No es extraño encontrarse en lo cotidiano, con personas que parecen vivir en un estado de irritabilidad constante. Pequeños malentendidos, una demora, una palabra dicha “fuera de lugar”, pueden desatar una reacción desproporcionada. ¿Estamos más enojados que antes? ¿O estamos menos dispuestos a tolerar la frustración?
Desde el psicoanálisis, el enojo no se reduce a una emoción negativa. Puede ser la expresión subjetiva de una frustración, un límite, una pérdida. Pero también forma parte del desarrollo psíquico: en la infancia, la agresividad es necesaria para delimitar el Yo, para diferenciarse del otro. Rechazar, poner un límite, también es una forma de afirmarse. El problema no es enojarse, sino no poder hacer nada con ese enojo más que reaccionar.
El enojo puede "operar" como una defensa
Hoy vivimos inmersos en una cultura que promueve el goce inmediato. Frente al malestar, el consumo ofrece soluciones rápidas: un objeto, una experiencia, una respuesta al vacío. Esta lógica no solo atraviesa lo material, también afecta las relaciones, el cuerpo. El enojo se vuelve entonces un modo de actuar antes que de pensar: no se elabora, se descarga.
A esta dinámica se suma el mandato de felicidad. Una exigencia constante de estar bien, ser positivos, encontrar el lado bueno de todo. Esta presión por mostrarse plenos y satisfechos deja poco lugar para la tristeza o la angustia. En este contexto, el enojo puede operar como una defensa: en lugar de sentirnos vulnerables, nos endurecemos; en vez de llorar, gritamos. La ira aparece como un modo de evitar otras emociones más difíciles de transitar.
Por otro lado, hay quienes dicen no enojarse nunca, quienes buscan evitar todo conflicto. Esa supuesta neutralidad emocional muchas veces encubre una agresividad reprimida, que termina inhibiendo la expresión singular del sujeto. Personas que se muestran conformes con todo, sin registrar diferencias, sin hacerse escuchar, pueden estar alienadas a lo que otros esperan de ellas.
Diferencias en la expresión del enojo según el género
Si bien el enojo es una emoción universal, sus formas de expresión pueden estar atravesadas por el género. La psicoanalista Débora Tajer señala que en la subjetividad masculina tradicional, la agresividad está más legitimada: se asocia a la fuerza, el control, el dominio. Esto puede dificultar el registro de la propia vulnerabilidad y favorecer la aparición de estallidos como vía privilegiada de expresión del malestar. De hecho, el Trastorno Explosivo Intermitente, según el DSM-5, se diagnostica con mayor frecuencia en varones.
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En el caso de las mujeres, los mandatos culturales muchas veces desalientan la expresión directa de la agresión. Se espera que sean buenas, obedientes. Esta inhibición puede generar que el enojo se exprese de manera solapada, explosiva o a destiempo, provocando en los demás perplejidad, o incluso rechazo.
El enojo continuo es muchas veces una coraza
No se trata de eliminar el enojo ni de calmarlo a toda costa. Se trata, más bien, de poder escucharlo, darle tiempo y palabras. Enojarse por todo no siempre es señal de fortaleza o de poner límites. Muchas veces es una coraza que protege del dolor, del vacío, de lo que no se puede controlar ni consumir.
Tal vez la pregunta no sea solo por qué nos enojamos tanto, sino qué lugar le damos al conflicto, al malestar y a la espera en una época que pretende evitarlos. Y entonces, cuando el enojo deja de gritar, puede, por fin, empezar a hablar.
Por la Lic. Jimena García Lauria, Psicóloga UBA MN 44080, Psicoanalista. Co-directora Tomar la Palabra @tomarlapalabra.psi
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