Soluciones posibles para contrarrestar el efecto cuarentena en los chicos

Sostener el interrogante de hasta cuándo y de cómo se seguirá después es uno de los principales desafíos a los que hoy nos enfrentamos. Poco se habla de lo psíquico y de qué pasa con los niños en el contexto de la pandemia. Parecería ser que la única salud que existe es la del organismo, pero la salud psíquica también existe y puede enfermar al cuerpo. De esto habla la psicóloga Carla Tonella.
El encierro afecta a la psiquis de los chicos. Foto: 123 RF.

Pareciera que para el mundo, en general, estaríamos conformados solo por lo observable, por el cuerpo, por aquello que se ve, como si nuestras emociones y sentimientos estarían en un plano secundario y pudieran esperar, pero la realidad es que nadie está preparado anímicamente para sostener aquello que desconoce, y menos para sostener lo que no sabía que iba a llegar y menos cómo continuará.


Uno de los problemas centrales del aislamiento y del encierro es que conlleva de fondo no solo la posibilidad de que se afecte nuestra salud o la de nuestros seres queridos, sino también, la posibilidad del encuentro con esa potencial pérdida. El tinte siniestro es que no hay lugar ni resguardo seguro.

Nuestros afectos o vínculos pueden ser tanto el blanco de debilidad como el de amenaza. Y esto nos pone de frente a la vulnerabilidad humana de una forma inesperada, no contemplada en la lista de aquellas que estaban en el horizonte de lo posible. La vulnerabilidad se nos presenta ante nuestra psiquis sin barbijo.


Se conmueven hábitos que jamás pensamos que iban a conmoverse. Empezamos a anoticiarnos de aquello naturalizado que nunca notamos y que teniendo el lugar de lo dado ha pasado por insignificante.

Estamos vivenciando más que nunca, no solo que los vínculos se construyen sino que hay algo que las pantallas no pueden reemplazar, que no pueden sustituir y que es la presencia del otro en ese espacio único que ningún dispositivo puede proveer o crear.

Hay algo que ocurre en el entre, en la relación entre el uno con el otro que requiere de la presencialidad. Aquello que parece manteneros unidos, por momentos nos presentifica aún más la ausencia de lo que nos falta: la presencia del otro.

La pandemia, además, ha traído aparejada la caída de planes, de sueños, o al menos, la postergación de ellos para un mañana que no sabemos cuándo será; desconocemos su fecha de vencimiento.

Poder ser creativos con los niños

Los niños no solo perciben la realidad sino que también la vivencian. Ante esto, es lógica la irritabilidad, la impaciencia, el enojo, el desgano, la angustia. Ni hablar de que para muchos niños, quedarse en la casa es convivir 24 x 7 con un agresor.


El escenario es complejo respecto de la convivencia y la relación con los niños, dado que los propios padres están atravesados por la misma situación traumática con la particularidad de que los más pequeños, por su propia condición de indefensión, necesitan del apuntalamiento de los adultos para afrontar una situación que requiere de ciertos recursos simbólicos.

Frente a esta circunstancia, cada quien responde con las herramientas que cuenta ante una realidad que violenta el aparato psíquico de todos. La apuesta radica en poder ser creativos con los niños, a quienes además, muchas veces les es dificultoso poner en palabras emociones y pensamientos vinculados con las experiencias de angustia.


Nuestro día a día requiere más que nunca de respuestas, al menos transitorias, que permitan sobrellevar la situación lo más amigable posible y buscar formas en las que la creatividad también involucre al grupo familiar para que incluso el adulto pueda recrear y recrearse.

Los hijos movilizan aspectos de la infancia de los padres y en estos momentos, más que nunca, jugar no tiene que tener edad. No hay en este contexto una respuesta precisa para la convivencia sino distintas sugerencias en cuanto a los modos de hacer tratando de construir y mantener un ambiente positivo.

Hacer con los niños -juntos- actividades que nunca antes se hayan realizado, cambiar cosas de lugar, planificar con ellos una rutina que sea constante pero no estática administrando espacios de tiempo libre, pensando en que quizás, más que nueva normalidad como a veces se la denomina, se trate de nuevas rutinas.

Ser más flexibles

La propuesta es tomarlas y transmitirlas como un juego lo cual no implica una forma de negar la realidad sino de recrear la propia realidad de la familia y del hogar, es decir, que la invitación a ello sea como un juego y no como una obligación.

Es un momento en el que se requiere de una mayor flexibilidad porque ya nos encontramos frente a un límite que se nos impone de afuera y que pone en jaque no solo nuestra salud física sino también nuestra salud mental en la que los vínculos y nuestra libertad son los que se ven más afectados.


Los niños también suelen tener mucha energía. En tal sentido, proponer actividades que permitan poner al cuerpo en movimiento ayuda a reducir el estrés y es una manera sana de compartir momentos con ellos desde un lugar distinto.

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Asimismo necesitan tener su espacio de creación propia; la sobreestimulación producto de una aspiración de los padres nunca suele ser aconsejable, sobre todo en estos momentos de mayor angustia, agotamiento, hastío, limitación de la libertad y estrés.

Con frecuencia se opta por un exceso de pantallas para los niños lo que opera muchas veces como un modo engañoso de calmar la angustia -quizás más de los padres que de los hijos frente a un no saber o no poder hacer-.

En este contexto, es indispensable pensar que el agotamiento probablemente no sea solo del lado de los padres sino también de los más pequeños; la frecuencia y la intensidad de la convivencia es mucho mayor que antes de la pandemia invitando a pensar que si es difícil para el adulto encontrar distracciones, cómo no serlo para los niños.

Dedicarles a los chicos tiempo de calidad


Esto coloca en el tapete la necesidad de poner en marcha más que nunca la tolerancia y la creatividad. Permitirse hacer cosas distintas y hasta quizás antes impensadas dado que la mejor posibilidad que tenemos es la de crear nuevos espacios y prácticas con los recursos que disponemos.

Quizás sea un buen momento para que, al terminar el día, se pueda compartir en familia qué es aquello distinto que se ha realizado durante la jornada pero no como un modo de tomar lección sino como puntapié y móvil para pensar en mañana, y a partir de allí, volver a construir pequeñitos proyectos para poner en marcha al día siguiente al servicio del sol.


Tal vez, sea un momento oportuno también, para dedicar a los niños mayor tiempo de calidad, reeditar cuestiones de la infancia y construir nuevas significaciones que nos permitan sobrellevar una situación sin precedentes. El desafío es no solo operar como sostén de los más pequeños sino construir un sostén con ellos para mitigar las posibilidades de quedarse anclado en una posición de queja y de padecimiento. La apuesta siempre es a la vida y esta no es sin el juego.

Fuente: Carla Tonella, psicologa y Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas. Directora de la Carrera de Relaciones Públicas de la Universidad Abierta Interamericana (UAI).

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