Por suerte no estamos todos de acuerdo, sino la vida no tendría color. Nadie nos mostraría nuevas perspectivas ni negociaríamos para compartir el disfrute con otro o para lograr acuerdos.
Sin un poco de discusión, la vida se nos mostraría solitaria o con vínculos que no son tan auténticos. Si el desacuerdo no se traduce en discusión, las relaciones se transforman en vínculos con súbditos que siempre deben decir que sí.
Por eso, abrir una mesa de discusión es una forma más de acercarse a los demás cuando no estamos de acuerdo. Pero, ¡cuidado! Cronificar las discusiones puede tener un costo enorme para nuestra salud mental y para la supervivencia de nuestras relaciones.
Mientras para muchos, las discusiones son algo ocasional, hay quienes las convierten en un modo de vida. Este modo se retroalimenta en un círculo vicioso de ataque y defensa constantes que siembra la tensión, el desagrado y la sensación de que estamos permanentemente en la mira del otro.
Para el cerebro, la discusión no es gratuita ni pasa de largo. Nuestra biología la interpreta como peligro y reacciona del mismo modo que cuando nuestra vida se encuentra en riesgo.
No importa si la discusión es en el trabajo, con amigos, pareja o ex-pareja. El otro no determina a la biología. Siempre, el cerebro entrará en modo de supervivencia y priorizará la defensa, la huída o el ataque, dejando de lado cualquier posibilidad de comprensión.
Por eso, frente a las discusiones crónicas, lo único que nos queda es cansancio y tristeza constantes.
Los desacuerdos deben discutirse con algo de regulación emocional. Cuando las cosas pasan esa raya, la racionalidad queda a un lado. Nos cuesta escuchar, anticipar las consecuencias de lo que hacemos y de lo que decimos, nos volvemos impulsivos y quedamos atrapados en una necia necesidad de ganar.
Cuando vivimos en conflicto crónico, nuestro sistema nervioso queda en modo de alerta prolongado, disminuyendo cada vez más recursos cognitivos que nos llevan a interactuar inteligentemente. Creemos que estamos siendo hábiles en la discusión, pero la realidad es que, en general, solo reaccionamos y con poca capacidad de argumentación.
El cerebro apaga la parte que piensa y enciende la que reacciona. Decimos lo que no queremos decir; decidimos lo que no vamos a sostener y percibimos ataques donde no los hay.
Cuando estamos en alerta sostenido, pensamos que prestamos atención a lo que nos dicen y que lo recordamos a la perfección, pero la realidad es que nuestra mente está fatigada, rumiamos nuestras propias ideas permanentemente y no tenemos apertura a la escucha. Por eso, además de reaccionar en forma irracional, no somos capaces de atender y tampoco de entender.
¿Eso quiere decir que nunca hay que discutir? La verdad es que hay discusiones innecesarias y otras que deben ocurrir para que los vínculos se sostengan en el tiempo y en forma saludable.
El problema es que la mente no distingue entre las discusiones necesarias y las innecesarias y produce el mismo desgaste frente a ambas. Y si la discusión deriva frecuentemente en pelea, se cronifica la liberación de hormonas del estrés. Con esto, aumentamos la vulnerabilidad para la depresión, la ansiedad, la pérdida de control y el deterioro de los vínculos pasa a ser una realidad inmediata.
Los conflictos son inevitables en las relaciones humanas. Pero hay conflictos regulados y otros desregulados. En los primeros, partimos del desacuerdo y logramos un intercambio fecundo con el otro que deriva en una negociación. En este caso, no valen las posturas fijas. Cuando se negocia, las partes siempre tienen que dejar de lado algo de su posición y encontrar una salida que conserve aquello que, para cada uno, sea innegociable. Hay que diferenciar entre lo que es esencial para uno y lo que es accesorio.
En los conflictos desregulados, el cerebro se vuelve sensible a señales de amenaza y provoca una escalada de ataque, defensa y de humillación erosionando a la relación y a la propia salud mental.
Si nuestra mente está bajo conflicto constante, inevitablemente caeremos en discusiones sin regulación, generando fatiga, falta de sueño, ansiedad, tristeza y ganas de huir de la escena o de atacar sin límite. En algún momento, tendremos que romper ese vínculo porque el cerebro y la mente pueden tolerar las discusiones reguladas, pero la pelea constante y sin regulación emocional les resultan intolerables.
¿Qué hacemos para no incendiar la mente en una discusión?
Si es posible, planifiquemos lo que queremos decir. En general, se trata de cuestiones repetitivas, que incomodan y se magnifican. Separar lo importante de lo accesorio. Reconocer qué necesitamos sí o sí, para saber cuál es nuestro límite a la hora de negociar. Proponernos estar abiertos a la escucha atenta y a comprender.
Es ideal si podemos pararnos frente a la diferencia sin olvidar los afectos que nos unen con aquellos con los que estamos discutiendo. Aunque el cerebro nos diga que es un enemigo, conviene mantener un estado emocional que nos permita reconocer frente a quien, realmente, estamos.
Si la situación se desborda, reconocer los indícios rápidamente y proponer una postergación de la discusión.
Finalmente recordar que el conflicto sostenido deja huella. Nos es gratuito y afecta el bienestar, la salud y nos cronifica en un estado de fatiga y malestar.
Fuente: Gabriela Gonzalez Alemán (MN 33343), Dra. en Genética del Comportamiento, Neurocientífica y fundadora de Brainpoints @brainpoints


