Dicen que algunos niños llegan al mundo con prisa, como si supieran que el tiempo les es adverso. Así fue Santi, el hijo de Santiago Cañizares y Mayte García, que apenas rozó los cinco años cuando la muerte se lo llevó de la mano. Pero quienes lo conocieron saben que, en su corta vida, dejó una huella más profunda que la de muchos que habitan largas décadas.
El exarquero de la selección española recuerda todavía, con la nitidez de lo inexplicable, una frase que su hijo le dijo cuando apenas tenía tres años: "Papá, yo no he venido a aprender, he venido a enseñarles. Yo voy a estar aquí muy poquito tiempo", contó en una reciente entrevista en el programa de streaming español "Herrera en Cope".
En aquel entonces sonó como un juego, una ocurrencia infantil, pero ahora esas palabras se han vuelto profecía y testamento. Desde que Santi murió en 2018, víctima de un tumor cerebral, su familia vive entre dos mundos: el de los vivos y el de esa otra dimensión donde creen que el niño sigue presente, enviando señales, respondiendo preguntas, acompañando silenciosamente cada decisión.
El tiempo detenido
La enfermedad comenzó en Navidad, como si el calendario también hubiese querido marcar el antes y el después. Dieciocho meses duró el tránsito, dieciocho meses de hospitales, de esperanzas que se desvanecían y de abrazos que se volvían más largos, como si quisieran retener lo irretener.
“Sé que la muerte no es el final”, confiesa hoy Cañizares con la calma de quien ha atravesado un huracán. “Cuando estoy mal, le pregunto cosas y él me responde. Nunca me ha fallado”.
La certeza no viene de dogmas, sino de intuiciones, de esos instantes invisibles en los que la ausencia se convierte en presencia: un gesto que aparece en otro niño, una brisa que toca el rostro, un sueño que llega con respuestas.
Mayte y la despedida
La ex mujer de Cañizares y mamá de Santi, Mayte García, también aprendió a convivir con la herida. En un programa televisivo recordó la escena final, aquella despedida que ninguna madre debería vivir. Santi se tocaba el pecho y señalaba hacia arriba. Ella, con el corazón desgarrado, le preguntó si quería decir que se iba al cielo. El niño asintió. Y entonces ella, con una entereza que solo da el amor, le dijo: "Gracias por elegirme como madre".
El duelo se transformó con el tiempo en otra forma de amor. “La muerte de un hijo no se supera nunca —dijo Mayte—, pero se aprende a convivir con ella. Te puede más el amor que el dolor por su ausencia”.
El hermano que aprendió a vivir
No solo los padres quedaron marcados por la partida. También Lucas, hermano mayor de Santi, escribió un testimonio conmovedor al cumplirse dos años de la muerte. En él, la ausencia se revela en los gestos más cotidianos: “Lo peor es cuando pasa algo y me giro a buscar tu reacción. Entonces uno aprende a no poder reír contigo, a no poder jugar contigo, a vivir sin ti. A pesar de todo esto, tú me has enseñado a valorar, a querer, a llorar, a luchar, a no rendirme nunca. En otras palabras, tú me has enseñado a vivir”.
Suscribite al newsletter de Para Ti
Si te interesa recibir el newsletter de Para Ti cada semana en tu mail con las últimas tendencias y todo lo que te interesa, completá los siguientes datos:

