Un café con Laura Quiñones Urquiza es, sin dudas, sinónimo de una charla interesante. O más que eso. Su nombre y su doble apellido —ilustre, sí: por parte materna está emparentada con Justo José de Urquiza y su tío, Abelardo Quiñones, héroe de la aviación peruana quien murió en la guerra con Ecuador— evocan investigación, ciencia y conocimiento. También remiten a la búsqueda constante de estudios y herramientas para acercarse, siempre, a la verdad.
Diplomada en Criminología, Criminalística y Derechos Humanos, y especializada en Perfilación Criminal, se dedica a esta disciplina con auténtica pasión. A priori, quien no conozca a fondo su trabajo podría imaginarla como una suerte de agente de CSI (sí, de esas series policiales atrapantes). Pero ella se encarga de aclarar: “No es como lo muestran en la ficción, ahí mezclan todo”.
A lo largo de la charla irá desgranando cómo se encontró con su vocación, hará referencia a algunos casos y compartirá detalles cuanto menos inquietantes. Eso sí: de su vida privada no hablará demasiado, porque prefiere mantenerla al margen.

Laura vivió en varios países. Sus padres, ambos artistas, le abrieron la puerta a un universo compartido con personalidades de todo tipo: intelectuales, pensadores, creativos, personas con sensibilidades únicas que la nutrieron casi sin que ella lo advirtiera. Experiencias que atesora hasta hoy, como aquella de caminar por Miraflores, en Perú, y acompañar a su papá “a tomar chilcanos, un aperitivo, con intelectuales y artistas”.
Una mente brillante
Desde que tiene uso de razón, Laura tiene su cabeza en movimiento. Y recuerda: “Mi mamá trabajaba con gente del cuerpo diplomático y yo hablaba idiomas —inglés, francés, antes incluso que castellano—, entonces de ahí me viene la facilidad. Después aprendí hebreo, ruso, portugués, fui a la Alianza. Mi madre me mandó a la Asociación Británica a estudiar inglés. ¡Me encantaban los idiomas! Tenía facilidad”.
Hoy confiesa que intenta sumar italiano, aunque reconoce que ya no siente la misma plasticidad que en su infancia. Pero lo que de verdad marcó un antes y un después en su vida fue una escena aparentemente inocente, ocurrida en su adolescencia.
“Cuando tenía entre 14 y 15 años, estudiaba en el Ballet de Miraflores. Un día estaba sentada en la salita de espera y observé a una de las profesoras que miraba una clase. Lo que percibí en ella fue una mirada de odio y desprecio tan grande hacia los demás, que me quedé azorada. En un momento me miró a mí, y yo no sabía si había visto lo que creí o si lo había imaginado. Después se lo conté a mi mamá”, recuerda.
Aquella mujer era sobrina de un reconocido compositor, amigo de su madre —concertista de guitarra y periodista cultural—, lo cual volvió la situación aún más delicada. “Cuando le conté a mi mamá, ¡me puteó más o menos! Porque para ella esa familia era sagrada. Me decía que venía de una buena familia”.
La reacción de sus compañeras tampoco fue alentadora: “Me dijeron, más o menos, que estaba loca. Esto fue a fines de 1987”.
Años más tarde, los hechos le darían la razón. “En el ’92 se descubre dónde se escondía el líder de Sendero Luminoso. ¿Adiviná quién lo alojaba clandestinamente en su casa? ¡La profesora de ballet! Es decir, esa mujer, de noche colaboraba con una organización que ponía bombas, y a la tarde me daba clases. Mi percepción no estaba tan errada”.

Su capacidad de observación, la interpretación de gestualidades y la lectura perspicaz de actitudes conformaban un compendio de aptitudes —¿innatas?— que luego supo sostener con formación científica.
“Me siguió pasando con muchas cosas. Sensaciones a las que no les daba importancia, porque en mi trabajo tengo que dar objetividad y cientificidad. Pero me atravesaban. Muchas veces decía: ‘Será mi percepción, estaré alucinando’. Y después, con el tiempo, se terminaba descubriendo algo”.
Aunque se define como una persona realista y concreta, reconoce: “Evidentemente tengo alguna percepción. Quizás por un movimiento exacto del rostro, algo gestual. Lo hablé con el maestro Osvaldo Raffo —porque le conté un montón de cosas que me pasaron— y él me confesó que también le sucedía”.
Raffo se lo explicó con una metáfora que le quedó grabada: “¿Viste cuando los animales se ponen nerviosos antes de un terremoto? Perciben el peligro. Lo que nos pasa es algo similar, es una cuestión muy animal, primitiva, que algunos todavía conservamos. Lo suelen tener los niños cuando dicen: ‘No me gusta tal persona’”.
También lo conversó con la antropóloga Rita Segato, quien le aportó otra mirada: “Ella me explicó que hay cierto nivel de violencia que se lee a través de la corporalidad, de la mirada, y no todo el mundo lo percibe. Algunas personas tenemos la capacidad de descodificar esos mensajes. Eso ya sucedía en civilizaciones antiguas, y algo de eso nos quedó a algunos”.
Una profesión entre la ciencia y la percepción
-¿En qué momento posterior al crimen aparecés en escena?
-Cuando se produce un hecho, por ejemplo, un ataque sexual, una amenaza reiterada, un homicidio o un cibercrimen. Me llega la solicitud del Tribunal Superior de Justicia o de algún juzgado de una fiscalía.
-¿Vos trabajás sobre un material generado por otros investigadores?
-Claro, otra instancia previa. Porque al ocurrir el hecho, el que va al lugar es el criminalista (que es el que ves en CSI). La ficción instaló que todos hacen todo y que el perfilador criminal es un clarividente, que todos los del FBI van a la escena del crimen... cuando en realidad el 99% no va.
En la serie Mindhunter lo muestran correctamente, porque así fueron los inicios. La persona real que inspiró a uno de los protagonistas (N. de R.: el agente especial Bill Tench, interpretado por Holt McCallany) es Robert Resler, y a mí me mandó uno de sus libros.
¿Y sabés quién también me mandó su primer libro? Jana Monroe, la mujer en la cual se inspiró Thomas Harris para escribir El silencio de los inocentes. O sea, la verdadera Clarice Starling.

-Pasaste por otras carreras, ¿cómo diste con esta profesión?
-Estudié Psicología hasta cuarto año. La había colgado por un tema familiar. Entonces “vi luz y entré” al Instituto Universitario de la Policía Federal. Para esto, yo era muy fan de Osvaldo Raffo; para mí era una genialidad lo que hacía (N. de R.: fue un prestigioso médico forense y criminólogo argentino, fallecido en 2019).
Me gustaba mucho leer a Hugo Marietán, que para mí fue la persona que le puso nombre y apellido a los psicópatas. Antes de él, nadie hablaba de psicopatía en la Argentina. Al menos, de forma accesible y gratuita, él lo hacía a través de internet. Lo leía mucho, como fan. Pero no era fan de los crímenes en sí, de los homicidios o de todo lo que implica el delito.
Cuando entré, me encantó. Tuve muy buenos profesores, y en el intermedio empecé a estudiar con Vicente Garrido Genovés, de España, de la Universidad de Valencia.
-¿Por qué se entrecruza con el tema de los derechos humanos?
-Por las víctimas. Hay cuestiones que hay que respetar, por ejemplo. Si tengo a una persona que mató y tiene una enfermedad mental, uno debe protegerla porque también es víctima: está gobernada por los delirios o las alucinaciones. Entonces, no es la voluntad de esa persona, es la enfermedad la que la hace actuar. Son cuestiones básicas que hay que entender.
-Me imagino que habrás visto atrocidades de toda índole y comprender cómo un sujeto llega a eso. ¿No?
-Siempre me pasó que llego o estoy en un lugar (colectivo, tren, plaza o bar) y se me sienta al lado el borracho o la persona que no está bien de la cabeza, y se me pone a hablar. O voy a una peluquería y, en vez de yo hacer terapia ahí, hacen terapia conmigo. O me subo a un taxi y me pasa lo mismo. O sea, ¡debo tener cara de diván! (risas).
Ya eso lo tengo asumido. Siempre generé una especie de apertura con la gente. No importaba su condición ni lo que había hecho: siempre escuchaba con interés. Me pasaba mucho cuando iba a las cárceles a entrevistar con Mauro (Szeta).
No es que miraba a la persona juzgándola; por supuesto, soy un ser humano y sé que esa persona sabe que lo que hizo está mal. Pero no me asustaba lo que contaban porque, en realidad, el tema de mi trabajo es saber un poco más. En ese caso, lo que yo hacía era un análisis de la criminogénesis, es decir, del origen de por qué terminaron haciendo lo que habían hecho.

- O sea, qué pasó previamente en su vida que lo llevó a ese o esos episodios...
-Qué factores de riesgo criminógeno o circunstancias de alto riesgo delictivo aparecieron en su infancia o adolescencia, y cómo se conjugaron esas situaciones. Cómo se configuró ese criminal.
Yo iba con una especie de checklist de factores de riesgo que aparecen en la infancia y adolescencia. Incluso conductas antisociales tempranas, como el bullying, la piromanía o la crueldad con los animales. Todas son conductas graves que a veces se omiten o que aparecen juntas.
Ese tipo de listados se encuentran en estudios de la Universidad de Cambridge, en lo que se llama Criminología del Desarrollo, de David Farrington (uno de los criminólogos que más me fascinaba; ya falleció). Él realizó lo que se conoció como “estudios longitudinales”. Se tomó a un grupo de chicos de cierta edad, que presentaban conductas antisociales, y se les hizo seguimiento durante décadas: el estudio duró hasta los 40 y pico años de vida de los sujetos. La idea era ver cuál era el recorrido, cuál era su trayectoria.
Con esto, se podía determinar cuáles eran los factores que potenciaban o mantenían esas conductas. Para mí, son los estudios más avalados científicamente. Se replicaron en Chipre, Italia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos.
La recolección de pruebas según la especialidad
Laura Quiñones Urquiza recuerda un caso escalofriante y, con detalles, da a entender en qué consiste su trabajo:
“Recuerdo el caso de un violador serial. En el expediente, el criminalista coloca las fotos que, desde su disciplina, considera relevantes. La escena del crimen era siempre la casa de la víctima. Y me pasó que, en el cuarto ataque, vi una posición rara de los zapatos de la víctima: estaban puestos en V, uno sobre el otro, cruzados. Me llamó la atención”.
“Siempre pido el crudo de las fotos y ya lo había visto en otra de las escenas. Vuelvo a recorrerlas y me percato de que esa posición de los zapatos se repetía en todas. Era un patrón no criminal expresado en la escena del crimen, algo que el autor no podía dejar de hacer de ese modo”.
“¿Quién se va a detener a hacer esa ‘exquisitez’ con los zapatos de la víctima, en ese contexto? Son cuestiones que quizás para el criminalista no revisten importancia, pero para mí sí. Ese tipo de datos que surgen de un escaneo exhaustivo del crudo total de la escena del crimen me aportan mucha información. Por ejemplo, el indicio, el rasgo de un TOC. No un diagnóstico, porque eso lo determina el psiquiatra o el psicólogo forense, que son quienes entrevistan y cuentan con las técnicas de evaluación psicodiagnóstica.
Los que hacemos criminal profiling podemos estimar ante qué probable personalidad estamos, porque sabemos interpretar ciertos rasgos de conducta”.

"El crimen perfecto sí existe"
-¿Hay sociedades que pueden generar cierto tipo de criminales?
-Hay ciertos errores que devienen, yo creo, de lo mediático. Un perfil criminal aparece cuando lo hace un desconocido. El resto son análisis de conducta. Lo que hoy analizo en mi podcast (Trazos criminales, disponible en Spotify) con contraperfiles, analizo al autor de los hechos más su historia biográfica y analizo el por qué o el para qué. Si me preguntás si existe un denominador común... para mí todos violan pero no de la misma manera, hay ciertas cuestiones culturales que tienen que ver con un lugar más que con otro. Por ejemplo, ciertas palabras o verbalizaciones que le dicen a la víctima, que eso dice mucho no solo de la situación, sino de ellos.
-Entonces eso que se decía que los asesinos seriales eran producto solo de la sociedad norteamericana...
-No, eso no es para nada así. ¿Sabés por qué? Primero, yo no estoy de acuerdo con la gente que dice que no existe el crimen perfecto: el crimen perfecto sí existe. Y esto se lo he escuchado a directores de Policía Científica... ahí me están diciendo que no son buenos investigadores ellos... ¿qué ha fallado? Es ilógico.
Segundo, tengo países -como Japón, Inglaterra, Estados Unidos- donde tengo la mejor capacitación, los mejores insumos y, sin embargo, hay crímenes no resueltos. El crimen perfecto sí existe.
Aparte: ¿Cuántos violadores hay sueltos? ¿Cuántos niños con ataques pederásticos están sin justicia? El crimen perfecto sí existe. Los secuestros. ¿Cuánta gente desaparecida hay? Acá hay un problema, que tendría que haber una base de datos unificada con, no sólo el ADN, sino con el modus operandi y con cuestiones que tienen que ver con la firmas o huellas psicológicas de ciertos autores, que quedan en los homicidios, que son aspectos técnicos de la perfilación. Esto tendría que estar como para yo poder vincular modus operandi con huella psicológica, por ejemplo, ubicarlos a través de las provincias, porque no nos olvidemos que se desplazan.
-¿Cualquiera puede cometer un crimen?
-Sí, ese es uno de los principios de la criminología. Por ejemplo, una persona puede no tener factores de riesgo criminógeno en tu infancia o adolescencia. Tiene una vida social, integrada a la sociedad, un trabajo decente, sos una persona honesta, íntegra. Pero un día llega a su casa y vea un hombre que está violando a tu hijo: en ese momento es muy probable que la ira, así como a los borrachos los intoxica el alcohol, te intoxique y actúes y lo mates sin mediar las consecuencias, estás embriagada de furia.
O una muerte en riña, o la legítima defensa: es un factor contextual que aparece sin vos tener antecedentes ni nada, pero tenés que matar para defenderte. Te activa ciertos mecanismos. Incluso, el día de mañana, un hombre con un grave desorden hormonal con un exceso de testosterona, puede ser un factor de riesgo. O, incluso, un golpe, un tumor, en una zona, o una demencia de pick (N. de R: es un tipo de demencia frontotemporal (DFT) que afecta los lóbulos frontales y temporales del cerebro, provocando cambios en el comportamiento, la personalidad y el lenguaje) no siempre pero puede llegar a desencadenar el impulso de hacer ataques pederásticos.

El fenómeno del undoing y su relación con crímenes resonantes
-¿Qué nos podés contar del caso María Marta García Belsunce?
-Sobre el caso de María Marta, recuerdo que en 2011 me entrevistó Eduardo Feinmann (se puede ver en YouTube) a raíz de una nota publicada en la revista Noticias, en la que hice un análisis del lenguaje de Bártoli y de Irene Hurtig. Para mí no la habían matado: estaban diciendo la verdad. Y a Feinmann le dije que, en mi opinión, se trataba de alguien que había actuado con furia, pero no necesariamente porque la conociera. Podía no ser un allegado, podía ser un robo.
El tema con la conducta criminal es que, cuando uno hace un perfil, la gente cree que voy a dar nombre y apellido. Es como si me trajeras un análisis de sangre y me pidieras que te diga a qué persona pertenece : no puedo hacer eso. Lo que sí puedo es orientar una investigación. En este caso, al no haber sido parte, solo podía hablar desde un punto de vista general, estadístico o inductivo. Y para mí, no era que la mataron de ese modo por conocerla. No era así.
Me acuerdo también del tema de la gotita, que al final no era cierto. En ese momento lo interpreté desde un fenómeno que se estudia en perfilación criminal: la posición final del cadáver. Muchas veces, el autor de los hechos expresa algo a través de esa disposición.
Por ejemplo, el caso de Adriana Cruz, una mujer brasileña que ahogó a su hijo en la bañera de su casa en un country. Dijo: “Lo maté para vengarme de mi marido”. La habían dejado y su reacción fue esa. En un programa de TV me mostraron la foto de la bañera con los juguetes flotando: ella lo ahoga y, después, coloca los juguetes.
Esto se conoce como undoing o “deshacer la muerte”, y tiene un sentido de remordimiento. ¿Por qué? Porque al colocar objetos o dar una acción simbólica, humanizás la escena. En este caso, la imagen de un niño jugando.
En aquel momento se decía que ella no estaba arrepentida. Yo pensé (no lo dije al aire) que, cuando tuviera un momento de cordura, se iba a quitar la vida. Y así fue: se mató.
El undoing se observa con frecuencia en la posición final de los cuerpos. Incluso lo puede realizar un familiar que llega a su casa, encuentra a alguien muerto —ya sea por muerte natural o por homicidio— y le coloca una frazada (sin tapar la cara), como si estuviera durmiendo. O una almohada bajo la cabeza. En esos casos no hay remordimiento, sino negación de la muerte.
Hace unos años me consultaron por un femicidio. El cadáver presentaba heridas de arma blanca, estaba colocado boca abajo, con las piernas abiertas y la pollera subida, exponiendo glúteos y ropa interior. Esa posición era claramente sexual y denigrante.
Aunque las lesiones no indicaban un componente sexual en el homicidio —era más bien un homicidio por poder—, la disposición del cuerpo sí lo hacía. Esa puesta en escena me daba totalmente la hipótesis de femicidio.

Entre la validación profesional y el desafío de ser mujer en un ámbito masculino
-¿Qué te pasa cuando tu análisis llega a una conclusión y después las pruebas no acompañan, y no se puede determinar que el acusado es responsable del crimen?
-Todavía no me pasó. Siempre tuve precisión y los casos se orientaron bien. Incluso recuerdo uno de un productor de material de explotación sexual infantil. Cuando me convoca un comisionado, pido cierto material para observar qué era lo primero que este hombre posteaba. Porque todo el mundo tiene una vida social que muestra en las redes, pero yo quería saber cómo, en el ámbito de los círculos de pedofilia, él se asumía como tal. Tenía un nick, no usaba su nombre real, pero el seudónimo me resultó muy interesante desde el análisis de la conducta criminal. Cuando me traen lo que pedí y empiezo a observar, aparecen las primeras cuestiones.
Después de un tiempo me muestran las fotos del allanamiento, porque lo capturan, y me contaron que el jefe dijo: “Esta mujer es una bruja”. Habían encontrado exactamente lo que yo había anticipado. No es videncia: es entender la lógica, cómo piensa y, a partir de ahí, cómo actúa esa persona.
Siempre les digo a mis alumnos que, por más años de experiencia que tengas, por más que hayas leído 270 libros y estés actualizada, al comenzar un caso partís con un 30% de conocimiento. El resto te lo enseña la otra persona.
-Tenés que dejarte sorprender por la situación...
-Exacto. Como decía Hume: una tábula rasa. No es que la práctica deba encajar en la teoría, es al revés.

-Además puede surgir una nueva práctica, un nuevo patrón…
-Tal cual. Es como si te dijera que tengo una técnica de evaluación psicodiagnóstica, válida para la generalidad, pero basada en una muestra de 200 o 900 personas. Es muy poco, al menos para la Ciudad de Buenos Aires. Porque no sabés si lo que tenés son excepciones: algunos responden de una forma, otros de otra. Mientras más muestras haya, más teoría se puede generar.
-Sos una autoridad en tu profesión: en tu ámbito, ¿te condicionó el hecho de ser mujer?
-Sí, por supuesto. En este ámbito, como en muchos, ser mujer implica pagar un derecho de piso: a veces desde lo sexual, otras con la necesidad de tener un padrino o un familiar. Todo lo que logré en mi carrera está basado en mi esfuerzo.
Recuerdo que en 2007 empecé con un blog en el que escribía y pensé: “Si algún día llego a ser reconocida, quiero que se sepa cómo fueron mis comienzos”. Por eso lo conservo: para no olvidar mis orígenes y mantener los pies en la tierra. Muchos me sugieren hacer una web, pero el blog me conecta con ese inicio.
Al principio pensaba que las trabas eran algo personal contra mí. Con el tiempo, y sobre todo con las redes y el feminismo, entendí que les pasaba a muchas. También descubrí que lo que yo hago es feminismo: estoy en un ámbito mayoritariamente masculino y, con esfuerzo, logré cosas como ser la primera mujer latina en publicar dos artículos de criminología forense junto a perfiladores del FBI.
Eso molesta a algunos hombres mediocres, en especial a quienes ocupan cargos importantes por acomodo, y que disfrutan desacreditar a las mujeres que logramos algo.
-Aunque también debe haber colegas que acompañan…
-Claro, y son muchos. Por ejemplo, Osvaldo Raffo, Hugo Marietán y Vicente Garrido, que al contrario: buscan que florezcas, que saques lo mejor de vos.
Laura Quiñones Urquiza es especialista en Criminología, Criminalística y Derechos Humanos, con formación en Perfilación Criminal. Es capacitadora en el Instituto Superior de Seguridad Pública de la Ciudad de Buenos Aires, en el Máster Oficial en Análisis y Prevención del Crimen de la Universidad Miguel Hernández de España, y en la Universidad Abierta Interamericana, donde dicta clases sobre investigación de homicidios, delincuentes sexuales en la Diplomatura de Criminología Aplicada.
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