Llegó a la Argentina con una charla que interpela directo al corazón. La psicóloga y conferencista chilena Pilar Sordo está presentando en distintas ciudades del país su conferencia “Dime cómo te hablas y te diré cuánto te quieres”, una propuesta que pone el foco en la autoestima y en ese diálogo interno que, muchas veces sin darnos cuenta, define cómo vivimos.
La gira —que ya pasó por ciudades como Comodoro Rivadavia, Trelew, Viedma y Bahía Blanca— continuará por el norte argentino y tendrá su parada en Buenos Aires el próximo 19 de abril, cuando se presente en el Teatro Coliseo. En ese contexto, habló con Para Ti y dejó definiciones que funcionan como espejo: incómodas, pero necesarias.

“No alcanzo” y “no soy suficiente”: el malestar de época
Si tuviera que elegir dos frases que resumen el malestar actual, no duda: “no alcanzo” y “no soy suficiente”. “Fueron las frases que más escuché el año pasado”, asegura. Y agrega: “la sensación de no alcanzo, no puedo con todo, hoy se vive como una carencia”.
Para Sordo, estas ideas "están profundamente ligadas a una cultura de hiperproductividad en la que parece que hay que poder con todo".
“Si no haces, parece que no eres”, advierte. A esto se suma el efecto de las redes sociales, donde la exposición constante a la vida de otros —siempre editada, siempre positiva— alimenta una comparación permanente que casi siempre es en desventaja. El resultado es una sensación silenciosa pero persistente de estar en deuda con la propia vida.

El diálogo interno: el origen de todo
“El diálogo interno no son grandes narraciones, son frases muy cortas que te vienes diciendo hace mucho tiempo”, explica la psicóloga. Y advierte: “lo que te dices el lunes es bien parecido a lo que te dices el viernes”.
En ese escenario, el concepto central de su trabajo cobra sentido: “cómo te hablás predetermina cuánto te querés”. Ese diálogo interno no está compuesto por grandes reflexiones, sino por frases breves, repetitivas y automáticas que se instalan con los años y que muchas veces pasan desapercibidas.
La diferencia está en el tono: no es lo mismo decirse “soy un desastre” que reconocer “me equivoqué, puedo hacerlo mejor”. Una frase castiga, la otra habilita. Y en ese matiz se juega gran parte del vínculo con uno mismo.

Por qué el bullying duele (y qué dice de vos)
Uno de los puntos más fuertes de su mirada es sobre el impacto del bullying. “El bullying tiene poder porque hay algo en ti que cree que lo que te están diciendo es cierto”, afirma. Y suma: “ahí es donde se produce el enganche”. Es decir, lo que duele no es solo lo que viene de afuera, sino la herida interna con la que conecta.
Por eso, el verdadero trabajo no es solo poner el foco en el agresor, sino preguntarse por qué eso engancha. Mientras eso no se revise, será difícil pararse de otra manera frente al mundo.

“No sos lo que te pasa, sos lo que hacés con eso”
Otro eje clave es la resignificación. “Las cosas no tienen un significado en sí mismas, son de acuerdo al significado que yo les doy”, sostiene. Lo vio de forma concreta en su trabajo con personas afectadas por incendios en el sur de Chile, donde convivían relatos completamente opuestos frente a una misma tragedia.
“El incendio no significa nada en sí mismo. Significa lo que tú le pones como significado”, explica. Desde quienes no podían salir del dolor hasta quienes encontraban en esa pérdida una oportunidad para empezar de nuevo. El hecho era el mismo; lo que cambiaba era la interpretación. Y con ella, la manera de transitarlo.

El ranking de los dolores
En esa línea, introduce una idea reveladora: el “ranking de los dolores”. Todas las personas atraviesan situaciones difíciles, pero no todas ocupan el mismo lugar en la historia personal.
“No es lo mismo si este es tu primer trauma o tu quinto”, explica. Las experiencias previas pueden dar herramientas o generar mayor desgaste. También influyen en cómo se dimensiona lo que ocurre: hay dolores que, en perspectiva, cambian de lugar con el tiempo.

Autocompasión: el permiso para no poder
En contraposición con la autoexigencia constante, Sordo plantea la importancia de la autocompasión. “Todos tenemos derecho a un ratito de victimización”, afirma. “Siempre tiene que haber un espacio para decir ‘esto es un desastre’”, sostiene.
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Se trata de habilitar un espacio para la fragilidad, para el llanto, para reconocer que algo duele o no es justo. Pero ese lugar no puede ser permanente: debe ser un punto de paso que permita luego preguntarse qué hacer con eso que pasó.
El problema no es decir que sí… es cuando querías decir que no
Las dificultades del diálogo interno se vuelven visibles en lo cotidiano, especialmente en la forma en que se toman decisiones. “¿Por qué si no querías, fuiste?”, plantea Pilar Sordo, poniendo el foco en esas situaciones en las que una persona actúa en contra de lo que realmente siente.
Detrás de esas elecciones, explica, suele haber motivos que no siempre se reconocen a primera vista. “Muchas veces eso tiene que ver con el miedo a no ser rechazada, a no ser querida o a ser abandonada”, señala. En ese contexto, decir que sí no responde al deseo, sino a la necesidad de sostener el vínculo, evitar el conflicto o no quedar afuera.

El problema aparece después. Porque esa decisión, que en el momento parece resolver una situación, deja un saldo emocional claro: cansancio, incomodidad o enojo. “Si lo hiciste por amor, no lo vas a cobrar. Pero si terminaste con jaqueca, enojada y preguntándote por qué estás ahí, claramente hay algo que no tiene que ver con el amor”, advierte.
Ese mecanismo, repetido en el tiempo, genera un desgaste que muchas veces se expresa en los vínculos. La sensación de dar más de lo que se recibe, de estar siempre disponible para otros sin reciprocidad, es una de las consecuencias más frecuentes. “No puede ser que yo tenga la sensación de que siempre estoy para los demás y cuando yo necesito no tengo a nadie”, describe.

Frente a eso, Sordo propone revisar dos aspectos fundamentales: por un lado, la dificultad para pedir ayuda; por otro, la tendencia a sobreentregar. “No sabemos pedir ayuda y muchas veces damos mucho más de lo que recibimos”, explica. Y en ese desequilibrio, el diálogo interno vuelve a jugar un papel central.
Cómo detectar si tu diálogo interno te está haciendo mal (y qué hacer)
A lo largo de la entrevista, Pilar Sordo deja pistas concretas para identificar cuándo la forma en la que te hablás empieza a jugarte en contra. No siempre es evidente, pero hay señales claras: te descalificás, te enojás con vos misma, sentís miedo que te frena o te arrepentís constantemente de lo que hacés (o no hacés). Una de las formas de hacerlo es mirándose al espejo durante varios minutos, a los ojos, hablándose y preguntándose por qué la crítica y por qué. no tratarse a uno mismo con más amor.
Uno de los indicadores más fuertes aparece en los vínculos. “¿Por qué si no querías, fuiste?”, plantea. Detrás de esas decisiones suele haber miedo al rechazo, a no ser querido o a ser abandonado, lo que lleva a decir que sí cuando en realidad se quiere decir que no.

A partir de eso, propone un ejercicio simple pero revelador: empezar a registrar las frases que te decís durante el día. No para cambiarlas de inmediato, sino para hacerlas conscientes. Porque, como explica, el diálogo interno suele ser automático y repetitivo.
El siguiente paso es clave: reformular el tono sin dejar de ser honesta. No se trata de eliminar la autocrítica, sino de transformarla. No es lo mismo decirse “soy un desastre” que “me equivoqué, puedo hacerlo mejor”. En ese matiz —aparentemente mínimo— se construye o se erosiona el amor propio.

También invita a observar el cuerpo y las emociones después de ciertas decisiones: si algo te deja agotada, enojada o incómoda, probablemente no estuvo alineado con lo que necesitabas. Y ahí aparece otra pregunta clave: ¿esto lo hice por amor… o por miedo?
El desgaste invisible de las mujeres
Para Sordo, este patrón es especialmente frecuente en mujeres, atravesadas por un fuerte mandato de cuidado. “El 80 o 90% de las mujeres latinoamericanas es cuidadora de alguien”, señala.
Ese rol —muchas veces sumado al de sostén económico— genera un desdibujamiento personal: las propias necesidades quedan relegadas. Y con el tiempo, eso pasa factura en forma de cansancio, frustración y enojo interno.
“Tú eres tu necesidad”
En el cierre, deja una idea tan simple como contundente: “tú eres tu necesidad”. Nadie puede registrar ni resolver lo que uno mismo no reconoce.

Esperar que el otro lo haga es una trampa que suele terminar en frustración. El cambio empieza en lo cotidiano, en pequeñas decisiones, pero sobre todo en la forma en que uno se habla.
Porque, en definitiva, ese diálogo interno —ese murmullo constante— es el que construye o erosiona el amor propio. Y tal vez la pregunta más importante no sea qué nos pasa, sino cómo nos estamos tratando mientras eso nos pasa: “Uno no es lo que le pasa, es lo que hace con lo que le pasa”, resume.
Fotos: Chris Beliera.
Video: Candela Casares.
Producción: Marite Rizzo.
Maquilló y peinó: Estefanía D’Angelis para Sebastián Correa estudio.




