Año nuevo y exceso de control: por qué planificar todo puede aumentar la ansiedad - Revista Para Ti
 

Año nuevo y exceso de control: por qué planificar todo puede aumentar la ansiedad

El comienzo del año suele venir cargado de listas, objetivos y exigencias emocionales. Pero cuando la planificación se vuelve control, el bienestar prometido puede transformarse en presión y angustia.
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El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de una fuerte exigencia de planificación. Agendas completas, objetivos claros, tiempos optimizados. La sensación de que, si organizamos bien cada aspecto de la vida, el año “va a salir mejor”.  

En la lógica actual, planificar se utiliza como sinónimo de controlar: ocupar cada hueco de tiempo, prever cada movimiento y reducir al mínimo lo imprevisto. Pero en ese afán, algo se pierde. 

Vivimos en una sociedad que valora la productividad incluso en los espacios que antes estaban destinados al descanso. Ya no hay un “otro” que nos explote, sino que somos nosotros mismos quienes nos exigimos rendir más, también emocionalmente. Así, el ocio se transforma en una tarea más y el tiempo libre se agenda como una obligación. De hecho, el disfrute parece tener que ser eficiente. 

Cuando la planificación se vuelve excesiva, la ansiedad encuentra terreno fértil.  

Todo debe estar previsto y cualquier desvío se vive como una falla personal. Lo inesperado deja de ser parte natural de la experiencia para convertirse en amenaza. A esto se suman expectativas muy altas depositadas en el “año nuevo”: se espera que traiga calma, felicidad, orden, logros y bienestar sostenido. Pero la vida, como sabemos en la clínica, no responde a cronogramas. 

Aquí aparece una confusión frecuente: equiparar metas materiales con expectativas emocionales.  

Las metas materiales —ahorrar, mudarse, cambiar de trabajo, iniciar un proyecto— pueden planificarse, ajustarse y evaluarse. Las emocionales no funcionan del mismo modo. No se puede planificar sentirse en paz, enamorarse, disfrutar o no angustiarse. Cuando se intenta forzar ese control, el resultado suele ser frustración. 

Desde el psicoanálisis sabemos que el deseo no responde a mandatos ni a listas de objetivos. Y la filosofía ya lo advertía hace siglos. Aristóteles diferenciaba la vida orientada a la acumulación de la vida orientada al bien vivir: no todo lo valioso es cuantificable ni medible. Pretender que el bienestar funcione como un proyecto con plazos claros suele generar más presión que alivio. 

Tal vez el desafío de este tiempo no sea dejar de planificar, sino revisar cómo lo hacemos.  

¿Cuánto espacio dejamos para el descubrimiento? ¿Qué lugar tienen el aburrimiento, el no saber, el tiempo sin propósito? ¿Cuántas de nuestras expectativas responden a deseos propios y cuántas a ideales impuestos? 

Un año que comienza no necesita ser conquistado, sino habitado. Planificar sin asfixiar, desear sin exigirse resultados inmediatos, diferenciar lo que puede organizarse de aquello que solo puede vivirse. Tal vez podríamos aprender a reducir la tiranía de las expectativas. Quizás ese sea un buen propósito para empezar. 

Fuente: Jacqueline Orellana Rosenberg. Psicóloga y psicoanalista - Especialista en vínculos y terapia de pareja. Sexóloga

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