La escena se repite cada año: mesas largas, mensajes cruzados, decisiones que parecen simples pero no lo son. ¿Con quién pasamos las fiestas? ¿Vamos o no vamos? ¿Cómo evitamos conflictos? Diciembre llega cargado de expectativas, emociones acumuladas y una exigencia silenciosa de felicidad que, lejos de aliviar, muchas veces incrementa el estrés.
Según el psiquiatra Walter Ghedin, psiquiatra y sexólogo, las fiestas de fin de año funcionan como un amplificador emocional. No crean los conflictos, pero sí los exponen. “El estrés aparece cuando sentimos que no podemos responder a lo que se espera de nosotros”, explica. Y en este período, lo que se espera —desde afuera y desde adentro— suele ser demasiado.
La presión invisible de “estar bien”
Las celebraciones traen consigo una idea instalada: la de la unión, la armonía, la alegría compartida. Pero no todas las personas llegan a diciembre desde el mismo lugar emocional. Hay duelos recientes, vínculos rotos, cansancio acumulado, frustraciones no resueltas.
Ghedin señala que muchas veces el malestar surge de una disociación entre lo que sentimos y lo que creemos que deberíamos sentir. “Nos obligamos a participar, a sonreír, a cumplir”, y ese esfuerzo interno termina manifestándose en irritabilidad, ansiedad o angustia.
Familias, chats y viejas heridas
Las reuniones familiares suelen reactivar dinámicas conocidas: roles que no cambian, comentarios que se repiten, silencios incómodos. A eso se suman los grupos de WhatsApp, donde las decisiones se negocian en tiempo real y cada mensaje puede convertirse en una fuente de tensión.
“El estrés no está solo en el encuentro, sino en todo lo que lo rodea”, plantea el especialista. La anticipación, la logística, el miedo al conflicto o a decepcionar a alguien hacen que muchas personas lleguen a la fiesta ya agotadas emocionalmente.

Elegir sin culpa
Uno de los puntos centrales que remarca Ghedin es la necesidad de habilitar el deseo propio. No todas las personas tienen que hacer lo mismo ni vivir las fiestas de la misma manera. Elegir no ir, pasar un rato corto, priorizar el descanso o armar un plan alternativo no es egoísmo, sino cuidado personal.
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“El problema no es la decisión que tomamos, sino la culpa que aparece después”, explica. Aprender a poner límites —aunque sean pequeños— es clave para reducir el impacto emocional de estas fechas.
Escuchar lo que el cuerpo dice
El estrés no siempre se expresa con palabras. Muchas veces aparece como insomnio, contracturas, cansancio extremo, dolores de cabeza o mal humor persistente. Para el psiquiatra, prestar atención a esas señales es fundamental: el cuerpo suele decir lo que la mente intenta callar.
Diciembre no es solo un cierre de calendario, sino también un momento de balance personal. Y eso, inevitablemente, moviliza.
Un fin de año posible, no perfecto
Lejos de buscar una receta ideal, Ghedin propone bajar las expectativas. Las fiestas no tienen que ser perfectas ni felices en todo momento. Pueden ser simplemente posibles: atravesadas con honestidad emocional, con pausas, con decisiones conscientes.
Aceptar que no todo se resuelve en una noche y que no todo depende de nosotros puede ser, paradójicamente, el mejor regalo de fin de año.
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