De la mano de Cementos Avellaneda, conocemos la historia del edificio del Centro Naval. Se trata de una joya patrimonial que combina arte, historia y diseño con un aire de camaradería que se mantiene intacto desde su fundación.
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La historia del edificio del Centro Naval
El Centro Naval, creado en 1882 por un grupo de jóvenes oficiales egresados de la Escuela Naval, nació como un espacio para promover la formación académica, la cultura naval y el espíritu fraternal. Pero fue mucho más allá.

Apenas unos años después de su creación, ya era evidente que la casa de su fundador, Santiago Albarracín, quedaba chica para tantas ideas. El entonces capitán de fragata Eduardo O’Connor propuso tener una sede propia.
En 1909, la ley 6.384 le puso sello al sueño: se autorizaba la construcción del Centro Naval, del Museo Naval y de la Biblioteca Nacional de Marina. Y nada menos que sobre una esquina de alto vuelo social: Florida y Córdoba, centro neurálgico del Buenos Aires elegante.

El edificio, inaugurado en 1914, es un ejemplo exquisito de la arquitectura Beaux Arts. Fue proyectado por los arquitectos Jacques Dunant y Gastón Mallet, y su fachada de siete pisos en símil piedra París no pasa desapercibida.
Es sólida, simétrica y cargada de simbolismo naval: columnas monumentales, buhardillas, balcones corridos y la figura de Tritón coronando la puerta, obra del escultor Luigi Trinchero, que también participó del Teatro Colón.

#DatoCementero:
Este edificio es un exponente de estilo Beaux Arts, que se caracteriza por la simetría, los espacios nobles con grandes entradas y escalinatas, y por la profusión de detalles arquitectónicos. En línea con este concepto, la construcción cuenta con distintos detalles inspirados en otros edificios europeos, como el Palacio de Versalles, el Hotel de Ville en Paris, el Observatorio de París y el Palacio de Caprarola en Roma, entre otros.

La puerta de ingreso tiene una historia aparte: hecha de hierro y bronce fundido de viejos cañones de la Independencia, fue realizada por Luis Tiberti y donada por el diario La Prensa.
El interior no se queda atrás: un hall imponente, una escalera imperial de mármol blanco, una farola majestuosa y detalles náuticos en cada rincón.

Entre los salones más impresionantes está el Salón de Socios, una cápsula del tiempo que mantiene intacto el mobiliario original.
Cuadros de la Batalla de Trafalgar, un hogar de piedra, cortinados pesados y boiserie delicada hacen que cualquier visita sea un viaje directo al pasado. De hecho, una escultura en forma de faro se encendía cuando había mujeres presentes, ya que originalmente era un club solo para hombres.

Pero el corazón del edificio late fuerte en el Salón de Fiestas del segundo piso.
Inspirado en la Sala de Antigüedades del Louvre, se accede por la escalera o en unos ascensores de madera que son verdaderas obras de arte en ebanistería.


También vale la pena destacar la biblioteca “Capitán Ratto”, revestida íntegramente en madera y con más de 35.000 volúmenes especializados en historia naval.
¿Un dato curioso? Los baños se trajeron de París en el buque “Pampa”, y los tapizados de los sillones llegaron desde Bélgica.

La sede fue restaurada en 1998 con tanto cuidado que recibió el Premio Nacional a la mejor intervención en patrimonio. Hoy sigue siendo mucho más que un club: es museo, archivo vivo y símbolo de una Buenos Aires que no olvida su conexión con el mar.
Una visita al Centro Naval no es solo un paseo por un edificio hermoso. Es un viaje al alma de la Argentina marítima, a la visión de Sarmiento y Brown, y a un legado que combina elegancia, historia y un profundo amor por el océano.

Fotos: Rocío Bustos.
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