Cada 4 de marzo, en el marco del Día Mundial de la Obesidad impulsado por la Federación Mundial de la Obesidad, se abre una oportunidad clave para revisar cuánto hemos avanzado —y cuánto nos falta— en el abordaje de una de las enfermedades crónicas más desafiantes de nuestro tiempo.
La obesidad no es una cuestión de voluntad individual ni el resultado exclusivo de “comer de más y moverse poco”. Es una enfermedad crónica, inflamatoria y multifactorial, en la que intervienen mecanismos hormonales, neurológicos, genéticos, ambientales y emocionales. El exceso de adiposidad no solo implica un aumento de peso corporal, sino una alteración sistémica que puede comprometer órganos, metabolismo y funciones vitales.
La evidencia es contundente: la obesidad incrementa el riesgo de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, hígado graso, algunos tipos de cáncer y trastornos osteoarticulares, entre otras complicaciones. Pero además impacta de manera profunda en la calidad de vida, en la salud mental y en la inserción social de quienes la padecen.
Diagnosticar mejor: más allá del Índice de Masa Muscular (IMC)
Durante décadas, el diagnóstico de obesidad se basó casi exclusivamente en el Índice de Masa Corporal (IMC), una fórmula que relaciona peso y altura. Si el resultado superaba los 30 kg/m2, se consideraba obesidad. Sin embargo, hoy sabemos que el IMC es una herramienta limitada.
El IMC no distingue entre masa grasa y masa muscular, no informa sobre la distribución de la grasa corporal ni permite evaluar el verdadero riesgo metabólico. Dos personas con el mismo IMC pueden tener perfiles clínicos completamente diferentes y riesgos cardiovasculares muy distintos.
El enfoque actual propone ir más allá del número. Ya no importa solamente cuánto pesa una persona, sino dónde está la grasa y cómo impacta en su organismo.
La grasa visceral —la que se acumula alrededor de órganos como el hígado, el páncreas y el corazón— es particularmente riesgosa, ya que se asocia con inflamación crónica, resistencia a la insulina y mayor probabilidad de eventos cardiovasculares. Por eso, hoy se utilizan herramientas complementarias como la circunferencia de cintura, la relación cintura-altura, estudios de bioimpedancia o técnicas más avanzadas como DEXA, resonancia o tomografía en contextos específicos.
A esto se suma una evaluación integral del perfil metabólico: niveles de insulina y resistencia insulínica, perfil lipídico, marcadores inflamatorios como la PCR ultrasensible, función hepática y parámetros hormonales. Incluso puede haber personas con IMC dentro de rango considerado “normal” que presenten disfunción metabólica significativa.
Este cambio conceptual ha sido reforzado por sociedades científicas internacionales, que proponen entender la obesidad como una enfermedad crónica basada en la
adiposidad, donde el problema central no es el peso en sí mismo, sino el tejido adiposo disfuncional y su impacto sistémico.
Hoy incluso se reconocen distintos fenotipos: obesidad metabólicamente sana, obesidad con disfunción metabólica, obesidad asociada a inflamación crónica o combinada con pérdida de masa muscular (sarcopenia). Esto implica que el diagnóstico ya no es uniforme ni exclusivamente numérico, sino personalizado y funcional.
Estrés, cortisol y vida moderna
Otro aspecto cada vez más estudiado es el rol del estrés crónico. El cortisol, hormona que se eleva ante situaciones de ansiedad sostenida, favorece la acumulación de grasa abdominal, altera la regulación del apetito y afecta el sueño. La alteración del ritmo circadiano y el cansancio crónico potencian conductas alimentarias desordenadas y dificultan la regulación metabólica.
En un contexto donde el sedentarismo y la disponibilidad constante de alimentos ultraprocesados forman parte del estilo de vida moderno, estos factores interactúan y complejizan aún más el escenario. Por eso, abordar la obesidad implica también trabajar sobre la salud emocional, la calidad del descanso y la gestión del estrés.
Tratamientos: avances y personalización
En los últimos años se han incorporado tratamientos farmacológicos innovadores —tanto orales como subcutáneos— que actúan sobre los mecanismos de regulación del apetito y el metabolismo. Estas terapias han demostrado beneficios significativos no solo en la reducción de peso, sino también en la disminución del riesgo cardiometabólico, incluso en personas sin diabetes.
Sin embargo, ningún tratamiento aislado constituye una solución mágica. La base sigue siendo un abordaje integral y sostenido: alimentación equilibrada, actividad física adaptada, acompañamiento psicológico y estrategias conductuales personalizadas.
La gran diferencia es que hoy el tratamiento se ajusta al fenotipo metabólico individual. No toda persona con IMC mayor a 30 tiene el mismo riesgo, ni toda persona con IMC menor a 30 está libre de complicaciones. La medicina avanza hacia una intervención más precisa y adaptada a cada realidad clínica.
Marco normativo y responsabilidad social
En Argentina, la ley 26.396 y la resolución 1420/2022 representan avances importantes al ampliar la cobertura y reconocer la obesidad como una problemática sanitaria que requiere atención integral. Estos marcos normativos refuerzan la necesidad de políticas públicas sostenidas y acceso equitativo al diagnóstico y tratamiento.
Pero el desafío no es solo médico. También es cultural.
La presión de estándares de belleza irreales y la discriminación hacia personas con obesidad siguen siendo barreras que afectan la autoestima, retrasan la consulta médica y perpetúan el estigma. Comprender la obesidad con base científica y abordarla con empatía es una condición indispensable para generar cambios reales.
2026: integrar para transformar
El verdadero cambio de paradigma consiste en dejar de pensar la obesidad como un problema individual y empezar a tratarla como lo que es: una enfermedad crónica compleja que requiere soluciones integrales.
Diagnóstico más preciso, evaluación metabólica profunda, terapias personalizadas, políticas públicas sostenidas y una transformación cultural que reduzca el estigma son piezas de un mismo engranaje.
En este Día Mundial de la Obesidad, el mensaje es claro: avanzar implica integrar ciencia, empatía y acción concreta. Solo así podremos construir entornos más saludables, accesibles y libres de prejuicios para todas las personas.
Fuente: Dra. Laura Maffei (M.No 62441.), especialista en endocrinología clínica de amplia trayectoria y referente en su área a nivel nacional e internacional. Directora de Maffei Centro Médico e Investigación Clínica Aplicada. @dralauramaffei


