Hay decisiones que no se toman: te toman. Como si algo, muy adentro, te empujara sin explicaciones. María Abriani no viajó a las Islas Malvinas buscando hacer historia. Viajó con curiosidad, con una sensibilidad artística, con esa necesidad de mirar de cerca lo que siempre había estado lejos. En mapas. En relatos. En silencios.
Y sin embargo, lo que encontró no fue solo un paisaje. Encontró una vida. Porque a veces el destino no es un lugar: es una persona. Y en su caso, también fue una familia.
En el año 2000, cuando todavía era algo reciente la posibilidad de que argentinos volvieran a pisar las islas, María se subió a uno de los primeros vuelos. No sabía —nadie sabe— que ese viaje iba a cambiarlo todo.
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Allí conoció al que sería el padre de sus hijos. Allí decidió quedarse. Allí fue mamá. Se convirtió, sin proponérselo, en la primera argentina en vivir en las islas después de la guerra, en formar una pareja con un isleño, en criar a sus hijos en un territorio cargado de historia, de memoria, de dolor y también de humanidad.
Pero su historia no se explica en términos políticos. Se explica en términos humanos. En lo que implica maternar lejos. En lo que significa criar hijos en un lugar donde el viento, el silencio y la historia lo atraviesan todo. En lo que pasa cuando el amor aparece donde parecía imposible.

Porque hay algo que atraviesa todo su relato: la capacidad de mirar al otro sin prejuicios. De construir vínculos donde antes hubo distancia. De entender que, incluso en los territorios más marcados por el pasado, también puede crecer algo nuevo.
Su historia no es solo la de una mujer que vivió en Malvinas. Es la de una mamá que eligió amar sin fronteras.
-¿Cuándo, cuánto tiempo y cómo llegaste a vivir en las Islas Malvinas?
-Mi primer viaje fue en Febrero de 2000, viajé sola, y me quedé una semana en un Bed & Breakfast de una familia local. Una semana es lo mínimo que uno debe quedarse porque hay un solo vuelo los días sábado. Se aterriza en el aeropuerto de la base militar, y en cambio, el aeropuerto de Puerto Stanley se usa para vuelos locales porque su pista es más corta.
Aparte de conocer el lugar quería sacar fotos y hacer bocetos que se convertirían en cuadros. Un mes antes de mi viaje me habían contado que gracias a un acuerdo entre Gran Bretaña y Argentina, los argentinos ya podíamos visitar nuevamente las islas, cosa que estaba prohibida desde 1982. Este acuerdo se firmó a mediados de 1999 y el primer vuelo entre el continente y las islas con parada en Rio Gallegos se dio en octubre de ese año. Es decir que yo volé en uno de los primeros vuelos.

En ese vuelo coincidí con un grupo de familiares de caídos, a quienes me uní y tuve la suerte de visitar juntos el cementerio de Darwin, los montes de batallas y compartir comidas, paseos y muchas charlas, haciendo que mi primer viaje fuera mucho mas emotivo aún.
En este primer viaje conocí a quien iba a ser el padre de mis hijos, también artista e isleño de 4° generación. Meses después comenzamos una relación a distancia hasta que finalmente a mediados de 2001 me fuí a vivir allá, donde estuve por casi 10 años. Fui la primera argentina en tener una relación con un isleño después de la guerra, en vivir allá y tener un hijo.
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-¿Qué pensaste la primera vez que te propusiste ir?
-Me interesó automáticamente, sentí mucha curiosidad por el lugar en sí, y también porque no conocía a nadie que mostrara imágenes de las islas, entonces también me pareció una buena oportunidad para intentar mostrar mi obra a través de ellas. Me gusta retratar la naturaleza y en este caso, la búsqueda artística personal iba a tener una carga emocional y humana que me atraía como desafío.

-¿Qué sentiste cuando el avión aterrizó por primera vez?
-Parecía irreal luego de verlas tantas veces en mapas. Atravesar las nubes, ver la silueta desde el aire, el mar, las olas, islotes por todos lados, playas, y hasta algún acantilado, caminos de tierra a campo traviesa, alguna casa en el medio de la nada, la ausencia de árboles, todo en tonos ocres con algunos pocos verdes. Todo se veía imponente y tranquilo desde mi ventanilla.
En el avión, gracias a las charlas con los familiares de caídos ya comenzaba a aprender cosas sobre las islas y la guerra que en el colegio nunca me habían enseñado, sobre sus historias de vida relacionadas al conflicto, sus familiares involucrados, sus orígenes, sus luchas personales a lo largo de los años.
Cuando bajé del avión, sentí en verano el frío que se siente en invierno en Buenos Aires, y la luz del sol era tan intensa y brillante como no había visto antes.
-¿Cómo es realmente vivir en las Malvinas día a día?
-El día a día en las islas es tranquilo, hay muy pocos habitantes, todo es muy organizado, no hay desempleo ni inseguridad. La sociedad es muy respetuosa de las reglas y del otro. Más de 40 nacionalidades conviven en armonía.
Una vez que se tiene la vida armada allá, las actividades diarias no son muy diferentes que en otros lados, trabajar, ocuparse de llevar y traer los hijos al colegio, hacer actividades deportivas como motocross que es muy popular allá: Jack compitió en carreras de moto entre sus 5 y 7 años.

Tanto Jack como Juan, mi otro hijo, jugaron y juegan en el equipo de fútbol, incluso cuando van de visita durante unas semanas en los veranos. Pasear por las playas del pueblo o escaparse algunos días al campo o “camp” como ellos lo llaman. También hay restaurantes, bares, cafés, cine y bowling.
Actividades acuáticas, como por ejemplo mis hijos que practicaban y aún practican surf allá cuando van a pasar el verano. Otros navegan, hacen windsurf, van a pescar. Se comparte tiempo con la familia y amigos, comidas, festividades, cumpleaños.

El abanico de trabajos es muy variado: esquiladores, empleados administrativos y gubernamentales, personal hospitalario, maestros y profesores, turismo, supermercados y demás negocios, gestión ambiental, pesca, producción local de carne, guarderías, limpieza, maestras rurales, y mas.
Es un lugar al que llega mucha gente de afuera con contratos laborales de pocos años, algunos los renuevan, algunos pocos deciden hacer de las islas su nuevo hogar y otros se van, así que es común despedir amigos que regresan a sus lugares de origen o van a lugares nuevos, o a familiares.
El turismo es una actividad fuerte durante el verano, yo trabajé varias temporadas como guía turística. Llegan cruceros con turistas de todo el mundo, que a veces traen más cantidad de gente que la que vive en el pueblo. Muchos de ellos tienen poco conocimiento previo de las islas, inicialmente los atraen los pingüinos pero al llegar y ver el lugar no paran de hacer preguntas sobre como es la vida de las personas en ese lugar tan remoto y aislado.
La comida llega mayormente en barcos desde Gran Bretaña, pero localmente también se producen algunos vegetales, huevos, carne, productos de lana. Se importan ropa, electrodomésticos, autos, y casi todo, la gente realiza muchas compras on line que también llegan en los barcos.
La religión predominante es la anglicana y también hay católicos, testigos de jehová, Iglesia Libre, y luteranos entre otras. Mis dos hijos asistieron a la única escuela primaria que hay, llamada Infant & Junior School.

En otro edificio se encuentra la escuela secundaria que comparte espacio con el único centro deportivo, el lugar adonde todos pueden ir a usar la pileta, el gimnasio, las canchas cubiertas de fútbol, badminton, vóley, tenis, y otros deportes.
Por las noches se puede salir a restaurantes y bares, donde no es raro ver competencias de dardos y noches de karaoke. Hay un hospital, canchas de fútbol, plazas con juegos para niños, iglesias, una estación de servicio, un cementerio, hoteles y bed & breakfasts.
El clima hace que la se deba pasar mucho tiempo adentro. En definitiva, mi día a día era ocuparme de mis hijos y de la casa, trabajar, ir a reuniones y actos escolares, hacer distintas actividades recreativas, y compartir tiempo en familia y con amigos.
-¿Qué fue lo que más te sorprendió del lugar?
-Siempre viví en CABA entonces, por contraste, lo que más me sorprendió fue la paz y el contacto permanente con la naturaleza, y amé ambas. Vivir frente al mar. El ritmo de vida tranquilo. Los cielos siempre cambiantes, las nubes de miles de formas diferentes que pasan y pasan sin cesar, hay mucha vida en el cielo de las islas. Y unos atardeceres de colores tan fuertes como nunca había visto.

Me gusta la tranquilidad del agua del mar cuando no sopla el viento. Las “cuatro estaciones” en un día, como dicen allá, puede llover a la mañana, estar soleado al mediodía, granizar a la tarde y nevar a la noche.
El viento en verano puede ser tan fuerte al punto de casi tirarme al piso, y hay que tener cuidado de que no te arranque la puerta del auto al abrirla.
Me impresionó ver casas literalmente en el medio de la nada, dentro de un lugar que ya de por sí está en el medio de la nada, en el sur en medio del océano, y admiro como la gente se adapta y ama profundamente el lugar donde viven.
Se pueden dejar la puerta de tu casa y el auto sin llave. Los niños pueden caminar por la calle sin preocupaciones.

Con respecto a la salud, me sorprendió que no cuenten con muchas especialidades como traumatólogos, ginecólogos, gastroenterólogo, y que en caso de tener un asunto grave de salud que no pueda ser resuelto allá, la persona debe viajar fuera de las islas para atenderse, ya sea en Chile, Inglaterra, Escocia, dependiendo de la naturaleza del problema.
Los chicos cursan hasta tercer año del secundario y los últimos dos deben hacerlos en Inglaterra, en una institución donde se hospedan todos juntos. Y luego de terminar la secundaria pueden continuar allá sus estudios universitarios, ya que en las islas no existe la posibilidad de realizar educación terciaria o universitaria.
-¿Cómo es tu relación con las personas que viven allí?
-Siempre fue buena, tanto con la familia del padre de mis hijos como con todas las personas con las que trabajé a lo largo de los años. Hice excelentes amigos con los que aún estoy en contacto y nos vemos cuando podemos, ya sea allá, acá o en alguna ciudad como Santiago de Chile que usamos como punto de encuentro.
Conocí gente de muchos países y ese intercambio cultural me enriqueció profundamente, no sólo aprendí de otras culturas sino que en consecuencia aprendí mas de la mía y de mí. Agradezco haber podido vivir una experiencia tan enriquecedora.

-¿Hay algo del paisaje o del clima que te haya marcado especialmente?
-Los imponentes cielos, las formas de las nubes, los fuertes anaranjados de los amaneceres y atardeceres. Como brilla el lugar cuando sale el sol. La luz. El silencio. La inmensidad y, por contraste la pequeñez propia.
-Como argentina, ¿qué emociones te generaba estar allí?
-Sin dudas era consciente de que solo yo estaba viviendo esa experiencia única que posiblemente muchos otros argentinos quisieran vivir. Me sentía agradecida y valoraba cada instante, cada vínculo que entablaba y cada lugar nuevo que conocía de esas islas tan especiales.
Pero el lugar sin duda transciende lo que pueda sentir en relación al país de donde iba y del peso de la historia compartida. Es un lugar que le enseña a cualquier persona, no solo a mi por ser argentina, a profundizar aún mas la capacidad de adaptación, el respeto, a no prejuzgar, a ver a las personas por lo que realmente son mas allá del lugar en el que nacieron.
Conocí muchas historias de vida de argentinos familiares de caídos o de ex-combatientes, historias de vida de isleños y de ex-combatientes de ambos lados, todas cargadas de una profunda humanidad, dolor, resiliencia.
He visto ex-combatientes británicos y argentinos abrazarse en llanto, entendiendo que sólo ellos saben realmente lo que pasaron y dando una gran lección de empatía y amor.
-¿Cómo reaccionaban las personas cuando sabían que eras argentina?
-Muy bien, con respeto, me trataban igual que a cualquier otra persona. En todos los años que viví allá sólo tuve una situación negativa que se dio al principio y en torno al nacimiento de mi primer hijo, cuando los políticos de las islas decidieron que no iban a registrarlo si nacía allá, de modo que sería un NN. Entonces, ante esa situación y con poco más de siete meses de embarazo, decidí tenerlo en Buenos Aires, e inmediatamente luego del parto regresamos a las islas a continuar con la vida que habíamos elegido hacer allá.
Pero incluso en ese momento, muchos isleños se acercaron para darme su apoyo, no compartían la decisión de los políticos y no comprendían como podían permitir que una mujer embarazada atraviese esa situación. Me sentí valorada por la gente local en ese momento difícil.
Luego, no tuve más inconvenientes, y progresé laboral y personalmente a lo largo de los años allá. Me eligieron para trabajos a los que también se postulaba gente nacida allá. Hice amigos de diferentes nacionalidades. Siempre me sentí cómoda, en cualquier ámbito en el que estuviera, laboral, escolar, social en general.
Como en todos lados, pueden pasar cosas, pero no fueron relacionadas a mi nacionalidad salvo la que mencioné.

-¿Cuándo empezaste a fotografiar las islas?
-Desde la ventanilla del avión en mi primer vuelo, desde el primer instante que pude. Siempre lo hice, sin pausa. No sólo mientras estaba allá sino que también las fotografié todas las veces que las visité desde que volví a vivir Buenos Aires.
Nunca me cansaría de fotografiarlas y espero poder hacerlo muchas veces mas, siempre encuentro una imagen nueva.
-¿Qué buscabas capturar con tus fotos?
-Tanto en las fotos de las islas como en mis fotos en general, intento mostrar algo diferente, algo que no sea lo que se puede observar fácilmente, algo que pase casi desapercibido, revelar otra realidad, mostrar otro lado. Siempre tratando de reflejar la energía del lugar y la emoción que siento en ese momento.
Aún así, y dada la historia de las islas, algunas fotos han sido más de registro que artísticas, como me pasó en los campos de batalla, o al encontrar restos de fuselaje de aviones desparramados en el medio del campo, o con los corrales de piedra hechos por los gauchos, o el cartel al costado del camino de ripio en el medio del campo que indica por donde llegar a “Bombilla”. En definitiva, siempre intento poner mi sello personal al capturar cada instante.

-¿Qué tiene ese paisaje que lo vuelve tan potente para el arte?
-Que es un paisaje con una naturaleza e historias únicas. Como mencioné antes, la luz. El peso de la historia en algunos lugares, y esa naturaleza cruda nunca tocada por el hombre en otros. La vida que hay en esos cielos siempre cambiantes, la desolación en el paisaje, la inmensidad, la soledad, el sonido del viento, el silencio.
-¿Qué historias aparecen en tus imágenes?
-En general busco captar instantes mas que historias. Sin duda que en mis fotos de las islas muchas de ellas están relacionadas con la guerra como las del cementerio de Darwin o las de los campos de batalla.
Pero mi mayor foco está en intentar reflejar la esencia del lugar, su clima, aquellas construcciones que hablan de historias de vida de mucho esfuerzo, de lo maravillosa pero también implacable que puede ser la naturaleza, la aridez, el frío, la soledad que puede ser muy abrumadora, su poesía, su autenticidad.
Fotos: Todas las fotos usadas en esta nota son de María Abriani.


