Graciela Carricart tiene 76 años, vive en Quequén desde que nació y, cada mañana bien temprano, sale a caminar junto a su amiga Susana, de 80. Lo que para muchos podría ser simplemente un paseo se transformó, con el tiempo, en un pequeño gesto cotidiano que dice mucho: mientras recorren la vereda que bordea la zona costera, van juntando la basura que encuentran a su paso. Sin campañas, sin carteles y sin buscar reconocimiento, lo hacen porque —como ella misma dice— “lo sentí, en un momento sentí que tenía que hacer algo”.
La historia de Graciela está atravesada por la sencillez. Madre de cuatro hijos —tres varones y una mujer—, abuela, esposa y hermana de una familia numerosa de seis, pasó gran parte de su vida dedicada al hogar. Antes de jubilarse hacía trabajos de costura por encargo con una máquina que había sido de su mamá y que le permitió, durante años, confeccionar ropa para sus chicos.
Hoy, ese vínculo con las manos sigue presente en su “cuartito de costura”, un espacio propio que combina con otra de sus pasiones: las plantas, en especial los cactus, “porque tienen flores increíbles”.


Camina desde hace más de 15 años. Con Susana comparte el recorrido desde hace tres. El paseo dura alrededor de una hora y media y forma parte de su rutina diaria desde hace años. “Ella me pidió si la podía acompañar porque no se animaba a salir sola y yo le dije que sí, encantada. Pero le avisé: yo voy juntando basura”, cuenta.
No bajan a la arena: el gesto sucede en la vereda, en ese trayecto que conocen de memoria y que también es excusa para detenerse a sacar fotos del cielo y de las nubes, otra de sus costumbres favoritas. “Las cosas simples son las que te hacen feliz”, repite, convencida.

Para Graciela, Quequén no es solo un lugar donde vive: es su raíz. Sus padres se conocieron en Necochea pero eligieron instalarse allí, construyeron su casa y formaron su familia. “Nacimos los seis hermanos acá. Aunque cada uno después hizo su vida, la casa sigue estando y ahí están nuestros recuerdos”, relata con orgullo.
Ese sentido de pertenencia es el motor de su acción diaria. “Me encantaría que todos amaran el lugar donde viven, hayan nacido o no ahí. Lo ideal sería que no tiraran. Se siente tan bien ver sin basura”, reflexiona.

El paseo también tiene un costado humano que la define. Graciela tiene la costumbre de decir “buen día” a cada persona con la que se cruza. Antes lo hacía sola; ahora son dos. Y asegura que el resultado siempre la sorprende: “De diez personas, ocho te contestan. Está bueno, es una conexión, somos todos personas”. En ese intercambio breve encuentra algo tan valioso como la limpieza del entorno: la posibilidad de reconocerse en el otro.
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Agradecida por su vida, por sus hijos, sus nietos, sus hermanos y su compañero de años, no se considera ejemplo de nada extraordinario. Al contrario, insiste en que su mensaje es simple y posible. Entre sus frases de cabecera hay una que resume su filosofía: “La vida te dice ‘no te quejes, disfrutame, porque yo igual voy a pasar’”. Y otra que comparte con Susana, su inseparable compañera de caminatas: “Más zapatillas, menos pastillas”.
Sin proponérselo, Graciela demuestra que los grandes cambios pueden empezar en gestos mínimos: una bolsa en la mano, un saludo al pasar, una vereda un poco más limpia. Para ella no hay épica ni discurso, solo una convicción tranquila: cuidar el lugar donde se vive y agradecer cada día. Porque, como repite con naturalidad, “no es tan difícil”.
Fotos: Gentileza entrevistada.



