Hace 24 años que veraneo en la misma playa, en Río Negro. Hay lugares que uno cree que son eternos porque cambian poco. Playas Doradas estaba hecha de viento, arena dorada y finita como harina, y casas que parecían siempre a medio terminar, como si el pueblo entero viviera en borrador. Está a 30 kilómetros de Sierra Grande, y durante décadas fue eso: un desvío. Un secreto compartido entre pocos.
La ruta de ingreso fue durante años polvo y piedras sueltas. La vi asfaltarse por etapas, con pausas largas, como si el progreso tuviera dudas. A un costado, el basural improvisado: bolsas atrapadas en las ramas espinosas de los piquillines, restos que el viento patagónico desarma y vuelve a armar todos los días. Una bienvenida incómoda que, sin embargo, se volvió parte del paisaje.
El viento patagónico levanta bolsas como si fueran pequeñas banderas deshilachadas. Papeles, plásticos, restos que se enredan en los arbustos secos y le dan la bienvenida al visitante antes que el océano. Es lo primero que se ve. Y también, quizás, lo más honesto.

En 24 veranos vi lo mismo repetirse con una fidelidad casi entrañable: los mismos mercaditos -Franco, Carola-, los mismos artesanos en la plaza, las mismas caras de siempre. Era un pueblo donde el tiempo no corría. Respiraba.
Hasta que este verano el silencio tuvo motor. A las seis de la mañana, cuando antes sólo había gaviotas, ahora hay camionetas blancas. Una detrás de otra. Blancas, idénticas, disciplinadas. Levantan polvo sobre los caminos de arena y atraviesan la costanera todavía dormida. No buscan el mar: lo dejan atrás. No son turistas madrugadores: son trabajadores.
Vienen de cada rincón de Playas Doradas, algunas llegan desde Sierra Grande y también desde Las Grutas y avanzan hacia Punta Colorada, recorriendo los siete kilómetros de playa virgen que durante años parecían territorio de nadie. Allí donde alguna vez respiró el proyecto de HIPASAM, ahora asoma otra palabra que promete redención: la expansión de Vaca Muerta hacia el mar.
Un oleoducto de aproximadamente 400 kilómetros que conectará la cuenca neuquina con el mar rionegrino. Una terminal portuaria proyectada para exportar petróleo. Una oficina flamante del consorcio VMOS sobre la ruta, demasiado moderna para la fisonomía quieta de Sierra Grande, como si hubiera aterrizado desde otra geografía.
Sí, un oleoducto de 400 kilómetros. Tanques gigantes. Terminal portuaria. Exportación.
"Mil doscientos nuevos trabajadores", dicen. "Y llegan otros 1800 más entre marzo y abril". Más de mil vidas que se suman a un balneario que durante décadas midió su población por temporadas y no por turnos laborales.
A la tarde, las camionetas regresan y se acomodan frente a las casas más lindas del balneario. Quedan pocas en alquiler para turistas.
En Punta Colorada, donde se está emplazando Vaca Muerta Oil Sur, la estepa patagónica, donde el horizonte suele ser puro viento y silencio, tiene calada una irrupción geométrica en el paisaje. La obra de infraestructura de gran escala corta la horizontal infinita del desierto. Plataformas circulares y caminos rectilíneos ganan terreno sobre la aridez patagónica.

Y ahí nomás, frente al mar, crecen construcciones nuevas, modernas, prolijas, casi ajenas al viento que las golpea. Containers transformados en vivienda. Gamelas elegantes. Un hotel recién inaugurado donde antes no había nada.
“Nos quedamos porque ahora hay trabajo”, me dice el dueño de uno de los dos lavaderos del pueblo.
Trabajo. Movimiento. Futuro.
En la pasarela costera, antes que caiga el sol, se mezclan los de siempre con los recién llegados. Argentinos de otras provincias y también extranjeros expertos en soldaduras y obras de ingeniería buscan las viandas que les provee “la empresa”. Así la llaman. La empresa. Como si fuera una sola cosa, una sola voluntad, un solo destino.
Por ahora, son cinco... Próximamente se espera la llegada de la sexta empresa proveniente de Noruega para instalar dos monoboyas y completar un sofisticado tendido de tuberías submarinas (de unos 7 kilómetros de extensión), y sistemas de amarre de alta resistencia que funcionarán como el cordón umbilical entre el inmenso parque de tanques en tierra firme y las terminales de exportación, asegurando un flujo constante y seguro de hidrocarburos.
Muchos de los servicios llegan desde otras localidades. Incluso los pocos emprendedores gastronómicos de la zona expresan su malestar: aseguran que una sola empresa concentra la provisión de viandas para todos los trabajadores, lo que deja sin margen de participación a la oferta local.
Sierra Grande vuelve a esperar el milagro. La revolución productiva que le prometieron en los años noventa con HIPASAM, y otra vez en los 2000 con la venta de la mina a capitales chinos: llegaron anuncios de una fábrica de camiones, de un astillero, de reactivación plena. En 2015 fue la promesa de una planta nuclear. En 2022, el desarrollo y la exportación de hidrógeno verde. También la radicación de empresas pesqueras y el impulso definitivo a Playas Doradas, ese centro turístico que aún hoy sigue siendo un destino emergente. Un catálogo de anuncios que se repite con los años.
No es la primera vez que el pueblo cree. Ya ocurrió cuando se aseguró que la llegada de capitales chinos traería trabajo y prosperidad para el pueblo. Pero el derrame nunca llegó: la actividad funcionó de manera cerrada, con empleo y servicios concentrados puertas adentro.
Hoy la escena parece replicarse. La empresa provee todo lo necesario para sus trabajadores extranjeros —alojamiento, comida, logística— de modo que sus salarios no circulan en la economía local. En Playas Doradas hay unos 3.000 habitantes nuevos, pero el consumo en los comercios del lugar es casi inexistente.
El movimiento es intenso. La inversión, visible. Pero las bases siguen siendo frágiles.
Hay algo en esta transformación que recuerda a los espejos de colores: brillo inmediato, reflejos que encandilan, promesas que parecen sólidas pero todavía no tocan el suelo del todo. Y uno no puede evitar preguntarse cuánto de esta marea quedará cuando la obra termine, cuando los turnos se reduzcan, cuando las camionetas blancas dejen de alinearse frente al mar.
Porque mientras el futuro avanza con motor nuevo, el pasado sigue quieto en el mismo lugar.
El basural continúa a la vera de la ruta. Intacto. El viento levanta bolsas como si fueran señales que nadie quiere leer. Es lo primero que ve el que llega. Es lo único que no cambió en 24 años.
La imagen se vuelve inevitable: una fila de camionetas blancas atravesando un paisaje que todavía no aprendió a ordenar su propia basura.
Playas Doradas cambió de color.
Antes era ocre, azul y viento. Ahora también es blanco.
Blanco empresa.
Blanco uniforme.
Blanco promesa.
Tal vez el crecimiento sea real. Tal vez esta vez la historia no termine en abandono. Tal vez Sierra Grande encuentre en esta nueva etapa el impulso que perdió cuando cerró la mina.
Pero el verdadero desarrollo no es sólo extraer.
No es sólo exportar.
No es sólo multiplicar habitantes.
Es dejar algo que permanezca cuando el ruido se apague. Porque mientras llegan proyectos gigantes, inversiones millonarias y palabras como desarrollo, transformación o progreso, el pueblo sigue esperando algo más simple: servicios, oportunidades propias, raíces firmes.
Las empresas desembarcan, organizan, producen, avanzan. Y uno no puede evitar preguntarse cuánto de todo eso quedará realmente en el pueblo cuando las camionetas dejen de circular.

Este fue el verano en que Playas Doradas dejó de ser un secreto. El verano que el silencio tuvo motor y el paisaje cambió de color.
Y mientras camino por la playa —la misma de hace 24 años— no sé si estoy viendo nacer un futuro o si estoy asistiendo a otro capítulo de una historia que el país ya contó demasiadas veces.


