Viviana todavía no puede sacar de su cabeza lo que vio. Estaba trabajando junto a su marido en un centro de recuperación, a pocos metros de la parada, cuando todo ocurrió. Fue cuestión de segundos. Un movimiento mínimo, una imprudencia, una cadena de errores.
Y después, el silencio roto por el horror. La joven —una médica neuróloga de 31 años— acababa de bajar del 134 en Villa Devoto cuando su mochila quedó enganchada. El vehículo arrancó con la puerta abierta. No hubo tiempo.
“La arrastró y después la pasó por encima”
El relato de Viviana es directo, pero está atravesado por la conmoción. Cuenta que "el colectivo la dejó sobre las rayas blancas" (senda peatonal) y que, al bajar, algo la retuvo. "La puerta nunca se cerró. El vehículo avanzó igual", le contó al movilero de "El Club de Lape", el programa que conduce Sergio Lapegüe.
“Se enganchó con la mochila, el colectivo arrancó con la puerta abierta”, recuerda. En medio de la desesperación, la joven logró soltarse. Pero al caer, fue arrollada por la rueda trasera. “Ahí fue donde la aplastó”, dice. No hay forma de suavizar lo que sigue.
El gesto que lo cambia todo
En medio de la escena, mientras algunos miraban paralizados, Viviana y su marido se acercaron. No eran familiares. No la conocían. Pero decidieron no dejarla sola.
“Murió en los brazos de mi marido”, cuenta. Y en ese momento, casi sin pensarlo, él hizo algo que hoy ella siente necesario contar: le dijo una oración de despedida. “Quiero que la mamá sepa que no murió tirada en el pavimento”, repite, quebrada.
En su relato aparece un detalle que la marcó: una medalla religiosa que, según describe, quedó apoyada sobre la frente de la joven mientras intentaban acompañarla. Para ella, fue una señal. Una forma de darle sentido a algo que no lo tiene.
“Podría haber sido cualquiera de los nuestros”
Viviana habla desde un lugar que mezcla dolor e identificación. Tiene hijos, nietos. Y no puede dejar de pensar en eso.
“Pensás que tu hija o tu nieto se puede morir en el pavimento de la calle”, dice. Y en esa frase aparece el miedo más profundo: el de lo cotidiano que, de golpe, se vuelve tragedia.
Porque no fue un hecho lejano ni excepcional. Fue en una parada, en plena tarde, en un gesto habitual como bajar de un colectivo.
La necesidad de decirlo
Después de declarar en la comisaría, Viviana sintió que tenía que hacer algo más. No busca exposición. Busca contacto.
“Quiero el teléfono de la mamá para decirle que se quede tranquila”, insiste. Quiere transmitirle algo muy concreto: que su hija estuvo acompañada hasta el final. Que alguien la sostuvo. Que alguien la miró. Que alguien rezó por ella.
Una tragedia que interpela
El caso volvió a poner en foco las condiciones de seguridad en el transporte público y la responsabilidad en situaciones que, en segundos, pueden volverse irreversibles.
Pero más allá de lo judicial, hay algo que queda flotando. La historia de una mujer que murió en una tragedia absurda. Y la de otra que, sin conocerla, decidió quedarse.
A veces, en medio del horror, lo único que aparece es eso. Un gesto humano. Y la necesidad de que alguien, del otro lado, lo sepa.