Gerson de Melo Machado tenía diecinueve años y un expediente de doscientas páginas cuando decidió convertirse en lo único que siempre quiso ser: alguien a quien no rechazaran. El domingo 30 de noviembre eligió el camino más directo hacia ese destino imposible. Escaló un muro de seis metros, burló las vallas de seguridad del Parque Zoobotânico Arruda Câmara en João Pessoa, y descendió por una palmera hasta el recinto de Leona, una felina de dieciocho años que tampoco había elegido estar allí.
Lo que sucedió después tiene la brutalidad de lo inevitable: la leona lo atacó de inmediato, las mordeduras en el cuello fueron letales, el shock hemorrágico irreversible. Pero antes de eso —mucho antes— había pasado otra cosa, algo más lento y más cruel que cualquier zarpazo.
Tres generaciones de locura
La historia de Gerson comienza donde terminan las historias que nadie quiere contar. Su abuela materna: esquizofrénica. Su madre, Maria da Penha Machado: esquizofrénica. Él mismo: esquizofrénico, aunque tardaron dieciocho años en diagnosticarlo correctamente. Antes lo llamaron "problema de conducta", como si la locura fuera una cuestión de mala educación.

El certificado de nacimiento de Gerson carecía del apellido paterno. Después perdió también el materno, cuando su madre acudió a la justicia para darlo en adopción junto a sus otros cuatro hermanos. Los cuatro fueron adoptados. Gerson no. Los adoptantes, cuenta la consejera de bienestar infantil Verônica Oliveira, rechazaban a los niños con trastornos mentales. Es una frase que contiene toda una filosofía sobre cómo funciona el amor en este mundo: selectivo, condicionado, excluyente.
A los diez años, Gerson dejó de tener madre legalmente. A los doce, ilusionado con que ella ya estaría mejor, fue a buscarla. Maria da Penha lo llevó de vuelta al Servicio de Protección Infantil y dijo, con la honestidad brutal de quien no tiene fuerzas para mentir, que no podía ser madre, que su trastorno mental la incapacitaba para darle cariño a su hijo.
"Fue una relación de dos personas frágiles que intentaron aferrarse el uno al otro, pero siempre fueron vencidas por las circunstancias", explicó Oliveira. Es un eufemismo elegante para decir que algunos vínculos nacen rotos, que hay amores que nunca tuvieron oportunidad.
El muchacho que pedía que lo adoptaran
Gerson pasó su adolescencia huyendo de los refugios y durmiendo en parques. Mendigaba comida. Le suplicaba a desconocidos en la calle que lo adoptaran. Imaginen la escena: un adolescente abordando a extraños con la desesperación de quien pide limosna, pero en lugar de dinero pide familia, pide pertenencia, pide ese abrazo que nunca llegó.
En más de una ocasión robó para comer. Él mismo confesó que cuando lo metían preso sentía que recibía más atención que en la calle. Es una frase que debería indignar a cualquiera: un niño que prefiere la cárcel al desamparo porque al menos en la celda alguien se acuerda de que existe.
Diagnosticado con esquizofrenia y declarado "legalmente incapaz", Gerson vagaba por las calles de João Pessoa con episodios de desorganización mental, alucinaciones, delirios. Un trastorno que altera la percepción de la realidad, que hace que el mundo ya no sea un lugar habitable sino un rompecabezas imposible donde las piezas nunca encajan.
África, los leones, la promesa imposible
Y entonces llegó el momento en que Gerson tuvo una revelación. O un delirio. O ambas cosas a la vez, porque a veces la locura es solo la forma desesperada que encuentra el cerebro para seguir creyendo que existe un lugar en el mundo donde uno puede caber.
Un día, Gerson se subió al tren de aterrizaje de un avión en el aeropuerto de João Pessoa. Quería viajar clandestinamente a África. Iba a convertirse en domador de leones, dijo. Repetía, mientras las autoridades lo sacaban por la fuerza, que los felinos lo aceptarían, que allí encontraría un lugar donde no lo rechazarían, que los animales lo comprenderían mejor que cualquier persona.
No es difícil entender la lógica de un esquizofrénico adolescente que nunca tuvo familia: si los humanos no te quieren, tal vez los leones sí. Si nadie te acepta en este continente, prueba en otro. Si el mundo real te rechaza, invéntate uno donde seas bienvenido.

Menos de un año después de aquel intento fallido de volar a África, Gerson encontró el atajo. No hacía falta cruzar el océano. Bastaba con escalar un muro de seis metros, burlar unas vallas, bajar por una palmera. Bastaba con ir al encuentro de aquello que, en su cabeza fragmentada, representaba la única posibilidad de conexión, de amor incondicional, de aceptación sin preguntas.
El funeral de nadie
El lunes 1° de diciembre enterraron a Gerson de Melo Machado en el Cemitério Cristo Redentor. Asistieron dos personas: su madre, de quien estaba distanciado, y un primo. Dos personas para despedir a alguien que pasó toda su vida pidiendo que alguien lo notara, que alguien lo quisiera, que alguien dijera "este niño es mío".
El funeral fue breve, marcado por el dolor y la impotencia. Pero sobre todo por el silencio. Ese silencio que acompaña a quienes mueren solos aunque hayan pasado toda la vida gritando que existen.
Verônica Oliveira, la consejera que conocía las doscientas páginas del expediente de Gerson, calificó lo sucedido como "una muerte anunciada". Y tenía razón. No porque fuera inevitable que acabara en la jaula de una leona, sino porque era inevitable que acabara muerto de alguna forma. Cuando nadie te sostiene, cuando no hay red, cuando el mundo entero es rechazo, la caída es solo cuestión de tiempo.
Leona, la otra
Hay un detalle final que merece atención: la leona tiene nombre. Se llama Leona. Nació en 2007 en ese mismo parque y nunca salió de allí. Después del ataque, el equipo técnico activó un "protocolo de seguimiento físico y emocional" para determinar su estado. La felina presentó altos niveles de estrés, propio del episodio traumático.
La administración del parque fue categórica: Leona no será sacrificada. Está sana, no presenta comportamiento agresivo fuera del contexto del incidente, seguirá recibiendo atención especializada.
Es curioso: la leona que mató a Gerson tendrá seguimiento emocional, cuidados, atención constante. Gerson, durante diecinueve años, no tuvo nada de eso. O lo tuvo de forma intermitente, fallida, insuficiente. Las doscientas páginas de su expediente son el registro administrativo de un naufragio.
Tal vez Gerson tenía razón en algo: los animales lo comprenderían mejor que cualquier persona. Al menos Leona lo vio. Al menos Leona reaccionó a su presencia. Al menos en ese recinto alguien —algo— reconoció que él estaba allí.
Fue la última vez que alguien prestó atención a Gerson de Melo Machado.
Y fue letal.
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