La presencia de Andrea del Boca en la nueva etapa de Gran Hermano -donde forma parte de la llamada “generación dorada”, integrada por los primeros en ingresar a la casa- reavivó el interés por su figura, especialmente entre quienes no vivieron su etapa como estrella de ficción.
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Para muchas generaciones, su nombre está directamente asociado a las telenovelas más exitosas de la televisión argentina. Desde muy chica, construyó una carrera que la llevó a convertirse en una de las protagonistas más reconocidas del género, con historias que marcaron época y que todavía hoy siguen siendo referencia.

De actriz infantil a reina de las telenovelas
La carrera de Andrea del Boca comenzó en la infancia, pero fue durante la adolescencia y la adultez cuando consolidó su lugar como figura central de la TV.
Con una fuerte presencia en ficciones románticas, sus personajes solían estar atravesados por historias intensas, vínculos apasionados y giros dramáticos que conectaban con el público. En ese recorrido, compartió pantalla con algunos de los galanes más populares de cada época.
Los galanes que marcaron sus historias en la ficción
Uno de sus primeros grandes compañeros en pantalla fue Raúl Taibo. Juntos protagonizaron Andrea Celeste (1979) y Señorita Andrea (1980), donde se dio su primer beso en televisión, en una etapa en la que todavía construía su perfil como figura juvenil.
En 1987, fue el turno de Ricardo Darín, con quien encabezó Estrellita mía, una de las ficciones más recordadas de esa década.

Ya en los años 90, su dupla con Gustavo Bermúdez se convirtió en una de las más emblemáticas del género. Compartieron pantalla en Celeste (1991), Antonella (1992) y Celeste siempre Celeste (1993), consolidando una química que tuvo gran repercusión en el público.


También protagonizó éxitos internacionales junto a Gabriel Corrado, como Perla negra (1994) y Zíngara (1996), dos producciones que ampliaron su alcance más allá de la Argentina.

En 1997, fue pareja en ficción de Pablo Echarri en Mía, sólo mía, sumando otro nombre fuerte a su recorrido en el género.

Ya en los 2000, sorprendió con un registro distinto junto a Dady Brieva en El sodero de mi vida (2001), donde se alejó del galán clásico para explorar una comedia romántica con otro tono.

A lo largo de su carrera, también compartió proyectos con Silvestre, con quien además tuvo una relación personal muy mediática en los años 80, lo que sumó exposición a sus trabajos en conjunto.


