Meses atrás, una escena estremeció a todo el país: una adolescente de 14 años se atrincheró durante horas en su escuela de Mendoza con un arma que había tomado de su casa. El episodio ocurrió el 10 de septiembre del 2025 en la escuela Marcelino Blanco y mantuvo en vilo a toda la comunidad educativa durante seis horas, tiempo en el que la joven incluso efectuó dos disparos.
En aquel momento, la noticia generó miedo, desconcierto y muchas preguntas. ¿Qué había llevado a una estudiante a una situación tan extrema dentro de su propia escuela?
Con el paso de los meses, la investigación judicial arrojó un dato todavía más perturbador. Según informaron medios locales, un celador de la institución fue detenido acusado de haber abusado de la adolescente. La detención fue ordenada por la fiscal Laura Nieto luego de que la joven reiterara esa acusación durante entrevistas con profesionales de salud mental.
El caso cambió por completo la forma de mirar aquel episodio. Ya no se trata solo de un hecho policial o de un comportamiento inexplicable, sino de una historia que vuelve a poner en agenda una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué señales estamos dejando pasar cuando un adolescente atraviesa situaciones graves?
Para reflexionar sobre este tema, la especialista en educación Laura Lewin compartió una columna que invita a mirar más allá del hecho puntual y a pensar en el rol de los adultos frente al sufrimiento de chicos y chicas.

Cuando el dolor de los chicos no es escuchado, por Laura Lewin
"Meses atrás, la noticia de la adolescente de Mendoza que entró armada a su escuela y se atrincheró durante horas nos dejó a todos paralizados. Primero apareció el miedo. Después la sorpresa. Y ahora, con el correr de los meses, se conoció algo aún más doloroso: la chica habría sido víctima de abuso por parte de un adulto de la institución.
Y entonces la escena cambia.
Porque ya no estamos frente a “una alumna peligrosa”. Estamos frente a una adolescente profundamente lastimada.
Cuando un chico o una chica hace algo extremo, casi nunca el problema empezó ese día. Lo que vemos es el estallido final de algo que venía pasando mucho antes.
Los adolescentes no siempre saben cómo pedir ayuda. A veces no encuentran palabras. A veces sienten vergüenza. A veces creen que nadie les va a creer. A veces no quieren preocupar a sus familias. Y otras veces temen que, si hablan, todo va a empeorar.
Entonces el dolor sale de otras maneras: aislamiento, llanto frecuente, cambios bruscos de humor, irritabilidad, silencio repentino, miedo a ciertos adultos o lugares. Son señales que muchas veces aparecen antes de que algo explote.
El problema es que muchas veces los adultos solemos mirar esos cambios como “cosas de la edad”.
“Está sensible.”
“Es la adolescencia.”
“Ya se le va a pasar.”
Y a veces no se les pasa.
A veces detrás de esos cambios hay miedo, angustia o situaciones muy graves que los chicos no saben cómo contar.
Por eso, cuando aparecen historias como esta, la pregunta importante no es solo qué hizo esa adolescente, sino qué estaba pasando con ella antes.
Los chicos no deberían atravesar solos situaciones así. Necesitan adultos que estén atentos, que miren más allá de las notas o de si “se portan bien”, que registren cambios en el ánimo, en la conducta, en la forma de relacionarse. Y también necesitan saber algo fundamental: que pueden hablar. Que se los va a escuchar.
Muchos adolescentes no cuentan lo que les pasa porque sienten que van a ser juzgados, que los adultos se van a enojar o que no les van a creer. Por eso, una de las herramientas más importantes que tenemos las familias es construir un clima donde hablar sea posible.
Pero no se trata solo de hacer preguntas. Se trata de generar confianza.
Conversaciones cotidianas. Escucha sin sermones. Interés genuino por lo que les pasa.
Y también algo más: enseñarles que su cuerpo y sus límites importan. Que ningún adulto tiene derecho a invadirlos, intimidarlos o manipularlos. Que si algo los incomoda, tienen derecho a decirlo.
Cuando un chico siente que tiene a quién acudir, muchas situaciones se frenan antes de volverse tragedias.
Por supuesto, la responsabilidad nunca es del chico. Cuando hay abuso, el único responsable es el adulto que traicionó la confianza. Pero sí podemos preguntarnos qué necesitamos fortalecer como familias y como sociedad para que los chicos no tengan que llegar al límite para que alguien escuche su dolor.
Porque cuando una adolescente llega a un punto tan extremo, el mensaje que aparece detrás suele ser uno solo: algo muy grave estaba pasando y nadie lo había visto a tiempo.
Escuchar a tiempo no siempre evita el dolor, pero muchas veces evita que el dolor se convierta en desesperación".
Fuente: Laura Lewin, autora, especialista en educación y formadora docente (@lauralewinonline)


