Dicen que un viaje a Buenos Aires no está completo sin una parada en el Café Tortoni. Fundado durante la segunda mitad del siglo XIX, este espacio no solo fue testigo de la vida cotidiana de generaciones de porteños, sino también escenario de la historia cultural argentina. Entre tazas de café, vitrales y columnas ornamentales, el Tortoni se convirtió en sinónimo de arte, arquitectura y memoria viva.
En una nueva edición de Historias de Cemento, junto a Cementos Avellaneda, visitamos el emblemático café para conocer su arquitectura, sus detalles y su espíritu que se mantiene intacto.
El Café Tortoni: más de un siglo y medio de historia local
El Café Tortoni fue fundado en 1858 por un inmigrante francés llamado Touan, y originalmente funcionó en otro edificio de la ciudad. Con el paso de los años, se trasladó a su espacio actual en Avenida de Mayo 825.
El edificio donde funciona pertenecía a Concepción Unzué de Casares, quien lo cedió a su sobrino. Poco después fue rematado y en 1898 inauguró su nueva fachada, diseñada por Alejandro Christophersen, uno de los arquitectos más importantes del patrimonio local. En esta obra, Christophersen aportó su sello inconfundible: un equilibrio entre elegancia europea y carácter porteño.


Su interior combina arte y arquitectura en cada rincón. Los vitrales del catalán Antonio José Estruch, las columnas ornamentales, los pisos de mosaico originales y la calidez de su iluminación natural hacen del Tortoni un espacio que resiste al paso del tiempo y celebra la belleza de la construcción clásica.



El salón principal no solo deslumbra por su arquitectura y sus detalles, sino que también fue testigo de la vida cultural de la ciudad. En sus mesas de mármol y entre sus paredes históricas se sentaron figuras como Jorge Luis Borges, Luigi Pirandello, Federico García Lorca y Julio Cortázar, así como los músicos Arthur Rubinstein y Carlos Gardel, convirtiendo al café en un verdadero epicentro de creatividad y arte porteño.



3 curiosidades cementeras del Café Tortoni
El Café Tortoni se convirtió en un café histórico de Buenos Aires por muchos motivos. No solo es el más antiugo de la ciudad, sino que sus salones, vitrales y columnas guardan siglos de historias y encuentros. Entre secretos y detalles arquitectónicos, estas son algunas curiosidades que lo hacen único.
Una fachada con firma de autor. La actual fachada del Café Tortoni fue diseñada por Alejandro Christophersen, el mismo arquitecto detrás del Palacio Anchorena y la Iglesia del Santísimo Sacramento. Su estilo francés, de líneas elegantes y simetría perfecta, es uno de los más fotografiados de la Avenida de Mayo.

Iluminación cálida y natural. Los vitrales del Tortoni fueron obra del catalán Antonio José Estruch, maestro del oficio que también realizó los del Claridge Hotel y la Capilla del Colegio San José. Cada pieza se pintó y ensambló a mano, iluminando el salón con una luz cálida y colorida.

Un refugio para los artistas. Fundada por Benito Quinquela Martín en 1925, la Peña del Tortoni fue un refugio para artistas e intelectuales. Allí se reunían Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Horacio Quiroga y Carlos Gardel. Tras la partida de Alfonsina, Quinquela organizó una colecta entre los miembros para construir su mausoleo en la Chacarita, gesto que selló la amistad y la memoria de toda una generación.



Desde 1984, el Café Tortoni de Buenos Aires es reconocido como Sitio de Interés Cultural y Bar Notable, distinciones que lo consagran como uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Más de un siglo y medio después de su fundación, este café que vio pasar a los más grandes artistas argentinos mantiene intacto su espíritu: una mezcla de historia, arte y cultura que guarda dentro parte del alma de Buenos Aires.