Cuando Fernando Báez Sosa y Julieta Rossi comenzaron su relación, eran jóvenes —los dos tenían 18 años— y compartían sueños concretos: pensaban estudiar Derecho juntos, construir algo sólido, crecer enrollados en planes que nunca se cumplirían.
Se conocieron en el colegio Marianista: no estaban en la misma división, pero el vínculo fue creciendo entre clases, viajes de egresados y fiestas. Una tarde en Bariloche, en un boliche flúo, se dieron su primer beso. Era un amor adolescente, lleno de promesas sencillas: meriendas con chocotorta, karaoke, risas. Él le regaló una pulsera con bolitas verdes y negras: la “pulsera de la distancia”, para recordar que aunque estén separados, siguen conectados.
Tuvo detalles tiernos y espontáneos: vales escritos a mano —“vale por un abrazo” o “vale por una tarde en rollers”— que eran pequeños pactos de amor cotidiano. También celebraban el 19 de cada mes: su aniversario personal. Él la llevó a clases de tango, la invitó al cine, le decía que eran compañeros para siempre.

Ese vínculo que construyeron entre caramelos, risas y sueños se rompió de la manera más brutal: en la madrugada del 18 de enero de 2020, el destino cambió para siempre. Esa noche estuviron bailando entre amigos en Le Brique y, en un momento, Fernando le avisó que se iba a ver el concierto de Neo Pistea. “Te amo. Después te vengo a buscar”, le dijo y se fue. Pero no volvió. Ella lo buscó por adentro y no lo encontró. Cuando salió del boliche ya le estaban haciendo RCP.
La decisión de desaparecer para recomponer su mundo
Después del crimen, Julieta asumió que la exposición mediática no era lo suyo. No asistió al juicio contra los rugbiers ni prestó su voz para el documental de Netflix 50 segundos: El caso Fernando Báez Sosa. Para ella, revivir esos momentos públicamente equivalía a reabrir una herida que aún no cicatrizaba.
Según su entorno, su elección fue una forma de cuidarse: reconstruir su vida sin presión, sin cámaras, sin el ojo público encima. El duelo fue en silencio, con terapia, tratamiento psiquiátrico y un alejamiento gradual del círculo mediático. La cercanía con los padres de Fernando, al principio, fue profunda; pero mantener esa relación se volvió doloroso con el pasar del tiempo.
El refugio se convirtió en una nueva identidad: la danza
Con los meses, Julieta encontró en la danza un lugar donde no solo expresarse, sino sanarse. Dejó fluir su dolor en cada coreografía. Hoy es bailarina profesional y profesora. Trabaja en reggaetón, urbano, heels y femme style. Da clases en estudios de Buenos Aires, participa en videoclips y shows con grandes artistas como Aitana, Marty D, Flor Vigna y Connie Isla.

Su comunidad también creció: tiene más de 380 mil seguidores en redes sociales, y sus coreografías son un testimonio de su reconstrucción íntima.
En 2023, viajó a Los Ángeles para perfeccionar su técnica en el Millennium Dance Complex, uno de los estudios más prestigiosos del mundo. Fue un antes y un después. Regresó al año siguiente con nuevos aprendizajes y una certeza: la danza no es solo su trabajo, es su forma de persistir.
Un duelo íntimo, más allá del escándalo
La exposición mediática fue intensa en los días posteriores al crimen: marchas, entrevistas, velas, dolor compartido. Pero Julieta decidió dar un paso atrás. Un año tras la muerte de Fernando, según su padre, se recluyó para mirar hacia adentro. Para recuperar su voz, para encontrar una forma de respirar sin que el pasado la devore.
El posteo más reciente que dedicó a Fernando —hoy protegido— decía: “Mis cartas de amor van al cielo, que es donde te miro para encontrarte.”
Esa frase resume mucho: una despedida que nunca fue, un amor que permanece como un fantasma al que se le habla en silencio, y una vida que eligió reconstruir lejos de los flashes.
Cómo está hoy
Julieta ya no es solo “la novia de Fernando Báez Sosa”: es una artista, una mujer joven con un proyecto vital propio. Su presencia pública es medida, discreta. Pero su trabajo habla por ella. Sus coreografías reflejan lucha, resiliencia y evolución.
Ha cambiado su camino: del Derecho que pensaban estudiar juntos, pasó al baile que la sostiene. Y en ese tránsito difícil, encontró un espacio donde el dolor puede danzar, pero no la define para siempre.
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