#MalDeAmores: una infancia difícil le generó la obsesión de necesitar estar siempre en pareja y con relaciones tóxicas - Revista Para Ti
 

#MalDeAmores: una infancia difícil le generó la obsesión de necesitar estar siempre en pareja y con relaciones tóxicas

dependencia afectiva
Lorena Pronsky es Licenciada en Psicología y autora de varios bestsellers donde trata temas como el dolor, la angustia, las pérdidas, y el abandono. Desde esta columna nos habla de relaciones tóxicas con historias de la vida real. Esta vez, la dependencia afectiva.
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Esta es la historia de Milagros quién se atiende con Lorena hace dos años. Su principal motivo de consulta fue la angustia que sentía al repetir un patrón vincular con sus parejas. Mili, de manera inevitable construía vínculos con personas conflictivas, casadas, adictas, infantiles, narcisistas, es decir: emocionalmente NO disponibles.

El resultado de estas relaciones dejaban un entramado de síntomas característicos de pacientes que sostienen algún tipo de adicción : ansiedad, angustia, ideas obsesivas relacionadas con el objeto de consumo, miedo, ruptura con el medio social, tristeza, reducción de la frecuencia con sus seres cercanos, desatención de sus actividades personales, una escalada en el daño hacia su  autoestima, falta de seguridad personal, insomnio y una gran dificultad para desapegarse del objeto del consumo a pesar del daño evidente que le generaban.

En este caso, Milagros, padecía una dependencia afectiva.

La dependencia emocional reviste una necesidad intensa hacia otra persona, y hacia todo aquello de lo que carece la dependiente que busca, de manera errónea, en lugares equivocados: aprobación, afecto, atención, cariño, valoración.

Como en todos los casos de adicciones, algo más fuerte que el dolor de esta dependencia sin sustancia la hacía permanecer ahí: el infierno de la abstinencia por la que tenia que pasar el día que decidiera correrse. Con esta intención de postergar un vacío que resultaba imposible de llenar, Milagros era capaz de hacer lo que fuera necesario para sostener la relación: tolerar lo intolerable, dejar de lado sus prioridades personales en beneficio de las prioridades de los demás, dar lo que no tenía, esforzarse en todo lo que fuera necesario para que su pareja no la dejara, inclusive era capaz de perder su propia identidad.

Siempre la infancia…

La historia personal de Milagros fue atravesada por la muerte de su hermano mayor a quien nunca conoció. Su familia se encontraba viajando hacia la costa, viaje en el cual tuvieron un accidente que terminó llevándose la vida de Felipe de tan solo dos años.

Perecidos en la desolación, sus padres decidieron volver a tener otro hijo deseando que, de alguna manera, pudiera reconstruir ese dolor que la perdida de Felipe había dejado. Sin embargo, la apuesta de sus padres salió mal y Milagros, más allá de las expectativas de sus padres no pudo cumplir con el legado que traía tatuado en su nombre.

Una madre sumergida en una depresión durante el resto de su vida, y un padre exiliado de la realidad en el alcohol, hicieron que Milagros fuera creciendo sin hacer demasiado ruido, esforzándose para ser lo suficientemente buena como para salvar a sus propios padres de esa muerte en vida, poniendo la suya a disposición con un miedo subyacente que no la dejaba descansar: Milagros tenía terror a que sus padres abandonaran la lucha y la dejaran. La abandonaran. Incluso, a que se dejasen morir.

En este entorno de apatía, desgano y vulnerabilidad de las personas que deberían haber cuidado de ella, fue dónde tuvo que crecer Milagros. Generando una autoestima pobre, con recursos emocionales poco asertivos, guiada por la búsqueda de necesidades básicas insatisfechas en otras personas haciendo lo que sea necesario para evitar un nuevo abandono y golpear en una herida nunca cerrada, por segunda vez.

Terapia

Milagros, se había recibido con honores de la Facultad de Filosofía y Letras. Desde muy jovencita se sumergió en el mundo de la docencia y en la escritura, convirtiéndose en una reconocida escritora. Tuvimos que pausar algunas sesiones, porque tenía una importante presentación de su última novela, a realizarse en la embajada de Uruguay.

Luego de este paréntesis el timbre volvió a sonar.

-¡Hola Mili! Adelante adelante. ¿Como te fue?

-Requete bien. Mejor de lo que imaginé. Y sé que lo que tengo para contarte te va a gustar tanto como a mí. Estoy feliz. Por suerte pude salir de ese estado de bajón que me tenía estancada. ¿Te acordas?

-Por supuesto que me acuerdo. Pero también sé que estábamos atravesando untema bastante complejo y doloroso como fue el sentimiento de abandono que sentiste de parte de tus padres.  

- No quiero hablar de mamá y papá hoy, por favor. Una vez que tengo buenas noticias no quiero, ¿puede ser?

-Escucho atenta.

-En la presentación me fue perfecto, divino, creo que estuve a la altura de las circunstancias. Pero no me voy a detener en eso, porque no es de lo que quiero hablar. La cuestión, es que, como vos bien sabrás, las veces que va un hombre a escuchar presentar una novela romántica es casi nula. ¿Verdad? Bueno, esta vez, se rompió el invicto.

El punto es que en la sala había un muchacho que no te puedo explicar. Estaba sentado en una mesita con una chica, pero no lo tomé en cuenta porque se notaba que no tenían un vinculo amoroso. No me preguntes porque, pero ahí pasaba cualquier cosa menos amor. Los dos se quedaron últimos a la firma de ejemplares y ahí pude conversar mínimamente con él. En resumidas cuentas, me dejó su nombre (Alejandro, se llama) y su teléfono en un papelito por si necesitaba algo durante mi corta estadía en Uruguay. Una tierna excusa, que dejé pasar por unos días y una vez llegada a casa, lo llamé.

Para mi sorpresa se mostró contento, sorprendido, de hecho, la conversación fue eterna y en poco tiempo estábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Nos confesamos nuestras historias personales, nuestros dolores, nos contamos los sueños que teníamos, y como dato menor, me contó que la chica con la que fue a la presentación estaba casada, una historia sin mucha tela para cortar, pero que sí, estaban juntos.

-Entonces estaba con alguien…

-Si, pero ya dejó de estar. La cuestión es que durante quince días no dejamos de hablar por mensajito como dos adolescentes. Hasta que no dio para más y me preguntó si no quería ir para Uruguay y seguir la conversación allá. No te voy a mentir, para mi fue un caos dejar todo de un día para el otro, pero a el resultaba imposible venir para Argentina porque tiene una hija. La cuestión es que, en dos días, resolví mi vida para irme una semana allá. Realmente me merecía unas vacaciones, vos sabes que hace dos años no me voy a ningún lado si no es por trabajo

-Si. Pero no eran vacaciones, estabas dejando toda tu rutina para irte a ver a Alejandro, porque su imposible era mas imposible que el tuyo… ¿algo así?

-Me refiero que hacía dos años que no era feliz. Me merecía un aire de felicidad. Y bueno, me fui. Saque una licencia corta. Suspendí dos presentaciones, le di el departamento a una amiga para que me cuide las plantitas y me fui. Tampoco es tan grave, ¿no?

Esos días la pasamos genial. Paré en su casa, conocí a su hija, a su madre, a sus amigos. Me llevó a ver el negocio en el que trabaja, paseamos por Montevideo. Nos llevamos bárbaro. Es divorciado, y sé que bien no la pasó porque me dijo que estuvo mucho tiempo metido en el tema del alcohol y las drogas por esa separación, pero…

-Milagros, Alejandro ¿es adicto?

-Hace un tiempo no consume. Viene de hacer un tratamiento y está en abstinencia hace meses. De hecho, cuando estuve con él, no tomó ni una gota de alcohol. La pasamos tan bien que, una noche, escuchando música en el fondo de su casa, se le ocurrió la idea de que me vaya para allá unos meses y probar algo más serio. En el momento quedé helada. No podía creer que ese tipo me estuviera pidiendo que me vaya a vivir con él y que apostara a tener una relación conmigo. Te juro que lloraba de la emoción. Todavía no puedo creer que un hombre como Alejandro me hay mirado a mí.

- ¿Que le dijiste?

- ¡Que sí!

-Mili, se conocen hace una semana, convengamos que no está fácil la situación. Recién separado, no terminas de saber si está saliendo o no con esta chica que viste, es un adicto en recuperación, y como un dato no menor vive en otro país. Vos tenés tus afectos, tu casa, tu carrera acá, estás en la cresta de la ola…

- Yo puedo escribir en cualquier lado. No estaría dejando mucho mas que mi casa, las clases en la universidad y a mis amigas. ¿Mamá y papá? Se pueden arreglar solos por un tiempo, ¿no te parece que también tengo derecho? Voy a postergar un poco la entrega del próximo libro solo para poder acomodarme tranquila en Uruguay y darle tiempo a mi relación. Ya tomé la decisión: la semana que viene me voy a vivir a Uruguay con Alejandro.

-Milagros, ¿por qué el apuro?

-Creeme que es el hombre que tanto esperaba. No puedo dejar pasar esta oportunidad. Y en cuanto a Alejandro, no es solo lo que decís de él. Es un tipo seguro, tiene calle, un carisma que no te puedo explicar, no lo sé. Algo de él me da la sensación de protección. La forma en que me habla, en que me mira. Me cuida. Yo sé que me va a cuidar, lo sé. Me lo repitió varias veces. Y le creo. Tiene un aire paternal y sabes perfectamente que nunca lo tuve. Lo necesito.

-Milagros… ¿un hombre, es una oportunidad para qué? ¿Un aire paternal como el que tuviste? Porque si hubo algo que no pudo hacer justamente tu papá, fue cuidarte. Te estas moviendo con desesperación y ansiedad, no por la razón. No estás evaluando si es conveniente o no. Entiendo que estás sobrevalorando cuestiones menores y dejando de lado las más importantes. La ilusión te está tapando la realidad, mi querida Mili.

Además, no puedo dejar de preguntarte si el vinculo de Alejandro con el alcohol no te hace pensar en que estas recreando alguna situación familiar que en su momento no pudiste resolver porque eras una nena.

-Quizá sí. Quizá la vida me está dando una nueva posibilidad y esta vez pueda.

- Alejandro no es tu papá, Milagros. Lo que sucedió en la infancia no se resuelve en otros vínculos.

- Siento que volví a encontrarle un sentido a mi vida. Me siento útil, mirada, deseada. Sé que le puedo hacer mucho bien, y en cuanto a mí, no te preocupes. Te llamo ni bien esté ubicada y quizá podamos hacer terapia online. Entiendo que creas que estoy dejando mi vida por un hombre que no conozco, pero si no funciona, puedo volver a retomar con mis cosas acá.

Alguno de los dos tenía que hacer el esfuerzo y él no puede porque tiene una hija. En cambio yo, no tengo nada para perder.

El final de una ilusión

Milagros era adicta a la ilusión de que Alejandro pudiera llenar un vacío que arrastraba desde su nacimiento. Una demanda imposible de ser cumplida. En principio, porque querer llenar un vacío es la forma más segura de agrandarlo. Los vacíos no se llenan, se transitan, se recuerdan y se trabajan terapéuticamente para poder sanar una herida traumática. Y, por otro lado, porque Alejandro, evidentemente tenía todo lo necesario para garantizar que eso con él no iba a suceder.

En las relaciones dependientes, uno busca a alguien lo suficientemente complejo como para bajarle el telón a los propios conflictos y descansar de la propia vida en los problemas ajenos. Es así como intentando ser necesaria para el otro, Milagros, dejaba su vida al costado por un tiempo para ocuparse de la vida del otro.

En este caso, y en un intento constante y fallido de querer cuidar a Alejandro de su última recaída en las drogas, insegura de sus desapariciones esporádicas sin explicaciones coherentes (a tan solo un mes de haberse instalado en su casa) los controles, los reclamos, las demandas y la persecución de Milagros por querer retener cueste lo que cueste a su objeto de consumo, hicieron que Alejandro se sintiera asfixiado en esa incipiente relación.

"Necesito recuperarme, Milagros. ¿No te das cuenta de que no puedo así? Tenés que volverte y salvarte de mí. Date cuenta, mi amor. No puedo".

Y con esas palabras que hoy en día Milagros se resiste a aceptar, volvió a su casa al poco tiempo de haber fantaseado con la idea de que alguien pudiera arrancarla de su vida.

Milagros tiene hambre de amor, es decir, está gobernada por una necesidad y cuando alguien tiene una necesidad, no puede elegir, solo busca la manera de satisfacerla.

Pedirle a alguien hambriento que coma de manera saludable es muy difícil. Por lo menos, no será tarea posible hasta tanto no logre calmar ese ruido en el estómago que pide de manera ciega y compulsiva comer lo que haya en el mercado.  

El camino de la recuperación

Es cierto que aquello que sucedió en la infancia nos vuelve altamente vulnerables a repetir patrones de conductas. Sin embargo, que algo nos condicione de ninguna manera significa que nos determina.

Esto quiere decir que se puede quebrar la dirección de la oleada con la que venimos a este mundo y generar un cambio.

En este sentido, la recuperación en las relaciones dependientes apuntan al restablecimiento de una autoestima que creció dañada debido a una carencia afectiva de nuestras primeras figuras parentales.

Para esto será necesario:

-Maternanos a nosotros mismos como no pudieron hacerlo mamá y papá generando acciones de autocuidado que refuercen la seguridad interna.

-Trabajar con ayuda terapéutica en la aceptación de la realidad que vivimos para poder comprender qué responsabilidad tiene nuestra familia, nuestra pareja y cuál es la nuestra en la consumación de cada suceso de nuestra vida. Este saber será una de las llaves que nos saquen de ese lugar de desconcierto e ignorancia el cual nos somete de manera inconsciente a la repetición de patrones que nos dañan.

-Fomentar actividades en soledad para conocernos mejor, ya que saber quiénes somos y qué queremos, resulta ser el pilar fundamental al momento de tomar decisiones asertivas en función de nuestras expectativas de vida. Salir de la ignorancia de nuestra historia personal nos permite volvernos más libres en la vida adulta. Y la libertad justamente se lleva muy mal con la palabra dependencia.  

Fuente: Lorena Pronsky es licenciada en psicología, autora de varios bestsellers y conferencista. Su IG: @lorenapronsky.

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