Arquitecta o ¡arquitecta! Juliana Mombelli no tuvo dudas sobre su vocación, desde los 11 años, cuando sabía lo que quería ser cuando fuera grande y le pidió a sus padres estudiar en una escuela industrial con especialidad en construcciones.
“Al principio se opusieron porque era un colegio de varones, pero les dije que si me dejaban ir y descubría que no era lo mío, sería mejor saberlo en ese momento y no más adelante”.
No hizo falta. Era Arquitectura. Lo que quería ser/hacer, desde que dibujaba casas, como ella quería o intentado incorporar la geometría que tanto lo costó en la escuela. "Me iba muy mal”, confiesa desde la terraza del edificio The Mark, en Palermo, en el que acaba de abrir la primera oficina de OLAM, su estudio junto con el arquitecto Martín Laniado Spilzinger.

Figuras geométricas, medidas de terrenos y cálculos de superficies... Justamente esos ejercicios vitales del corazón de la vocación de sus sueños resultaron su debilidad y, sobre todo, la primera prueba de fuerza de una arquitecta que jamás iba a elegir el plano más simple para su proyecto de vida y profesión. “Decidí transformar ese aparente fracaso en una meta, y tomé esa dificultad como un desafío personal y fui por todo, hasta convertirme en arquitecta”.
¿Un gran sueño de arquitecta? "Ganar el Pritzker", afirma. Pero, primero...
Una arquitecta en progreso

Juliana llevó adelante la carrera a su manera y con sus otras intenciones y propósitos encima, como un comprometido trabajo voluntario en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, lo que llevó a algunos profesores a sugerirle que “se pasara” a Medicina.
Pero ella no se pasó, y lo que pasó fueron lecciones de vida que fueron construyendo la formación primero y la carrera después.
Así, un día volvió de la clase de Diseño II murmurando lo que no se había animado a responderle a su profesora cuando le dijo: “en la vida profesional nadie hace una escuela desde cero”. Y Juliana sabía que ella sí iba a construir escuelas desde cero.

Otro día, recreando en su mente el curioso caso de un proyecto de ascensor para un perro que concluyó cuando el animal –un ovejero alemán- ya se había muerto, Juliana tuvo una epifanía: por encima de la historia del perro le surgieron imágenes de personas sin hogar, y fue entonces cuando comenzó a mirar más allá de las paredes de la facultad.
Y entendió que, además de extender la mirada, también tendría que romper algunas de esas paredes/muros. “Estaba cansada de tanta teoría y buscaba oportunidades para tener experiencia en obra en estudios y empresas constructoras –recuerda- Hace más de diez años, si eras mujer en muchos estudios te contrataban para estar en la oficina, dibujando, y las constructoras directamente contrataban solo hombres por considerarlos la ´fuerza de choque´ con los albañiles”.
Más allá de la facultad

Arquitecta. Nunca (más) empleada. Juliana Mombelli salió de “La Matrix” una vez más, y empezó a tomar encargos particulares. “Mis compañeros insistían en trabajar para municipalidades, en puestos donde ´nunca los iban a despedir´. Pero a mí me atraía la libertad. No quería estar encerrada en un despacho para siempre”.
Entonces, a la vocación de la primera vez se sumó la intención de su proyecto como arquitecta, y su misión. Y cambiaron los planos y los planes...
“Mientras estudiaba sentía que mi carrera no iba a mejorar la realidad de las personas... Como voluntaria del Hospital de Niños hasta pensé en dejar la arquitectura”, rememora el momento de quiebre de su trayectoria que la llevaría a un lugar inesperado.

En el Hogar Santa Rosa del Pequeño Cottolengo Don Orione, en Tigre, su hermana la invitó a que la acompañara a dar clases de arte a mujeres con discapacidad.
Junto con el arquitecto Hiram Gualdoni, comenzó a trabajar ad honorem en la ampliación del hogar según las nuevas normativas de discapacidad. “En ese instante mi panorama cambió por completo”, afirma Juliana Mombelli, que apenas recibida trabajó en la Fundación Vivienda Digna.
“Fue mi verdadera escuela de escucha –recuerda- Tenía una especie de sala-consultorio técnico en el corralón social de Boulogne, donde muchas personas se acercaban para pedir asesoramiento. También podía visitarlas en sus casas y entender de cerca la realidad de cada problema”.
El Manifiesto según Juliana

“En ese hogar, había un arquitecto construyendo algo profundamente humano. No era lo que me habían enseñado en la facultad: no era el diseño puro para quienes podían pagarlo. Era otra cosa. Era arquitectura al servicio de la dignidad de las personas”.
“Lo que más me inspiró de él fue solamente su compromiso con los más necesitados, sino comprender que una cosa no excluía la otra. El arquitecto Gualdoni supo navegar en muchos mares sin encerrarse en una sola forma de ejercer la profesión. Entendí que la arquitectura social y la arquitectura de gran escala no son caminos opuestos. Al contrario, pueden convivir, enriquecerse y darle mayor sentido al ejercicio profesional”.
Esa visión se convirtió en una de sus mayores inspiraciones. Y más adelante, en una revelación y un propósito. “Cuando estudiaba pensaba que eso de que la arquitectura mejora la calidad de vida de las personas era casi un relato... Seguí con arquitectura sabiendo que mi camino iba a ser exactamente lo contrario de lo que me habían enseñado”.
La arquitecta "misionera"

Esa visión fue el horizonte que, más adelante, inspiró a Juliana para construir ¡de cero! una escuela en Ciudad Oculta. “Fue un antes y un después en mi vida profesional y personal. En ese proyecto entendí que la arquitectura no es solo diseño o construcción sino una herramienta concreta de transformación social”.
En Ciudad Oculta, Juliana Mombelli encontró el lugar desde donde sí podía transformar la realidad a través de su trabajo. Desde los cimientos. Literal. “No solo por el edificio en sí, sino por todo lo que moviliza a su alrededor –reflexiona- La cantidad de vecinos trabajando, el barrio entero colaborando, la obra convertida en un proyecto común. Cada ladrillo tenía detrás una historia, una voluntad y una esperanza compartida”.
Y cuando a la Expectativa le resulta imposible la Realidad, Juliana tiene algo más allá de la Convicción... la Fe. “Trabajábamos con un presupuesto muy ajustado y muchas veces teníamos que detener la obra porque no había más dinero. Sin embargo, yo seguía dibujando en mi casa, produciendo planos y ajustando la documentación, porque sentía que Dios me tenía que ver trabajando cuando llegaran las donaciones para poder retomar las obras”.
“En las obras comunitarias todos tenemos conciencia: conciencia de lo que estamos haciendo, conciencia del bien común, conciencia del cuidado del otro. No se trata solo de construir una pared o colocar un ladrillo; se trata de comprender el sentido de aquello que estamos levantando juntos. Tener conciencia es el corazón de la visión comunitaria. Es entender que la arquitectura no termina en la materia, sino que comienza en el propósito compartido”.
La evolución de OLAM

“Fe, escucha y pertenencia”. Así define y resume Juliana Mombelli su forma de hacer arquitectura, compartida en OLAM con Martín Laniado Spilzinger. “Definiría nuestra forma de hacer arquitectura como una práctica guiada por el sentido trascendente y por la escucha. Poner a Dios en cada proyecto es, para mí, la clave: trabajar con propósito, servicio y responsabilidad”.
“Muchas veces, desde la arquitectura de escritorio, se corre el riesgo de imponer el deseo del arquitecto sobre el verdadero deseo de quienes van a habitar el espacio. Es un error apropiarse de la obra como si nos perteneciera, cuando en realidad la obra es para los demás. Nosotros estamos de paso”.
Juliana afirma que “la arquitectura no debería ser una expresión del ego profesional”, y proclama que “hay que escuchar más, abrirnos más. Pienso mucho en la idea del efetá, palabra de origen arameo que significa ´ábrete´. Esa idea resume una forma de proyectar: abrirse a la realidad de quienes van a vivir el espacio, a su historia, sus necesidades, sus deseos y su manera de habitar. Escuchar nos acerca a las personas, y solo desde esa cercanía es posible proyectar una arquitectura verdaderamente humana”.
Como muestra, vale su encuentro con Martín Laniado Spilzinger, a quien conoció “casi de casualidad”. “Éramos vecinos en el mismo edificio. Un día yo estaba trabajando en una cafetería con la computadora, dibujando la fachada del Museo Histórico Sarmiento para comenzar su restauración, cuando se acercó el papá de Martín y me lo presentó como un ‘casi arquitecto’. Tiempo después, él asistió a una charla que di en el Museo Casa Rosada dentro de un ciclo llamado La metamorfosis de la Plaza de Mayo, y fue ahí cuando empezamos realmente a hablar”.
La propuesta original de Martín fue trabajar como dibujante, pero cuando él le contó que su viaje de egresado de arquitectura sería a Manaos, Amazonas brasileño, cambió el rumbo de la relación, y empezó el viaje.
"Yo no necesitaba solamente a alguien que dibujara, sino a una persona con compromiso real, un socio”. Ya juntos se presentaron al concurso internacional Holcim Awards con la idea de financiar las construcciones en la Amazonía. No ganaron, pero se subieron al barco igual... “Martín ya había navegado el río, dormido en la selva y experimentado de primera mano la arquitectura vernácula del lugar. Así que ese mismo año viajamos juntos al Amazonas para definir el proyecto y capacitar a la comunidad local para desarrollar de manera conjunta el diseño de una parroquia, a través de un proceso de arquitectura participativa”.
Mirá También

Historias de Cemento: MALBA, el museo que redefinió la escena cultural contemporánea en Buenos Aires
El camino de una arquitecta singular

En el TIF (Tigre Instituto Formativo) Juliana Mombelli se convirtió en la primera mujer arquitecta “arquitecta–albañil” del partido de Tigre. Esos conocimientos luego se transformaron en la base de muchos de los talleres que dio en la Fundación Vivienda Digna y también de manera particular, orientando a mujeres —muchas de ellas madres solteras— a construir su casa, repararla, leer e interpretar planos y resolver problemas concretos de sus viviendas.
Esa experiencia también anticipó su viaje hacia aguas y escenografías aún más dificultosas, como la de Santa Clotilde, Perú, al borde del río Napo, una de las vertientes del Amazonas, el lugar al que Juliana y Martín llegaron en canoa para trabajar en obras de la escuela-hogar Lucille Gagné Pellerin (LuGaPe).
Su próximo destino: África. “Tenemos varios proyectos en marcha, especialmente en Kenya y Mozambique, la mayoría vinculados a las infancias y al desarrollo comunitario. Trabajamos en escuelas, salas de rehabilitación, bibliotecas y otros espacios pensados para acompañar el crecimiento y la contención de niños y jóvenes. Cada proyecto responde a una necesidad concreta del lugar, pero también a una misma vocación: construir espacios que dignifiquen la vida cotidiana y generen oportunidades reales para las comunidades. Después, iremos adonde Dios nos lleve. Al final, Él planifica mejor que nosotros”.
La arquitecta del Papa Francisco

El trabajo de Juliana Mombelli en las aulas de Ciudad Oculta la vincularon profundamente con la figura del Papa Francisco. “Antes de llegar al Vaticano, él conocía muy bien los barrios populares, y Ciudad Oculta formaba parte de esa realidad”, cuenta la arquitecta. “Cuando el gobierno cedió el terreno para construir la escuela, en parte también fue gracias al impulso y a la mirada que Francisco había puesto sobre estos barrios y sobre la importancia de la educación como herramienta de transformación”.
Su relación con Jorge Bergoglio -“el Papa del fin del mundo”- tuvo un momento para siempre. “En diciembre de 2017, los chicos del Club Virgen del Carmen ganaron La Liga del Potrero y como premio viajaron al Vaticano –recuerda Juliana- Allí fueron recibidos por el Papa Francisco y le contaron los avances de la nueva escuela. Entonces él grabó un video felicitando la nueva escuela de ´Ciudad Culta¨. Ese gesto fue profundamente simbólico para nosotros: no solo era una bendición, sino también una confirmación de que estábamos construyendo algo mucho más grande que un edificio. De ese viaje me trajeron de regalo un rosario bendecido por él con su sello, que aún hoy conservo como un tesoro”.
Fotos: Christian Beliera / gentileza Juliana Mombelli.





