"Si se lo contás a alguien, te mato": Romi Gonen y el relato del horror que vivió como rehén en Gaza - Revista Para Ti
 

"Si se lo contás a alguien, te mato": Romi Gonen y el relato del horror que vivió como rehén en Gaza

Secuestrada a los 23 años en el festival Nova y retenida durante 471 días en Gaza, Romi Gonen rompe el silencio y cuenta cómo fue atravesar la violencia sexual, el miedo constante y la amenaza de muerte. Un testimonio crudo sobre el cuerpo, el terror y la supervivencia.
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Hay relatos que no buscan impacto: buscan verdad. Y hay silencios que no nacen del olvido, sino del terror. El testimonio de Romi Gonen pertenece a esa categoría.

Tenía 23 años cuando fue secuestrada en el festival de música Nova, el 7 de octubre de 2023. Pasó 471 días cautiva en Gaza. Hoy tiene 25 y decidió contar lo que durante mucho tiempo nadie se animó a preguntar —y que ella misma no podía decir—: que durante su cautiverio fue víctima de reiteradas agresiones sexuales por parte de distintos captores.

El momento del reencuentro de Romi con sus familiares tras la liberación
El momento del reencuentro de Romi con sus familiares tras la liberación

“Si fuera vos, tampoco preguntaría”, dice. No como reproche, sino como constatación de algo más profundo: hay dolores que el mundo prefiere no escuchar.

Desde el primer momento, su cuerpo dejó de pertenecerle. Herida de bala durante el ataque, fue trasladada al Hospital Shifa. Allí, mientras intentaban atenderle el brazo, comenzó la violencia. Rodeada de personas, sin fuerzas, sin control, Romi describe una experiencia disociada, como si mirara su propio cuerpo desde afuera. “Estaba segura de que no iba a salir viva”, recuerda.

Los abusos continuaron en distintas casas donde fue trasladada. En una de ellas, un hombre que se presentaba como personal de salud y que debía curar sus heridas la agredió mientras ella no podía defenderse. Después de eso, tuvo que seguir conviviendo con él, como si nada hubiera pasado. El cautiverio no daba tregua: no había refugio posible.

Más tarde fue llevada a otra casa, donde el control se volvió absoluto. No podía ir sola al baño. Dormía vigilada, con armas a su alrededor. Las amenazas eran constantes. El miedo, permanente. Romi cuenta que el cuerpo, frente al terror extremo, a veces no reacciona: se paraliza. No es consentimiento. Es supervivencia.

Uno de los episodios más devastadores ocurrió luego de días de interrogatorios, control y humillación. Fue entonces cuando uno de sus captores le puso un arma en la cabeza y le dijo la frase que marcaría todo: “Si le contás esto a alguien, te mato”.

Ese mandato de silencio —tan común en las víctimas de violencia sexual— se volvió literal. Romi habla también del terror a quedar embarazada sin saberlo, de no reconocer su propio cuerpo, de la disonancia brutal entre el mundo exterior que seguía existiendo —el cielo, los pájaros, la luz— y la violencia que sucedía puertas adentro. “Eso no se borra”, dice. “Esa imagen no se va”.

Contar no la libera del dolor, pero rompe algo más peligroso: el silencio impuesto. Su testimonio no busca conmover desde el horror explícito, sino dejar constancia de lo que significa atravesar una violencia sistemática donde el cuerpo se vuelve territorio de guerra.

Hoy, Romi habla porque puede. Porque sobrevivió. Y porque sabe que lo que no se nombra, se repite.

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