Beneficios de la meditación según la ciencia y 5 pasos para practicarla en casa
 

Qué dice hoy la ciencia sobre la meditación (y cómo empezar en casa sin experiencia)

Meditar ya no es esotérico: es entrenamiento para el cerebro Sentarte, cerrar los ojos y seguir la respiración durante unos minutos puede sonar simple. Pero, puertas adentro, pasan muchas cosas. Hoy se sabe que la meditación modifica estructuras y circuitos cerebrales: aumenta el espesor de la corteza prefrontal -clave para la atención y la toma de decisiones- y reduce la reactividad de la amígdala, la región que se activa frente al estrés y la amenaza. “Meditar es entrenar la mente, no ‘quedarse en blanco’”, explica la psicóloga y sexóloga Florencia Faiatt, creadora de My Yoga Flower (yoga basado en ciencia). Igual que cuando levantás pesas, cada vez que llevás la atención de vuelta a la respiración o al cuerpo, reforzás los circuitos que sostienen el foco y la regulación emocional. Además, la práctica activa el sistema nervioso parasimpático, responsable del modo “descanso y recuperación”: baja la frecuencia cardíaca, la respiración se vuelve más profunda y el cuerpo entra en un estado de reparación fisiológica. La atención como músculo: lo que muestra la neurociencia Uno de los hallazgos más claros de los últimos años es que la atención se puede entrenar. Estudios con imágenes cerebrales y registros eléctricos muestran que incluso intervenciones breves de meditación mejoran el control atencional y la eficiencia cognitiva. Lejos de la idea de “mente en blanco”, la práctica consiste en esto: Notás que tu mente se fue (a la lista del súper, a un mail pendiente, a una preocupación). Te das cuenta. Volvés con amabilidad al foco elegido (la respiración, el cuerpo, un sonido). Ese ir y venir, lejos de ser un “fracaso”, es el entrenamiento. Con el tiempo, las personas que meditan con regularidad muestran menos reactividad de la amígdala frente a estímulos emocionales y una mayor conexión con áreas prefrontales involucradas en la regulación de emociones. De reaccionar en automático a responder con calma Más allá de las imágenes de laboratorio, el efecto se nota en lo cotidiano. La meditación fortalece la capacidad de observar lo que pasa antes de actuar: un enojo, un miedo, un pensamiento catastrófico. En vez de reaccionar en piloto automático, aparece una pequeña pausa interna. Esa micropausa se traduce en habilidades muy concretas: responder sin tanta impulsividad, poner límites con menos culpa, tomar decisiones desde un lugar más claro, salir del “ruido mental” constante. Investigaciones recientes resumen este efecto como una mejora en la regulación emocional y en la resiliencia al estrés: menos activación de los circuitos de alarma, más participación de las áreas que ayudan a dar contexto, entender lo que pasa y elegir una respuesta. Empezar es incómodo (y eso también es parte del proceso) Las primeras prácticas rara vez son como las fotos de catálogo: aparecen tareas pendientes, el cuerpo se inquieta, la mente se dispersa. “No significa que lo estés haciendo mal, significa que estás empezando”, subraya Faiatt. Así como nadie levanta 20 kilos el primer día en el gimnasio, nadie medita cinco minutos con calma absoluta desde el inicio. La evidencia muestra que la constancia pesa más que la duración: cinco o diez minutos diarios tienen más impacto que una sesión larga cada tanto. Con el tiempo: la mente se aquieta más rápido, el cuerpo reconoce el “modo descanso”, la práctica pasa de ser un esfuerzo a convertirse en un refugio. En Para Ti ya te contamos cómo sumar rituales de autocuidado a la rutina nocturna y cómo armar espacios de relax en casa: la meditación puede integrarse perfectamente a ese momento, junto con una infusión, una música suave o una luz más baja. Cinco pasos simples para empezar a meditar en casa No hace falta tener experiencia previa ni equipamiento especial. La propuesta de Florencia Faiatt para dar los primeros pasos es clara y realista: 1. Elegí una postura posible Podés sentarte en una silla, en un almohadón en el piso o recostarte si estás muy cansada. Lo importante es que la columna esté erguida pero relajada, con hombros sueltos y abdomen flojo para que la respiración fluya. 2. Observá la respiración No intentes forzar nada. Notá cómo entra y sale el aire. Cuando te distraigas (va a pasar muchas veces), registralo y volvé a la respiración. Ese regreso constante es el corazón de la práctica. 3. Sumá un escaneo corporal Si querés variar, recorré mentalmente el cuerpo: cabeza, cuello, hombros, pecho, abdomen, manos, piernas, pies. Solo observá sensaciones (tensión, calor, cosquilleo) sin intentar cambiarlas. Es una forma sencilla de anclarte al presente. 4. Empezá por poco tiempo Cinco minutos al día alcanzan para iniciar. Podés usar una alarma suave o una meditación guiada breve. La clave es la regularidad, no la perfección. 5. Cerrá con amabilidad Al terminar, inhalá profundo por la nariz, exhalá lento y reconocé internamente que te regalaste ese momento. Esa asociación positiva ayuda a sostener el hábito. Meditación, salud mental y vida cotidiana La meditación no borra los problemas ni reemplaza tratamientos psicológicos o psiquiátricos, pero sí puede complementar cualquier proceso: ayuda a bajar el nivel basal de estrés, mejora la calidad del descanso y facilita la toma de decisiones desde un lugar menos reactivo. Programas basados en mindfulness, como la reducción del estrés de Jon Kabat-Zinn, ya se usan en hospitales y centros de salud en el mundo para acompañar ansiedad, dolor crónico y otros cuadros. En un mundo acelerado, aprender a pausar deja de ser un lujo para convertirse en una herramienta de autocuidado y salud mental accesible. Unos minutos diarios pueden cambiar la forma en la que pensás, sentís y te relacionás con lo que te rodea. Y ese cambio, según la ciencia, se sostiene en el tiempo.
Entre pantallas, multitarea y días que parecen no alcanzar, encontrar cinco minutos de silencio puede parecer un lujo. Sin embargo, la neurociencia muestra que meditar no es algo “místico” ni reservado a personas muy tranquilas: es un entrenamiento mental concreto que cambia el cerebro, baja el estrés y mejora la forma en la que respondés a lo que te pasa. Con la guía de la psicóloga y sexóloga Florencia Faiatt, te contamos qué está probado hoy y cómo empezar en casa.
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Sentarte, cerrar los ojos y seguir la respiración durante unos minutos puede sonar simple. Pero, puertas adentro, pasan muchas cosas. Hoy se sabe que la meditación modifica estructuras y circuitos cerebrales: aumenta el espesor de la corteza prefrontal -clave para la atención y la toma de decisiones- y reduce la reactividad de la amígdala, la región que se activa frente al estrés y la amenaza.

Meditar ya no es esotérico: es entrenamiento para el cerebro

“Meditar es entrenar la mente, no ‘quedarse en blanco’”, explica la psicóloga y sexóloga Florencia Faiatt, creadora de My Yoga Flower (yoga basado en ciencia). Igual que cuando levantás pesas, cada vez que llevás la atención de vuelta a la respiración o al cuerpo, reforzás los circuitos que sostienen el foco y la regulación emocional.

Además, la práctica activa el sistema nervioso parasimpático, responsable del modo “descanso y recuperación”: baja la frecuencia cardíaca, la respiración se vuelve más profunda y el cuerpo entra en un estado de reparación fisiológica.

La atención como músculo: lo que muestra la neurociencia

Uno de los hallazgos más claros de los últimos años es que la atención se puede entrenar. Estudios con imágenes cerebrales y registros eléctricos muestran que incluso intervenciones breves de meditación mejoran el control atencional y la eficiencia cognitiva.

Lejos de la idea de “mente en blanco”, la práctica consiste en esto:

  • Notás que tu mente se fue (a la lista del súper, a un mail pendiente, a una preocupación).
  • Te das cuenta.
  • Volvés con amabilidad al foco elegido (la respiración, el cuerpo, un sonido).

Ese ir y venir, lejos de ser un “fracaso”, es el entrenamiento. Con el tiempo, las personas que meditan con regularidad muestran menos reactividad de la amígdala frente a estímulos emocionales y una mayor conexión con áreas prefrontales involucradas en la regulación de emociones.

Meditar ya no es esotérico: es entrenamiento para el cerebro

Sentarte, cerrar los ojos y seguir la respiración durante unos minutos puede sonar simple. Pero, puertas adentro, pasan muchas cosas. Hoy se sabe que la meditación modifica estructuras y circuitos cerebrales: aumenta el espesor de la corteza prefrontal -clave para la atención y la toma de decisiones- y reduce la reactividad de la amígdala, la región que se activa frente al estrés y la amenaza.

“Meditar es entrenar la mente, no ‘quedarse en blanco’”, explica la psicóloga y sexóloga Florencia Faiatt, creadora de My Yoga Flower (yoga basado en ciencia). Igual que cuando levantás pesas, cada vez que llevás la atención de vuelta a la respiración o al cuerpo, reforzás los circuitos que sostienen el foco y la regulación emocional.

Además, la práctica activa el sistema nervioso parasimpático, responsable del modo “descanso y recuperación”: baja la frecuencia cardíaca, la respiración se vuelve más profunda y el cuerpo entra en un estado de reparación fisiológica.

La atención como músculo: lo que muestra la neurociencia

Uno de los hallazgos más claros de los últimos años es que la atención se puede entrenar. Estudios con imágenes cerebrales y registros eléctricos muestran que incluso intervenciones breves de meditación mejoran el control atencional y la eficiencia cognitiva.

Lejos de la idea de “mente en blanco”, la práctica consiste en esto:

Notás que tu mente se fue (a la lista del súper, a un mail pendiente, a una preocupación).

Te das cuenta.

Volvés con amabilidad al foco elegido (la respiración, el cuerpo, un sonido).

Ese ir y venir, lejos de ser un “fracaso”, es el entrenamiento. Con el tiempo, las personas que meditan con regularidad muestran menos reactividad de la amígdala frente a estímulos emocionales y una mayor conexión con áreas prefrontales involucradas en la regulación de emociones.

De reaccionar en automático a responder con calma

Más allá de las imágenes de laboratorio, el efecto se nota en lo cotidiano. La meditación fortalece la capacidad de observar lo que pasa antes de actuar: un enojo, un miedo, un pensamiento catastrófico. En vez de reaccionar en piloto automático, aparece una pequeña pausa interna.

Esa micropausa se traduce en habilidades muy concretas:

responder sin tanta impulsividad,

poner límites con menos culpa,

tomar decisiones desde un lugar más claro,

salir del “ruido mental” constante.

Investigaciones recientes resumen este efecto como una mejora en la regulación emocional y en la resiliencia al estrés: menos activación de los circuitos de alarma, más participación de las áreas que ayudan a dar contexto, entender lo que pasa y elegir una respuesta.

Empezar es incómodo (y eso también es parte del proceso)

Las primeras prácticas rara vez son como las fotos de catálogo: aparecen tareas pendientes, el cuerpo se inquieta, la mente se dispersa. “No significa que lo estés haciendo mal, significa que estás empezando”, subraya Faiatt.

Así como nadie levanta 20 kilos el primer día en el gimnasio, nadie medita cinco minutos con calma absoluta desde el inicio. La evidencia muestra que la constancia pesa más que la duración: cinco o diez minutos diarios tienen más impacto que una sesión larga cada tanto.

Con el tiempo:

la mente se aquieta más rápido,

el cuerpo reconoce el “modo descanso”,

la práctica pasa de ser un esfuerzo a convertirse en un refugio.

En Para Ti ya te contamos cómo sumar rituales de autocuidado a la rutina nocturna y cómo armar espacios de relax en casa: la meditación puede integrarse perfectamente a ese momento, junto con una infusión, una música suave o una luz más baja.

Cinco pasos simples para empezar a meditar en casa

No hace falta tener experiencia previa ni equipamiento especial. La propuesta de Florencia Faiatt para dar los primeros pasos es clara y realista:

1. Elegí una postura posible
Podés sentarte en una silla, en un almohadón en el piso o recostarte si estás muy cansada. Lo importante es que la columna esté erguida pero relajada, con hombros sueltos y abdomen flojo para que la respiración fluya.

2. Observá la respiración
No intentes forzar nada. Notá cómo entra y sale el aire. Cuando te distraigas (va a pasar muchas veces), registralo y volvé a la respiración. Ese regreso constante es el corazón de la práctica.

3. Sumá un escaneo corporal
Si querés variar, recorré mentalmente el cuerpo: cabeza, cuello, hombros, pecho, abdomen, manos, piernas, pies. Solo observá sensaciones (tensión, calor, cosquilleo) sin intentar cambiarlas. Es una forma sencilla de anclarte al presente.

4. Empezá por poco tiempo
Cinco minutos al día alcanzan para iniciar. Podés usar una alarma suave o una meditación guiada breve. La clave es la regularidad, no la perfección.

5. Cerrá con amabilidad
Al terminar, inhalá profundo por la nariz, exhalá lento y reconocé internamente que te regalaste ese momento. Esa asociación positiva ayuda a sostener el hábito.

Meditación, salud mental y vida cotidiana

La meditación no borra los problemas ni reemplaza tratamientos psicológicos o psiquiátricos, pero sí puede complementar cualquier proceso: ayuda a bajar el nivel basal de estrés, mejora la calidad del descanso y facilita la toma de decisiones desde un lugar menos reactivo. Programas basados en mindfulness, como la reducción del estrés de Jon Kabat-Zinn, ya se usan en hospitales y centros de salud en el mundo para acompañar ansiedad, dolor crónico y otros cuadros.

En un mundo acelerado, aprender a pausar deja de ser un lujo para convertirse en una herramienta de autocuidado y salud mental accesible. Unos minutos diarios pueden cambiar la forma en la que pensás, sentís y te relacionás con lo que te rodea. Y ese cambio, según la ciencia, se sostiene en el tiempo.

De reaccionar en automático a responder con calma

Más allá de las imágenes de laboratorio, el efecto se nota en lo cotidiano. La meditación fortalece la capacidad de observar lo que pasa antes de actuar: un enojo, un miedo, un pensamiento catastrófico. En vez de reaccionar en piloto automático, aparece una pequeña pausa interna.

Esa micropausa se traduce en habilidades muy concretas:

  • responder sin tanta impulsividad,
  • poner límites con menos culpa,
  • tomar decisiones desde un lugar más claro,
  • salir del “ruido mental” constante.

Investigaciones recientes resumen este efecto como una mejora en la regulación emocional y en la resiliencia al estrés: menos activación de los circuitos de alarma, más participación de las áreas que ayudan a dar contexto, entender lo que pasa y elegir una respuesta.

Empezar es incómodo (y eso también es parte del proceso)

Las primeras prácticas rara vez son como las fotos de catálogo: aparecen tareas pendientes, el cuerpo se inquieta, la mente se dispersa. “No significa que lo estés haciendo mal, significa que estás empezando”, subraya Faiatt.

Así como nadie levanta 20 kilos el primer día en el gimnasio, nadie medita cinco minutos con calma absoluta desde el inicio. La evidencia muestra que la constancia pesa más que la duración: cinco o diez minutos diarios tienen más impacto que una sesión larga cada tanto.

Con el tiempo:

  • la mente se aquieta más rápido,
  • el cuerpo reconoce el “modo descanso”,
  • la práctica pasa de ser un esfuerzo a convertirse en un refugio.

En Para Ti ya te contamos cómo sumar rituales de autocuidado a la rutina nocturna y cómo armar espacios de relax en casa: la meditación puede integrarse perfectamente a ese momento, junto con una infusión, una música suave o una luz más baja.

Cinco pasos simples para empezar a meditar en casa

No hace falta tener experiencia previa ni equipamiento especial. La propuesta de Florencia Faiatt para dar los primeros pasos es clara y realista:

1. Elegí una postura posible
Podés sentarte en una silla, en un almohadón en el piso o recostarte si estás muy cansada. Lo importante es que la columna esté erguida pero relajada, con hombros sueltos y abdomen flojo para que la respiración fluya.

2. Observá la respiración
No intentes forzar nada. Notá cómo entra y sale el aire. Cuando te distraigas (va a pasar muchas veces), registralo y volvé a la respiración. Ese regreso constante es el corazón de la práctica.

3. Sumá un escaneo corporal
Si querés variar, recorré mentalmente el cuerpo: cabeza, cuello, hombros, pecho, abdomen, manos, piernas, pies. Solo observá sensaciones (tensión, calor, cosquilleo) sin intentar cambiarlas. Es una forma sencilla de anclarte al presente.

4. Empezá por poco tiempo
Cinco minutos al día alcanzan para iniciar. Podés usar una alarma suave o una meditación guiada breve. La clave es la regularidad, no la perfección.

5. Cerrá con amabilidad
Al terminar, inhalá profundo por la nariz, exhalá lento y reconocé internamente que te regalaste ese momento. Esa asociación positiva ayuda a sostener el hábito.

Meditación, salud mental y vida cotidiana

La meditación no borra los problemas ni reemplaza tratamientos psicológicos o psiquiátricos, pero sí puede complementar cualquier proceso: ayuda a bajar el nivel basal de estrés, mejora la calidad del descanso y facilita la toma de decisiones desde un lugar menos reactivo. Programas basados en mindfulness, como la reducción del estrés de Jon Kabat-Zinn, ya se usan en hospitales y centros de salud en el mundo para acompañar ansiedad, dolor crónico y otros cuadros.

En un mundo acelerado, aprender a pausar deja de ser un lujo para convertirse en una herramienta de autocuidado y salud mental accesible. Unos minutos diarios pueden cambiar la forma en la que pensás, sentís y te relacionás con lo que te rodea. Y ese cambio, según la ciencia, se sostiene en el tiempo.

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