La amenaza disfrazada de amparo: reflexiones sobre Julieta Prandi, la sentencia y el abuso emocional - Revista Para Ti
 

La amenaza disfrazada de amparo: reflexiones sobre Julieta Prandi, la sentencia y el abuso emocional

En una columna íntima y conmovedora, Luciana Prodan reflexiona sobre la sentencia contra Claudio Contardi en la causa iniciada por Julieta Prandi, y expone con crudeza cómo el abuso emocional se disfraza de cuidado. Una invitación a mirar más allá del daño recibido y a reconocer la herida propia como el verdadero camino hacia la libertad.
News
News

“He perdido algo que era esencial para mí, y que ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mí un trípode estable”, escribió Clarice Lispector alguna vez…

Anoche no pude dormir. La condena por el juicio que Julieta Prandi inició (en 2021) contra su exmarido acusándolo de abuso sexual agravado y violencia psicológica se dará a conocer en unas horas, y esta frase de Clarice se transformó en un eco. En un llanto. En un grito agónico y silencioso que quiere decirme algo, ¿pero qué?

Estoy ansiosa. Angustiada. Emocionada y expectante. Demasiados adjetivos, lo sé, pero la palabra “Desbordada”, qué palabra, me parece insuficiente.

Me acerco al televisor. El volumen está muy bajo. Las imágenes me cuentan que hubo un choque en Panamericana. Necesito saber qué pasa con la sentencia, pero por lo visto es demasiado temprano. Cambio de canal: Nada. Cambio otra vez: Nada.

Me preparo un café. Me asomo a la ventana. Las palabras de Clarice vuelven sin pedir permiso, pero esta vez de una manera diferente, porque se fusionan y se abrazan con las de ¿Julieta? cuando recuerdo algunas de las cosas que dijo en un reportaje: “Me llevaba y me iba a buscar a todos lados. No me dejaba manejar… Decía que me amaba demasiado, que tenía miedo de que me pasara algo. Yo al principio pensaba que eso era amor, yo confiaba en él, hasta que me di cuenta de que se había adueñado de mi vida. Porque te aíslan de todo. De todos. Te hacen sentir que no servis para nada. Que sin ellos no vas a poder vivir, y eso es lo más desesperante. El día que tomé coraje y me fui, yo ya no sabía ni cómo me llamaba”. Silencio.

La tercera pata de la que habla Clarice, aquella misma pata que le impedía caminar, pero que sin embargo hacía de ella un ¿trípode estable? vuelve a mi mente pero transformada en un bate. En un dolor de cabeza que se parece bastante a un hachazo en la nuca y no me deja respirar. Siento náuseas. Necesito sentarme a escribir.

Por motivos personales y que no vienen al caso, este es un día muy especial para mí… Por eso, lejos de pretender que esta columna se transforme en un manual de instrucciones en donde describo qué tipo de “Banderas rojas” deberíamos tener en cuenta para no caer en manos de estos ¿personajes? (o depredadores, o como los quieran llamar, me resisto a decirles enfermos porque tienen plena consciencia de lo que hacen), hoy lo único que me interesa es que entre todas nos ayudemos a perdonarnos: a entender que ¿no todo es malo?, pero lo malo es demoledor, y que ahí está la trampa.

En esa intermitencia. En esa confusión y esa locura que se genera en el alma, la mente y el cuerpo de cualquier mujer que se siente abusada, cuidada, premiada, castigada, venerada y odiada no sólo por ese hombre, sino por esa persona a la que amó y a la que se entregó ¿ciegamente?, pero que hoy terminó convirtiéndose en un cóctel mortal: en el antídoto y el veneno de toda su emocionalidad, y que es el mismo que la mata y la resucita todos los días con la fuerza de lo irreparable.

Y es por eso que hoy (y sin justificar nada ni a nadie ) les propongo ir un poco más allá de la intención de daño del otro, y animarnos a hacer foco en nuestra herida. Sí, en la propia. De esa herida que nos antecede, hablo. La que todavía no pudimos o no quisimos ver, la que por algún motivo no nos animamos a reconocer, pero que es la única que debemos depurar, abrir y hacer sangrar, si es que realmente queremos dejar de “ofrendarnos”.


¿Qué nos lleva hacia ese lugar? ¿Por qué no podemos reaccionar antes de estar inmersas en un vínculo traumático? ¿Cómo puede sobrarnos y faltarnos tanto amor al mismo tiempo? El límite infranqueable del otro ya lo sabemos, pero… ¿Y nuestro límite? ¿Existió alguna vez? ¿Dónde está? ¿Dónde quedó? ¿Quién se lo quedó?


Ir a la fuente. Buscar. Abrir aquella herida, despacio, para escuchar el secreto que seguramente tiene para contarnos de nuestra propia historia, y no tanto de la compartida… Ese dato es tan íntimo como revelador, se los juro. Y es el único capaz de volvernos invencibles.


Perdí la noción del tiempo. Estoy terminando de escribir esta columna y no sé qué hora es, pero mi celular comenzó a llenarse de notificaciones. De mensajes. Miro la pantalla. “Claudio Contardi fue condenado a 19 años de prisión y quedó detenido”, leo en uno de los portales de noticias más importantes del país. Me quedo sin palabras. Me quedo sin palabras y siento lo mismo que vos. Que todas ustedes. Que todas nosotras. Sí; eso.

Fuente: Luciana Prodan, Luciana Prodan, escritora, guionista, directora, analista y creadora de contenidos audiovisuales /Dictaminadora editorial. Locutora Nacional. @luciana_prodan

Suscribite al newsletter de Para Ti

Si te interesa recibir el newsletter de Para Ti cada semana en tu mail con las últimas tendencias y todo lo que te interesa, completá los siguientes datos:

 
   

Vínculo copiado al portapapeles.

3/9

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit.

Ant Sig