Hay una geografía que no aparece en los mapas. Está hecha de recuerdos. A veces es el ruido del río en la noche. O el movimiento lento de una hamaca en el patio de la infancia. O el olor del mate recién cebado en una cocina donde siempre hay alguien esperando. Esa geografía es la que uno se lleva cuando se va. La que viaja escondida en la memoria, incluso cuando el paisaje cambia y el verde se vuelve viento.

Silvana Caraballo nació en Gualeguay, en el corazón de Entre Ríos. Creció entre el folclore de los viernes, el campo, la familia y esa identidad que los entrerrianos llaman con orgullo “panza verde”. Es docente, una mujer acostumbrada a enseñar y a aprender del camino. Y también alguien que vive con intensidad sus pasiones: el silencio profundo del buceo, la libertad de la moto en la ruta y la respiración rítmica de quien corre para sentirse viva.
Pero hubo un momento en que sintió que su vida necesitaba otro horizonte. Que quedarse era, de algún modo, quedarse demasiado quieta. Entonces partió.
En Entrerriana panza verde y otras yerbas, Silvana vuelve sobre ese viaje interior: la infancia, las raíces, la fe, la nostalgia y el coraje de reinventarse lejos de casa. Un libro que habla de lo que dejamos atrás… y de lo que, en realidad, nunca se va.

Porque hay algo que la distancia no puede borrar: la tierra donde uno aprendió a ser quien es.
–Tu libro se llama Entrerriana panza verde y otras yerbas. ¿Qué significa para vos ser “panza verde”? ¿Qué hay de tu tierra que sigue viviendo en vos aunque hoy estés lejos?
–Ser panza verde para mí significa mis ancestros entrerrianos, de puro verde y puro río. Lo que sigue viviendo en mí son mis raíces, mi mate bien cebado, mi memoria de olores, paisajes, sabores y mucha melodía entrerriana.

–Creciste en Gualeguay. Cuando cerrás los ojos y pensás en tu infancia allí, ¿qué imágenes aparecen primero?
–Cuando cierro los ojos aparece el patio de mi casa, la hamaca, las noches de viernes de folclore, el río y su sonido inconfundible, el campo y mi familia en casa.

–¿Qué cosas de Entre Ríos sentís que te formaron como persona y como mujer?
–Lo que me formó de Entre Ríos, como persona y como mujer, es el amor al folclore, al río y mi profunda fe, que es algo muy tradicional en mi zona. También las misiones, ser auténtica y cordial. Eso lo llevo adentro aún.
Como mujer me formó el campo, la tarea dura y ruda, el trabajo, el esfuerzo y el deporte que practiqué desde muy chica y que atraviesa toda mi vida, desde la niñez hasta hoy. La constancia para entrenar y ser mejor cada día. Todo eso me formó y me hace ser la mujer que soy.

–En tu libro aparece el momento de dejar tu tierra. ¿Cómo fue ese salto de Entre Ríos a la Patagonia? ¿Qué te empujó a hacerlo?
–El salto fue sentir que mi antigua piel me estaba ahogando. Ya era tiempo de partir y eso me lo susurró el universo a través de varias señales concretas.
Me empujó a hacerlo mi profesión: si no me iba, si no partía, era difícil comenzar mi carrera de profesora en un lugar donde había muchos profes. Y también me empujó a salir de un matriarcado de años que, sin quererlo, me iba limitando. Siempre con mucho amor de parte de mi madre y de mi abuela, pero que me estaban poniendo un techo.

–Migrar dentro del mismo país también implica reinventarse. ¿Qué fue lo más difícil de empezar de nuevo en el sur?
–Migrar, sea donde sea —hasta mudarse dentro de un mismo pueblo—, para mí es reinventarse.
Lo más difícil fue encontrarme en un lugar nuevo donde la naturaleza, que para mí era mi hogar, se convertía en algo muy extraño al principio: poco verde, mucho viento, poca lluvia. Y, por supuesto, mi familia y mis hermanos, a quienes extrañaba a diario. Eso me costó muchísimo: poder superar esa tristeza, dejar de llorar y seguir adelante.
–¿Hubo algún momento en que sentiste nostalgia profunda por tus pagos entrerrianos?
–La nostalgia la sentía a diario. Cada cosa que veía me remontaba a mi Entre Ríos natal. Pero lo iba transformando en nuevos proyectos. Yo me repetía: “No, Sil, no podés aflojar ahora. No, Sil, a meterle”. Y ahí mismo miraba el horizonte para seguir andando y proyectando.

–El libro también habla de sueños y de familia. ¿Cómo fuiste construyendo tu vida lejos de tu lugar de origen?
–Mi vida la construí día a día, sin pensar demasiado en meses o años hacia adelante. Cada cosa que se me presentaba sabía que venía de parte de Dios. Él me guiaba siempre, y eso era lo que yo le pedía. Me iba mostrando el qué, no el cómo. El cómo lo tenía que averiguar yo. Siempre tuve claro qué quería. Y así fui construyendo mi propia vida.
–¿Qué te gustaría que sienta quien lea tu libro?
–Me gustaría que quien lea mi libro sienta una gran pasión por la vida. Que entienda que cada minuto merece ser vivido a pleno.
–¿Sentís que una puede irse de su tierra o la tierra siempre viaja con uno?
–Creo que la tierra siempre viaja con uno. Depende qué decidas llevarte. No podés llevarte mucho, porque si te llevás demasiado te ata, te limita y te pesa.

–¿En qué momento de tu vida sentiste que estabas dejando de ser solo entrerriana para convertirte también en patagónica?
–Cuando tuve a mis hijos sentí que empezaba a ser patagónica. Y el año pasado, que fue un año durísimo, sentí que ya no era solo entrerriana: soy patagónica, pero siempre con mi esencia entrerriana.
Info: Si querés conseguir el libro podés escribirle a Silvana a su cuenta de Ig: @lasildelsur


