En una charla profunda y cargada de emoción con Héctor Maugeri para +Caras, Georgina Barbarrossa abrió su corazón y compartió uno de los capítulos más dolorosos de su vida: la crianza de sus hijos luego del asesinato de su esposo, Miguel Lecuna, ocurrido en 2001.
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La actriz y comediante recordó que el hecho dejó a sus dos hijos sin padre cuando estaban a punto de cumplir 14 años, una edad sensible que quedó inevitablemente atravesada por el trauma. “Cumplieron años dos días después del asesinato. Cada vez que llega su cumpleaños es muy triste”, confesó, explicando cómo el mes de noviembre quedó asociado para siempre al dolor y la ausencia.
Con total honestidad, Georgina reconoció el estado emocional en el que quedó tras la tragedia. “Yo tenía pánico”, expresó al referirse a las decisiones que tomó a partir de entonces. Ese miedo constante la llevó a extremar cuidados: acompañaba a sus hijos a todos lados, necesitaba saber dónde estaban y buscaba protegerlos de cualquier posible peligro.
Sin embargo, con el paso del tiempo, ese temor se transformó en un punto de conflicto. “Ellos me recriminan que los eduqué con miedo”, admitió, consciente de que la sobreprotección fue una consecuencia directa del trauma.
Para intentar aliviar el clima emocional, la familia viajaba con frecuencia a Córdoba, donde tenían una casa. Allí buscaban distenderse con asados, encuentros familiares y tardes de pileta, aunque el dolor seguía latente.
El momento en que sus hijos decidieron poner un límite
El quiebre llegó cuando sus hijos, ya más grandes, decidieron marcar un punto de inflexión. “Un día me dijeron: ‘basta, queremos volver en colectivo’”, recordó Georgina. Aquella frase fue tan dura como necesaria.
La actriz reconoció que ese pedido implicó aceptar el crecimiento y la autonomía de sus hijos, pero también aprender a soltar. “En algún momento los tenés que dejar”, reflexionó a Caras+, aun sabiendo que el miedo no desaparece de un día para el otro.
Con una mirada madura y sanadora, Barbarrosa dejó en claro que el proceso implicó trabajar sus propias inseguridades y aprender a convivir con la ausencia desde otro lugar: el del amor, el recuerdo y la aceptación de que hay días más difíciles que otros.
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