Angelina salió a la vereda como salen los chicos en Navidad: sin miedo, sin cálculo, con esa confianza intacta que todavía no sabe que el mundo puede fallar. Eran los primeros minutos del 25 de diciembre. Fuegos artificiales, padres al lado, la calle conocida de siempre. Nada parecía fuera de lugar. Hasta que cayó.
No fue un tropiezo ni un mareo. Fue una bala. Una bala perdida —esa forma absurda de nombrar algo que siempre encuentra a alguien— que impactó en su cabeza y la dejó tendida en el suelo, en Villa Sarmiento, partido de Morón. Tenía 12 años.
Desde ese momento, la Navidad quedó dividida en dos: el antes y el después. El padre que la alza, el auto que corre hacia el hospital, el grito de una nena diciendo que le quema la cabeza. Las horas largas, el silencio clínico, la espera.
A casi dos semanas del disparo, la noticia trae un alivio frágil pero real: la salud de Angelina evoluciona favorablemente. Permanece internada en la Clínica de la Trinidad de Ramos Mejía, estable. La palabra “mejoría” aparece con cautela, como si nadie quisiera pronunciarla demasiado fuerte.
Le quitaron el respirador y “responde favorablemente. Se ubica en tiempo y espacio, y pudo comunicarse, según informó TN.
Mientras tanto, la investigación sigue su propio ritmo, mucho más lento que la angustia. La fiscal Valeria Courtade espera los resultados de las pericias balísticas para determinar de dónde salió el proyectil. Gendarmería Nacional trabaja sobre la trayectoria del disparo. Se hallaron vainas servidas en casas cercanas. Dos armas, al menos. Calibres que se parecen demasiado entre sí como para dar certezas rápidas.
La bala que permanece alojada en el cerebro de Angelina todavía no pudo ser vinculada con ninguna de las recolectadas. La Justicia busca datos. La familia espera.
El 29 de diciembre, los padres difundieron un comunicado. Decía que su hija seguía crítica, pero estable. Que no había nuevas complicaciones. Que los médicos evaluaban los próximos pasos. También decía gracias. Al equipo médico. A quienes acompañaron. A quienes informaron. Y pedía algo simple y enorme: silencio para concentrarse en la recuperación.
Hay historias que no necesitan adjetivos. Una nena que sale a ver fuegos artificiales y recibe una bala es una de ellas. Todo lo demás —las pericias, los calibres, los tiempos judiciales— ocurre después. Primero está la vida. Y ese instante mínimo en el que todo cambia.
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