Felipe tiene 13 años. Y anoche no pudo dormir. Se despertaba a cada rato. Gritaba.
El dolor, el miedo, las imágenes que vuelven. Tuvieron que darle calmantes para que pudiera descansar. Fue uno de los sobrevivientes. G. lo miró a los ojos y así, de frente, lo apuntó con la escopeta que le había robado a su abuelo. Fue después de darle de lleno en la cabeza a Ian Cabrera y terminar con vida.
Felipe sintió caerse y cuando "se despertó", vio todo rojo. Pesadilla. Horror y miedo, mucho miedo. Esa es la imagen que lo atormentó toda la noche. Pero no se trataba de un mal sueño: había pasado, lo había vivido. Era real.
“Está estable”, pero nada es igual
Según contaron en el noticiero de El Trece, Felipe recibió al menos tres impactos de escopeta. Uno de los proyectiles está en una zona delicada, cerca de la tráquea. Otro preocupa especialmente por el riesgo en uno de sus ojos.
“Está estable”, repite su familia. Pero la palabra no alcanza. Estable no significa tranquilo.
No significa fuera de peligro. No significa que todo vaya a estar bien. Significa, apenas, que sigue peleando. Y eso, hoy, ya es todo.
Una mamá que no se mueve de su lado
La mamá de Felipe no bajó ni siquiera a tomar un mate. No quiere alejarse. No puede. Como tantas otras madres hoy en San Cristóbal, está atravesada por un dolor que no tiene nombre. Pero en su caso, además, hay una espera constante. Una tensión que no afloja.
Una junta de cirujanos definirá los próximos pasos. Y hasta entonces, todo es incertidumbre. "Que sigan rezando”, pide la familia.
El relato que hiela la sangre
Felipe pudo contar lo que vivió. Al principio, creyó que eran ruidos de festejo. “Pensé que eran cohetes”, dijo. Después escuchó los gritos. Se dio vuelta. Y vio a un compañero con una escopeta. No hubo tiempo para entender. El impacto lo tiró al piso. Cuando volvió en sí, todo era rojo.
La amiga que lo salvó
En medio del horror, hubo un gesto que ilumina. Julieta, su compañera, tiene 13 años. Y fue la que no dudó. Mientras muchos chicos huían desesperados, ella se acercó a Felipe. Lo levantó.
Lo sostuvo. Y lo llevó -como pudo- hasta el hospital. Que está cerca de la escuela, pero en ese momento, no eran distancia: eran una vida entera.
“Es la heroína”, dicen. Y lo es. Porque en medio del caos, del miedo, del desborde… hizo lo único que importaba: no lo dejó solo.
Un chico “frágil” que hoy lucha
Su tía lo dice sin rodeos: “Es el más bueno, el más vulnerable”. Felipe no es sólo un paciente.
Es un chico. Un nene. De esos que todavía están descubriendo el mundo. De esos que no deberían conocer el dolor de esta manera. Y sin embargo, ahí está. Peleando.
Mientras San Cristóbal vela a Ian, en Santa Fe hay otra escena. No hay chicharras. No hay marcha. Hay pasillos, médicos, puertas que se abren y se cierran. Hay familias que esperan noticias.
Hay teléfonos que no paran de sonar. Y hay algo que se repite: El miedo.
Felipe está herido. Pero no sólo en el cuerpo. También en la memoria. En lo que vio. En lo que escuchó. En lo que va a recordar. Y eso, nadie sabe cómo se cura.
Un pueblo que reza por él
En San Cristóbal, todos preguntan por Felipe. Los mensajes llegan. Las cadenas de oración se multiplican. La necesidad de saber cómo está se vuelve colectiva.
Porque si Ian es la ausencia, Felipe es la esperanza. Frágil, incierta, pero viva. Y hoy, eso alcanza para que todo un pueblo —y un país— se aferre a algo en medio del horror.

