Es común escuchar en la consulta la frase: “Siempre fui así”. Sin embargo, cuando revisamos la historia personal, aparece algo distinto: lo que hoy se vive como un problema reciente suele ser un síntoma antiguo que dejó de tener dónde esconderse.
Hay un punto crucial en la transición a la adultez joven donde empiezan a aparecer señales que antes pasaban inadvertidas: ansiedad persistente, agotamiento emocional, desorganización, miedo al error, dificultad para concentrarse o la sensación de no poder sostener la vida diaria. La pregunta se vuelve inevitable: ¿qué sucede cuando la infancia no fue mirada con la profundidad necesaria?
Huellas ocultas de la niñez
Los relatos de muchos pacientes comparten escenas similares: “Me distraía fácil”, “era muy sensible”, “tenía ataques de llanto”, “siempre fui inquieto/a”, “me costaba organizarme”. Durante años, estas conductas se interpretaron como rasgos de personalidad o simples “cosas de chicos”. Pero desde la psiquiatría del desarrollo —que estudia cómo las experiencias tempranas moldean la salud mental adulta— sabemos que muchas de estas señales anticipaban algo más profundo.
Pueden ser manifestaciones tempranas de ansiedad, señales del neurodesarrollo (como TDAH, autismo o dificultades en las funciones ejecutivas), desafíos emocionales persistentes o respuestas adaptativas a entornos estresantes.
Con el tiempo comprendí algo fundamental: lo que no se nombra a tiempo reaparece más adelante.

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Cuando la adultez muestra lo que la infancia ocultó
La adultez joven trae exigencias que exponen lo que antes se podía disimular: estudiar, trabajar, sostener vínculos, independizarse, tomar decisiones. Cuando las demandas aumentan, las estrategias de supervivencia creadas en la infancia comienzan a quedarse cortas.
Es entonces cuando emergen síntomas como desorganización, procrastinación, dificultad para concentrarse, hipersensibilidad al juicio ajeno, agotamiento por sobreexigencia o la sensación de estar siempre “corriendo atrás”.
Muchas personas creen que se trata de fallas individuales, pero suele ser el eco de experiencias tempranas que nunca recibieron el acompañamiento adecuado.
En la niñez, señales como la dificultad para sostener la atención, problemas para seguir rutinas, olvidos frecuentes, sensibilidad a las críticas, cambios emocionales intensos, miedo persistente al ridículo, dolores físicos recurrentes o la tendencia a guardarse todo para evitar conflictos no son diagnósticos, pero sí huellas que merecen ser observadas.
La vida adulta como segunda oportunidad
La adultez joven ofrece una combinación única: introspección, autonomía y la neuroplasticidad necesaria para aprender nuevas formas de vivir. Es una etapa donde mejoras gestadas silenciosamente pueden, por fin, hacerse visibles.
El abordaje clínico suele implicar:
- revisar la historia personal y emocional,
- evaluar condiciones como ansiedad, TDAH, depresión o trauma,
- distinguir la personalidad de las estrategias de supervivencia aprendidas,
- utilizar tratamientos basados en evidencia,
- acompañar la construcción de hábitos sostenibles.
Mirar hacia atrás no inmoviliza: ordenar la historia permite avanzar. Nombrar lo que pasó no es culpar ni revivir el pasado: es comprenderlo. Para muchas personas, descubrir que su malestar tiene raíces antiguas resulta profundamente liberador. Nombrar permite dejar de culparse, pedir ayuda sin vergüenza y tomar decisiones más claras.
La neurociencia es clara: nunca es tarde
El cerebro adulto puede reorganizarse, aprender y repararse. La regulación emocional se entrena, la atención mejora con intervención adecuada y los vínculos pueden transformarse.
Lo que no se vio en la niñez no define ni limita la vida adulta. La detección tardía sigue siendo una oportunidad poderosa.
La infancia deja marcas, sí, pero la adultez joven tiene algo irremplazable: la capacidad de reescribir quién queremos ser de aquí en adelante.
Por Pía Lobo — Médica especialista en psiquiatría infanto-juvenil (MN 149009) @psiquiatrasalavista
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