El debate sobre las raíces argentinas y su influencia extranjera ha sido una constante en nuestra historia. Mientras la sociología y la historia han intentado explicar esa mezcla singular que nos define, la genética ofrece hoy respuestas que no solo iluminan la discusión, sino que desafían nuestras percepciones más arraigadas.
Históricamente, Argentina ha sido definida como un "crisol de razas". Lejos de ser una metáfora romántica, los estudios genéticos confirman esta visión: la identidad argentina es un complejo mosaico multicultural.
Si bien es cierto que, en esencia, todos los humanos compartimos un origen común en África hace unos 200.000 años, siendo parte de la misma historia humana, en los últimos milenios, las migraciones y adaptaciones han moldeado rasgos distintivos.
Los datos revelan la composición general de nuestra herencia: un 40% de origen europeo, un 25% asiático, un 20% americano y un 10% africano. Esto nos demuestra que somos el resultado de una compleja mezcla de migraciones.
Sin embargo, para entender la profundidad de nuestra argentinidad, es crucial examinar las composiciones menos conocidas, aquellas que redefinen lo que consideramos "propio" o "extranjero".
Uno de los aportes más fundamentales, aunque a menudo invisibilizado, es la huella africana. El aporte africano es una parte esencial de nuestra historia. Aproximadamente el 10% de los argentinos tiene algún grado de ancestría africana. Aunque esta contribución promedia menos del 5% del ADN por persona, la dilución de la huella se debe a que las personas de origen africano que llegaron durante la colonia como esclavos se integraron con otros grupos inmigrantes.
Lo verdaderamente sorprendente es cómo la genética revela conexiones con puntos del planeta aparentemente muy distantes. Un dato inesperado es el vínculo con Bangladesh: el 8% de los argentinos estudiados presenta rastros de ADN proveniente de esta región. Aunque minoritario (en promedio, no supera el 2% por persona), este hallazgo revela cómo las migraciones humanas han conectado puntos remotos, haciendo que la idea de "lo extranjero" sea mucho más relativa de lo que imaginamos.
La genética también destaca la contribución de poblaciones minoritarias con patrones de herencia muy específicos. La población judía ashkenazí, por ejemplo, aunque constituye solo el 1% de los argentinos con origen en el este de Europa, exhibe un patrón único: cuando este origen aparece, puede representar más del 50% del ADN individual, reflejando vínculos familiares recientes y directos. Estos datos son cruciales para trazar cómo se fue moldeando la argentinidad.
En un contexto donde los debates sobre "los extranjeros" a menudo se polarizan, estos hallazgos genéticos actúan como un poderoso recordatorio. Todos llevamos en nuestro ADN la historia de la humanidad, una historia marcada por encuentros, mezclas y migraciones.
Argentina no es un punto fijo en el mapa, sino una construcción viva de diversidad. Lo que algunos podrían ver como "extranjerización" es, en realidad, una reafirmación de nuestra esencia más profunda: un país donde la mezcla no es solo un dato histórico, sino la identidad que nos define y que conforma un mosaico único de historias compartidas. La genética, como herramienta fundamental, nos permite explicar nuestra diversidad y comprender que la complejidad de nuestra composición es nuestra verdadera riqueza.
Fuente: Por Adrián Turjanski Investigador del CONICET y director científico de Gen360.
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