
Pero a la vez me supuso un reto: venir a hacer cine independiente argentino, que tiene tanto renombre por la cantidad de películas de calidad, era un desafío. Además, no conocía Argentina y siempre había querido venir. Con el fenómeno de La casa de papel una ya se lo piensa dos veces: antes viajaba con mochila, pero ahora te conocen en cualquier lado y no podés. Como no conocía el país y me ofrecían trabajar cinco semanas, era una aventura completa. Dije: “Esto lo hago, sí o sí”. Me vine sola, como sabés, un poco a ver qué pasaba.

-¿Qué nos podés contar de Julia?
-Es un personaje muy duro, le pasan cosas tremendas, y pensé: “A ver si yo también me voy a meter en un agujero como el personaje estando sola allá”. Pero nada que ver, ¡fue todo lo contrario! En la primera tarde se me fueron todos los nervios. Conocí a Robert, a Mariano y a mis compañeros, y me sentí como en casa. Literal. Cuando llegué a Argentina sentí algo que me resonaba, como si ya hubiera estado antes, y eso no me pasó en ningún otro país.
Puede ser porque tuve familiares que emigraron: por los dos lados de mi familia hubo diáspora vasca acá en Argentina. No sé. Pero hubo una conexión inexplicable que sigue hasta hoy. Cada vez que vengo me alegro; se me sube el ánimo.

-¿Y cómo fue la espera? Porque el rodaje fue en 2022...
-Levantar una película es complicado. Rodarla, montarla, lograr que funcione una ópera prima… El primer corte no funcionó y tuvieron que desarmar el rompecabezas y volverlo a armar varias veces. Fue largo, con pandemia en el medio y muchos cambios sociales y políticos en Argentina. No es fácil sin grandes plataformas o productoras respaldando. Cuando se lanza una película independiente, con una productora pequeña, es como una chalupita compitiendo contra transatlánticos. Entonces lo que hicimos fue ponernos todos a remar.
Yo me identifico más con las chalupas que con los transatlánticos. Igual hago de todo, lo que toque. Pero sí: fue un esfuerzo grupal.

-¿Sos de preparar mucho los personajes?
-Sí pero no me obsesiono. Tengo distintas maneras según de dónde los enfrente. A veces desde lo físico, otras desde investigación previa. Ella es psicóloga; yo estudié sociología y tenía psicología social, algo ya sabía. También le pregunté a una amiga psicóloga cómo es el trato con los pacientes.
Lo que no preparé fue toda la parte más física, que involucra a lo que le pasa al personaje: todo eso fue durante los ensayos en la fábrica. Cómo asumir el dolor físico, el miedo, el cansancio, el hambre, la sed, no poder ir al baño. Eso se construyó sobre la marcha. Le preguntaba mucho al director porque a veces estás perdida. “¿Ahora qué me duele? ¿El brazo? ¿La pierna lastimada? ¿Estoy anestesiada? ¿Tengo miedo? ¿Estoy enfadada?” Era más mantener el récord de emociones y lo físico que el papel de psicóloga, que en realidad dura poco.
Después es verdad que usa un poco el pensamiento lateral para tratar de salir de esa situación, pero el reto grande fue vivenciar todo eso orgánicamente.

-¿Debe ser fuerte, no?
-Sí, pero era fuerte en el momento de grabar. Después, en los cortes, no me quedo enganchada. Descomprimimos. Mis compañeros también. Nos reímos muchísimo. De estar ahogándote en el suelo y después, risas. Tremendo. Con Alberto Ammann, con Mauricio Paniagua, con César Bordón, que tiene un humor negro terrible. Y con todo el equipo.
Era una fábrica vieja, con frío, un ambiente a priori hostil para rodar, pero me trataron súper bien, siempre abrigada, con un café o un matecito. Como una reina.

-Se nota que amás tu trabajo...
-¡Sí! A veces hay cosas que te dan más desazón o más ganas, como todo. Sería inhumano no tener altibajos. Pero en general me siento una privilegiada porque hago lo que me gusta, y eso es la mitad de la felicidad.
-Estás acá porque lo elegiste, porque torciste el "deber ser", ¿no?
-Sí. Tengo el gran lujo de poder elegir papeles. Antes no podía: lo que llegaba, había que hacerlo porque hay que vivir. Ahora, después del fenómeno La casa de papel, puedo elegir entre proyectos. Ya no estoy tan condicionada por la economía y puedo elegir lo que más me vibra.
Hay cine independiente con presupuestos pequeños e historias inmensas, y grandes presupuestos con historias pequeñísimas. Una ya se mueve por el corazón, y eso es maravilloso.

-¿Qué fue lo más surrealista que te pasó después de La casa de papel?
-¡Muchas cosas! Por ejemplo, estar haciendo teatro, que te llegue una cajita con una piedra verde y pensar que es bisutería. Abrirla y ver que es una esmeralda colombiana que te manda un tipo desde Medellín.
O fans de India que me mandaban peluches, regalos… Les pedí que no gastaran en esas cosas. Y una chica invirtió plata en hacer una fuente para un pueblito que no tenía agua y le puso mi nombre. Muy loco. Tengo que ir a verla algún día, pero con mi mochila y sin avisar.
También cosas fuertes: gente rondando por tu calle para ver si te asomás y sacarte una foto, o una mujer sentándose en la puerta de tu casa. Tener que refugiarte en el bar de enfrente… Eso también pasa. La exposición es grande y la gente es muy diversa.

-Varios de tus grandes trabajos son personajes a los que les pasan cosas fuertes. ¿Qué personaje opuesto te gustaría hacer?
-Alguien tipo Amélie (risas)... ¡que también es terrible, pero desde otro lado! Algo inocente. O alguien muy patético a quien todo le sale mal en una comedia. O una mujer que viva en la calle, pero sin tragedia, sino con un mensaje social. O una amazona arriba de un caballo tirando flechas, una comedia romántica, cine de terror… Todo me gusta. Nunca hice terror y en España hacen muy buen cine de ese género.

-¿Te gustaría Hollywood?
-Me da un poco de reparo, porque es una industria enorme, donde no sé si las personas se encuentran unas a otras. Esa parte me da cosa, el sentirte ahí solita. Pero nunca se puede decir que no, me daría vértigo. Y además no sé inglés. Igual me siento más cómoda en el cine independiente, aunque si me llama Guillermo del Toro, ¡no voy a decir que no, claro!
-Justo, Guillermo del Toro trabajó con Jacob Elordi, autraliano de origen vasco
-Sí, trabaja con Jacob, que es de Ondarroa, donde yo aprendí euskera. Cuando lo veo, me dan ganas de ir al País Vasco.

-Contaste que vos misma elegiste, siendo adulta, elegir reconectar con el euskera ¿Sentís que eso te cambió la vida?
-Sí, siento que eso me trajo hasta acá. Elegí estudiar la lengua que se había perdido en mi familia y gracias a eso empecé a trabajar en audiovisual y teatro bilingüe allá. Hice Loreak, la primera película íntegramente en euskera que compitió por la Concha de Oro. Después la mandaron a los Goya, y la Academia la eligió para representar a España en los Oscar.
Fue la primera vez que se escuchó euskera en los Oscar y yo era una de las tres actrices. Un orgullo enorme para un idioma que lucha por mantenerse vivo. Eso me puso en el mapa, me llamaron para castings, y de ahí surgió La casa de papel. Y de ahí, Pensamiento lateral. Todo viene de ahí.

-¿Pensás qué hubiera pasado si no te animabas a romper el mandato?
-Lo pienso y se me cae el alma. Sociología es interesante, pero no me veo metiendo datos o haciendo sondeos. Igual hubiera terminado haciendo otra cosa. Me sirvió para entender la sociedad y también para construir personajes.
-Cambiando un poco el ángulo: cuando no sos actriz, ¿qué te gusta hacer? ¿Cómo te llevás con la vida doméstica?
-Uy… cuando no soy actriz, ¡la vida doméstica se me acumula! Entonces me toca ordenar armarios, cambiar ropa de verano e invierno, limpiar la casa, juntar cosas. ¿Que si me gusta? Bueno, los primeros días hago eso, pero después salgo, tomo cafecitos con la gente que tengo medio abandonada: amigas, mi madre, mi padre. También voy a caminar por el monte, a la naturaleza o a la playa, que en el País Vasco está todo cerca. La última vez me fui a desayunar a la playa con una amiga. Hago esas cosas.
Voy al cine, leo -no guiones, libros-, me permito mirar un poco más el móvil, duermo, miro series y zanganeo.

-¿Qué te gusta mirar?
-Me cuesta decidir porque hay mucho. Suelo preguntar qué están viendo. La última que vi fue Envidiosa, ¡buenísima!
En cine, la última que vi fue la ganadora del Festival de San Sebastián. Estoy notando que la gente está volviendo al cine, cosa que después de la pandemia no pasaba. El teatro también está con mucho movimiento.

-¿Tenés planes de hacer teatro?
-De momento, no. Tener rodaje toda la semana y funciones los fines de semana es demasiado. Y también quiero vivir, disfrutar de la vida. Pero el teatro siempre está presente y, si llegan buenas propuestas, cuesta decir que no.
-¿Y tu carrera como cantante?
-No es "carrera", es un paseíto… pero me gusta. Me gusta cantar y también inventar melodías y letras. La condición con la que entré (N. de R: Ingot, la banda musical a la que pertenece) es que yo escribía las letras. Ellos son músicos, yo no toco instrumentos, y no quería ser un adorno. Quería aportar en la creación. Les pareció bien y las canciones las escribo yo. A veces pregunto cómo ven alguna letra y me orientan.
Somos cinco y cada uno tiene gustos muy distintos: punk, hardcore, rock and roll, psicodélico… A mí me gusta un poco de todo: rock, heavy, punk, pero también lo étnico y lo folclórico. Mezclamos todo y es divertido crear, aunque después no todo sea “wow”. El simple hecho de hacerlo ya llena.
-¿Cómo te sentís cuando cantás?
-El problema es que ahí no hay personaje: sos vos. Y es más difícil enfrentarte al público desde vos misma. La voz es un instrumento: depende de cómo dormiste, de cómo estás, de la regla… un día cantás bien y al otro no. Está muy relacionado con lo emocional. Por eso admiro tanto a las cantantes profesionales.
Yo no me considero una gran cantante, pero soy intérprete; trato de suplir con interpretación y fuerza. Y estoy sacudiéndome de a poco el síndrome de la impostora, que parece que nos lo entregan con una maletita cuando nacemos. Ellos no lo tienen: quizá lo hacen mal, pero tienen actitud. Nosotras vamos pidiendo permiso. Yo me lo estoy sacando y ahora me siento más libre. Me da igual si me critican porque me la paso bien.

-¿En qué estás trabajando actualmente como actriz?
-Estoy rodando. Tengo tranquilidad hasta enero; en la segunda quincena empezamos una serie en el País Vasco, un thriller de seis capítulos, cerca de mi casa, con un papel muy desgarrado.
Y hay una oferta para ir a la Patagonia chilena como protagonista. Serían una semana en Bilbao y cinco en la Patagonia. Estoy viendo.
En marzo se estrena Pensamiento lateral. Y también tengo una película y una serie en montaje. Me tocará promoción, pero voy a estar tranquila. Aprovecharé para ir al monte. También me gusta la danza, pero la tuve que dejar por falta de tiempo.

-¿Qué géneros bailás?
-Hice ballet de niña y también danzas vascas, que tienen mucho que ver. Me encanta. Es mi cable a tierra. Leí una vez que “la danza le da más vida a la vida”, y es verdad. Entré a bailar varias veces con mal ánimo y salí como una malva.

-¿Coincidís con que hoy las mujeres perdimos un poco el miedo de alzar la voz y de mostrarnos plenas, incluso al llegar a la madurez?
-¡Sí, de poder ser nosotras! Y de sacudir tabúes. Durante décadas no se habló de menopausia ni perimenopausia. Nadie te contaba nada. Y siempre escondiéndolo todo: la regla, la falta de regla… ¿por qué? Ellos no esconden nada, ¿por qué nosotras sí? Yo estoy sacando eso hacia afuera.
Esta carrera por ser eternamente joven es un sinsentido. A mí también me han metido muchas cosas en la cabeza, pero hay que aprender a envejecer bonito. También hay papeles para mujeres grandes, personajes hermosos. Primero espero llegar a ser viejita.
En este trabajo, según la edad que tenés, te tocan papeles de madre, de tía… A los hombres no tanto. Ellos siguen siendo protagonistas, héroes. Eso cansa, pero estamos consiguiendo más espacio. No nos regalan nada, lo estamos empujando nosotras.

-Muchos de tus personajes van por ese lado…
-Sí, son mujeres que se separan, que van para adelante, que protagonizan. Pero también hice de todo. He tenido que decir cosas que eran una machistada tremenda. Ahora tengo poder para plantarme.
Hubo casos en los que en la primera versión del guion no había una violación, y de pronto la agregan sin consultarme. ¿Cómo? No. Tengo buen carácter, pero hasta que me harto. Y me voy. Un respeto. Hay gente que maltrata también desde la dirección. Si me maltratan, respondo. No me voy a quedar callada. Vengo de un barrio, me sé defender.
Créditos:
Foto @Chrisbeliera
Estilismo @lula.romero.stylist
Maquillaje y peinado @ro_somoza para @sebastiancorreaestudio
Agradecimientos:
@cardonargentina @mishkabuenosaires @ramirezdenegro @ritace.accesorios @theurbanconcept
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