Durante décadas, la odontología fue esencialmente reparadora. Se abordaban caries, inflamaciones y pérdidas dentarias cuando el daño ya estaba instalado. Sin embargo, hoy la mirada empieza a cambiar.
Según explica el odontólogo Ariel Merino (MN 34.869): "La odontología abordó durante mucho tiempo las consecuencias, pero no siempre el origen”. Y ese origen, cada vez con mayor respaldo científico, está directamente relacionado con lo que comemos todos los días.
Las guías alimentarias publicadas por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) y el Departamento de Salud y Servicios Humanos consolidan un enfoque nutricional que propone limitar el consumo de carbohidratos refinados —como harinas blancas, arroz, pastas y azúcares— y priorizar proteínas de calidad, vegetales, grasas saludables y alimentos mínimamente procesados.
Si bien estas recomendaciones no están pensadas específicamente para la odontología, su impacto en la salud oral es directo y profundo.
“La cavidad oral no es un compartimento aislado”, señala Merino. “Es una de las principales puertas de entrada al cuerpo humano, con una microbiota altamente sensible a los estímulos alimentarios”.
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Cuando la dieta está dominada por carbohidratos refinados, las bacterias cariogénicas los metabolizan rápidamente, generando ambientes ácidos sostenidos. Esto favorece el desarrollo de caries, la erosión dental, la enfermedad periodontal y una inflamación crónica de bajo grado.
“Cuando estos alimentos dominan la dieta, la boca se convierte en un ecosistema inflamado. Cuando se reducen, la biología empieza a jugar a favor del paciente”, explica el especialista.
Salud bucal: menos caries, más longevidad y mejor estética
Reducir el consumo de azúcares y harinas refinadas no solo tiene beneficios visibles en el corto plazo. A largo plazo, una dieta con menor carga glucémica se traduce en menos caries, menor inflamación gingival, menor pérdida dentaria y mejor preservación del esmalte.
“Esto no es solo salud dental: es longevidad funcional”, afirma Merino. La posibilidad de masticar bien, conservar las piezas propias y evitar infecciones orales crónicas está directamente relacionada con una mejor salud cardiovascular, metabólica y cognitiva, algo ampliamente estudiado en la literatura médica.
Desde la odontología estética, el impacto también es claro: “Dientes más sanos envejecen mejor. Mantienen color, estructura y función por más tiempo”.
Cuando se habla de alimentación y salud bucal, muchas personas se preguntan si la dieta puede influir en problemas como el bruxismo. En este punto, el especialista es claro y preciso.
“El bruxismo es multifactorial. No se ‘cura’ con la dieta”, aclara Merino. Sin embargo, una alimentación altamente inflamatoria, rica en azúcares y picos glucémicos, puede contribuir a estados de estrés sistémico, alteraciones del sueño y aumento del tono muscular basal.
“Reducir estos estímulos no elimina el problema, pero sí disminuye el terreno biológico que lo perpetúa”, explica.
Por qué este cambio también importa en la Argentina
Las guías alimentarias de los Estados Unidos suelen marcar tendencia a nivel global. Influyen en educación nutricional, políticas públicas, financiamiento de investigaciones y programas de prevención.
“A mediano y largo plazo, estos cambios terminan influyendo en América Latina”, sostiene Merino. Si se consolida una población que consume menos carbohidratos refinados, el impacto será transversal: menos patologías orales prevenibles, menor costo sanitario, mejor calidad de vida y más años con dientes funcionales y estéticos.
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La odontología moderna —y especialmente la estética— entiende hoy que no hay diseño de sonrisa posible sin una biología saludable detrás.
“Durante años, la odontología fue reparadora. Hoy entendemos que no hay estética sin prevención”, resume el especialista. En ese sentido, la nueva guía alimentaria de los Estados Unidos no es solo una recomendación nutricional: es una señal clara de hacia dónde va la salud global.
Y, una vez más, la boca está en el centro.
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