Hay dolores que no llegan de golpe: se instalan, se acomodan en la vida diaria y parecen no irse nunca. Y hay otros que vuelven cuando el primero todavía no terminó de doler. A esta familia, la tragedia no la alcanzó una sola vez. La encontró primero en el mar y, 22 meses después, en una ruta.
El primer golpe ocurrió en una playa de Brasil. En medio de una situación límite, Rodrigo Weinbender (22) se metió al mar para intentar salvar a su mamá y a su hermana, Morena (17). No dudó. No midió el riesgo. El rescate no tuvo final feliz: él no logró salir con vida. El mar, que suele ser sinónimo de descanso y vacaciones, se convirtió desde entonces en el escenario de una pérdida irreparable.
El tiempo pasó como pasa después de una tragedia: con días que se hacen cuesta arriba y una ausencia que no se termina de comprender. La familia siguió adelante, como puede seguir cualquiera cuando no hay otra opción. Pero el duelo todavía estaba abierto cuando el destino volvió a golpear.
Veintidós meses después, Morena murió en un accidente en la ruta 2. En el mismo hecho también falleció su papá, Gustavo (54). La noticia cayó como un mazazo definitivo: la hermana que había sobrevivido al mar y el padre ya no estaban. En menos de dos años, la familia había perdido a dos hijos y a un esposo.
El accidente en la ruta 2 ocurrió el 21 de diciembre, un domingo, cuando chocaron contra un automóvil en la ruta 2. Aquel día Gustavo le habría contado a su hermano, Juan Carlos Weinbender, que saldría a pasear con Morena hasta Chascomús. “Salgo con More a dar una vuelta; vamos a comer algo”, le dijo. En Los Hornos, La Plata, se estrellaron contra un auto.
Aquel día Gustavo le había comentado a su hermano, Juan Carlos Weinbender, un trabajador rural de Coronel Suárez, que saldría a pasear con Morena hasta Chascomús. “Salgo con More a dar una vuelta; vamos a comer algo”, le dijo.
En Los Hornos, La Plata, Gustavo y su hija Morena perdieron la vida tras estrellarse en su motocicleta contra un vehículo en la ruta. El incidente ocurrió en el kilómetro 80 cerca de Lisandro Olmos, cuando colisionaron con un Volkswagen Polo Classic.
Gustavo vivía en Wilde, Avellaneda. Trabajó en la línea 17 de colectivos hasta que decidió emprender su propio negocio de cosméticos. Planeaba mudar su depósito a La Plata en pocos días. De un matrimonio anterior había tenido un hijo, ahora contador, de 32 años. Con Lorena, después, tuvo a Rodrigo y Morena. Estaban separados.
Morena sufrió un fuerte golpe en el cráneo y falleció en camino al hospital Alejandro Korn. Gustavo, malherido, esperó por asistencia, pero la ambulancia se demoró dos horas y media. “Estaba consciente, herido desde la cadera hacia abajo, y lamentablemente murió desangrado”, narró Juan Carlos, su hermano.
Lorena, madre de los hijos, despidió a Morena en Wilde, devastada por la pérdida de su familia. “Todo perdió sentido”, lamentó ante sus seres queridos. En Coronel Suárez fue sepultado Gustavo.
El mar y el asfalto. Dos escenarios distintos, una misma sensación de injusticia. No hay explicación posible que ordene una historia así, ni palabras que alcancen para nombrar el vacío que deja. Solo queda el impacto de una tragedia que se repite y una pregunta que no encuentra respuesta: cómo se sigue después de perder tanto.
Hoy, la historia de esta familia duele por lo que cuenta y por lo que sugiere. Porque recuerda que, a veces, el dolor no avisa ni respeta tiempos. Llega, se queda y vuelve. Y deja a quienes quedan intentando aprender, una vez más, a respirar entre los escombros.
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