Un sábado de mayo, a las 10 de la mañana, me pasó algo extraño. Terminé de desayunar, lavé las tazas, y cuando fui a agarrar el celular para "ver qué hacer", me detuve.
No había nada urgente. Ni pendientes laborales, ni mensajes sin responder, ni una casa que limpiar, ni un plan que confirmar. Nada.
Y en lugar de sentir alivio, sentí pánico. ¿Qué se hace con un día vacío? ¿Quién soy yo cuando no estoy haciendo algo productivo?
Guardé el celular. Me senté en el sillón. Y me aburrí. Profundamente, incómodamente, me aburrí. Fue lo más revolucionario que hice este año.
La guerra contra el tiempo vacío
Vivimos en guerra contra el aburrimiento. Lo combatimos con scrolls infinitos, con agendas al tope, con podcasts en 2x, con el celular en una mano mientras comemos con la otra. Como si el tiempo sin propósito productivo fuera tiempo desperdiciado.
Natalia tiene 45 años y es arquitecta. Durante toda su vida adulta, su agenda fue su identidad. "Si no estaba ocupada, no era valiosa. Medía mis días por cuánto lograba meter en ellos. Un sábado sin planes era un sábado fallido."
Hasta que el año pasado tuvo una licencia médica por estrés. "Me obligaron a parar. Y cuando paré, me di cuenta de que no sabía qué hacer conmigo misma. No sabía estar sin estar produciendo. Era aterrorizante."
Lo que Natalia describe es el síntoma de una época: hemos tercerizado nuestra capacidad de habitar el tiempo. Necesitamos estímulo constante. Necesitamos validación externa de que estamos usando bien nuestras horas. Necesitamos hacer para sentirnos existir.
El costo invisible de estar siempre "haciendo algo"
La cultura de la productividad nos vendió una mentira: que más es mejor. Más proyectos, más información, más conexiones, más estímulos. Que el tiempo libre hay que "aprovecharlo" con actividades que te mejoren: un curso, un deporte, un hobby nuevo.
Pero hay un costo que no contabilizan:
Perdimos la capacidad de aburrirnos
Y con eso, perdimos también la creatividad espontánea, las ideas que aparecen solas, los pensamientos que necesitan silencio para formarse.
Saturamos nuestra capacidad de atención
El cerebro humano no está diseñado para procesar información las 24 horas. Necesita reposo. Aburrirse es la forma que tiene el cerebro de resetear.
Confundimos descanso con entretenimiento
Ver una serie no es descansar. Scrollear Instagram no es descansar. Son formas de llenar el tiempo que siguen demandando tu atención. Descansar de verdad es no hacer nada.
Nos volvimos adictas a la validación externa
Si no posteás lo que hacés, ¿realmente lo hiciste? Si no tenés un plan interesante para el finde, ¿sos aburrida? Nuestra autoestima quedó atada a qué tan llena está nuestra vida.
El día que me permití no hacer nada
Ese sábado de mayo, después del pánico inicial, algo empezó a cambiar. Me quedé en el sillón. Miré por la ventana. Escuché los ruidos de la calle. Pensé en cosas que hacía años no pensaba. Recordé una canción de la adolescencia y la busqué, pero solo para escucharla, no para compartirla.
No pasó nada extraordinario. Y justamente ahí estuvo lo extraordinario. No saqué ninguna conclusión profunda sobre mi vida. No tuve una epifanía. No resolví ningún problema pendiente. Simplemente estuve. Y fue raro. Y después fue hermoso.
El aburrimiento es el espacio donde el pensamiento propio puede aparecer. Cuando estamos constantemente estimuladas, solo reaccionamos. Nunca creamos. Aburrirnos es devolvernos el protagonismo de nuestra propia mente.
Lo que descubrí en los espacios vacíos
Después de ese sábado, empecé a hacer algo subversivo: dejar espacios en blanco a propósito. No llenar cada hueco del calendario. No tener un plan para cada momento libre. Dejarme aburrir.
Volví a tener ideas propias
Cuando tu mente no está reaccionando al input constante, empieza a generar output. Ideas, conexiones, proyectos que no hubieran aparecido si seguía consumiendo contenido 24/7.
Recuperé el placer de las cosas simples
Una taza de café sin el celular al lado. Una caminata sin podcast. Cocinar sin ningún objetivo más que cocinar. Cosas que antes me parecían "pérdida de tiempo" se volvieron lo mejor de mi día.
Bajó mi ansiedad de fondo
Esa sensación constante de que "debería estar haciendo otra cosa" se fue aflojando. No de golpe, pero se fue.
Mejoré mi capacidad de concentración
Cuando dejás de entrenar a tu cerebro para saltar de estímulo en estímulo, recuperás la capacidad de sostener la atención. Leo más. Escucho mejor. Estoy más presente.
Me volví menos dependiente de la validación externa
Ya no necesito que cada momento de mi vida sea compartible o instagrameable. Puedo hacer cosas solo para mí, sin público, sin feedback. Y eso es libertad pura.
Las resistencias que aparecen
Elegir aburrirse no es fácil. Hay resistencias internas muy fuertes:
La culpa:
"Debería estar aprovechando este tiempo para algo útil." Como si estar viva sin producir fuera un desperdicio.
El miedo a quedarse atrás:
"Todos están haciendo cosas y yo acá, sin hacer nada." Como si la vida fuera una carrera donde frenarse es perder.
La incomodidad con el silencio interno:
Cuando no hay ruido externo, aparecen pensamientos y emociones que veníamos tapando. Y eso puede ser difícil.
El mandato de "optimizar" todo:
"Si tenés tiempo libre, aprendé algo, hacé deporte, conectate con gente." Como si el tiempo libre fuera otro recurso a explotar.
Cómo empecé a practicar el aburrimiento (sin morir en el intento)
No fue de cero a cien. Fue de a poco. Con micro-espacios que fui ampliando.
Los primeros 10 minutos del día sin celular
Antes, lo primero que hacía al despertar era revisar el teléfono. Ahora me doy 10 minutos (a veces más, a veces menos) de no-input. Solo yo, despertando.
Las caminatas sin música ni podcast
Una vez por semana, salgo a caminar en silencio. Sin audífonos, sin nada. Solo mis pensamientos y la calle.
Las comidas sin pantalla
Comer y punto. No ver nada, no leer nada. Solo masticar y saborear. Parece tonto, pero es difícil.
Los sábados sin plan
Una vez al mes, dejo el sábado completamente vacío. Sin compromisos, sin agenda. Lo que surja, surge. Si no surge nada, también está bien.
El "no" a la sobre-estimulación
Dejé de llenar cada traslado con contenido. El subte, el auto, la sala de espera. A veces simplemente miro. Y está bien.
Esto no es un elogio de la improductividad
Elegir aburrirte no significa abandonar tus proyectos. No significa dejar de hacer cosas que te importan. No es un manifiesto anti-trabajo ni anti-esfuerzo.
Es recuperar el equilibrio. Es recordar que sos más que tu lista de pendientes. Que tu valor no está determinado por cuánto producís.
Podés tener una vida rica, intensa, llena de proyectos que te apasionan, Y TAMBIÉN tener espacios de nada. No son opuestos. Son complementos.
La pregunta incómoda
Durante años me pregunté: ¿qué quiero hacer con mi vida? Qué carrera, qué proyectos, qué legado. Como si la vida fuera solo un conjunto de logros por acumular.
Este año empecé a hacerme otra pregunta: ¿cómo quiero estar en mi vida? ¿Apurada o tranquila? ¿Llena o espaciosa? ¿Reaccionando o creando?
Y descubrí que para estar como quiero estar, necesito aburrirme. Necesito el espacio en blanco. Necesito el tiempo sin propósito.
Porque en ese tiempo "improductivo" pasa algo que no puedo planificar: aparezco yo. La versión de mí que existe sin agenda, sin objetivo, sin audiencia. Y resulta que esa versión me gusta mucho.
Para este año que empieza
No te voy a decir que vacíes tu calendario. No te voy a pedir que dejes todo y te dediques al ocio. Sería hipócrita e irreal.
Te voy a proponer algo más sutil: que te regales un espacio. Uno solo. Una hora, una tarde, un día. Un espacio sin objetivo, sin plan, sin obligación de que sea productivo o memorable o compartible.
Un espacio donde, si querés, podés aburrirte. Porque te aseguro que va a aparecer algo. Quizás no sea una revelación. Quizás sea solo una sensación de calma.
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