Hay cartas que no buscan ser leídas. Hay cartas que se escriben cuando ya no queda nadie a quien hablarle. En una casa de Mosman Park, un suburbio acomodado de Perth, la policía encontró algo más que cuatro cuerpos. Encontró una segunda nota. Una carta. Un texto escrito no para defenderse, sino —tal vez— para dejar constancia de un cansancio que ya no encontraba palabras.

Jarrod Clune tenía 50 años. Maiwenna Goasdoue, 49. Sus hijos, Leon y Otis, 16 y 14. Los dos adolescentes vivían con autismo no verbal. Eran, según quienes los conocían, chicos cuidados con devoción en un sistema que muchas veces no supo —o no pudo— acompañar.

El viernes por la mañana, un cuidador llegó a la casa para una visita programada. No obtuvo respuesta. En la puerta principal encontró una nota breve, con una advertencia clara: no entrar y llamar a los servicios de emergencia. Cuando la policía ingresó, halló los cuerpos de los padres en la parte trasera de la vivienda y los de los chicos en otro sector. También estaban muertos los dos perros de la familia y su gato.
No había signos de violencia. No se encontraron armas. Lo que sí apareció, horas después, fue una segunda nota. Una carta más extensa, estructurada, escrita con un nivel de planificación que permitió a los investigadores concluir que se trató de un asesinato-suicidio llevado adelante por ambos padres.

La policía confirmó su existencia, pero no reveló su contenido. Solo trascendió que incluía detalles sobre la organización de asuntos financieros y dejaba entrever la mentalidad de la familia en los días previos. No una explosión. No un impulso. Un derrumbe lento.
Amigos cercanos describieron a Jarrod y Maiwenna como padres agotados. No indiferentes. No negligentes. Agotados. Personas que habían pedido ayuda, que se sentían aisladas, que vivían bajo una presión constante como cuidadores principales de dos hijos con necesidades complejas.

Una amiga habló de la falta de apoyo institucional, de la pérdida de financiamiento estatal para uno de los chicos, de noches sin dormir, de vacaciones escolares largas y difíciles, de un miedo persistente a dejar a los niños en centros de relevo por temor a malos tratos.
Nada de eso explica la tragedia. Pero sí dibuja el paisaje previo.

La inspectora detective Jessica Securo confirmó que la familia había recurrido anteriormente a servicios de salud y que la investigación intenta ahora reconstruir cuándo fueron vistos con vida por última vez y cómo murieron. Aclaró también que no hay indicios de muertes violentas.

Desde la Asociación de Autismo de Australia Occidental expresaron su profundo pesar y recordaron que esta noticia no solo genera tristeza, sino que reabre dolores silenciosos en muchas familias que viven situaciones similares. Reiteraron la importancia de buscar ayuda profesional ante el impacto emocional de un hecho así.
Porque detrás de esta historia hay algo que incomoda: la soledad. Esa que no se ve desde afuera.
Esa que no figura en los expedientes. Esa que no siempre encuentra respuesta cuando golpea la puerta correcta.
La carta quedó. No para justificar. Tal vez para decir: hasta acá llegamos.
Y el resto —lo más difícil— queda del lado de los que seguimos leyendo.
Suscribite al newsletter de Para Ti
Si te interesa recibir el newsletter de Para Ti cada semana en tu mail con las últimas tendencias y todo lo que te interesa, completá los siguientes datos:
Mirá También


