Cada vez viajamos menos para ver y más para sentir. Con esa idea, acepté una invitación de Airbnb, que hoy no solo ofrece hospedajes sino también experiencias diseñadas para conectar con la esencia de cada destino. Así llegué a Lima, una ciudad que no se recorre con los pies, sino con el alma: entre sabores, arte y la energía suave del mar.
Durante tres días descubrí una manera diferente de conocer un lugar: a través de quienes lo habitan, de sus aromas y de las historias que se esconden en los rincones menos turísticos.
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Un banquete que cuenta la historia de Lima
Mi primer encuentro con Lima fue en Mayta, un restaurante que traduce la identidad peruana en lenguaje gourmet. Un menú de pasos donde la cocina peruano-japonesa se vuelve poesía: combinaciones de pato, hongos, frutas exóticas y texturas que despiertan todos los sentidos.
Cada bocado era un viaje. Del altiplano al Pacífico, del dulzor al picante. No era solo una cena: era una manera distinta de entender un país.









Barranco, el barrio donde el arte respira sal
Al día siguiente, el arte me encontró en Barranco, ese barrio bohemio y colorido que guarda la nostalgia de otra época. Sus murales, balcones y cafés respiraban historia. En una casona antigua, participé de una cata de café junto a un artista local y recorrí una tienda sostenible que trabaja con alpaca, vicuña y algodón.





Barranco tiene algo que abraza: el olor a mar, la brisa que acaricia las paredes gastadas, la calma de un lugar que parece detenido en el tiempo. Me recordó a San Telmo, pero con la paz del océano al fondo.



Cocinar, aprender de Lima y brindar frente al mar
En Miraflores, el chef Edwin de Haku Tours me enseñó a preparar ceviche, lomo saltado y pisco sour. Entre risas, cuchillos y ajíes, entendí que la cocina peruana es pura emoción.
Mientras almorzábamos frente a la costa gris y hermosa de Lima, sentí que no hacía falta el sol: la ciudad brilla desde adentro, en su gente y en su comida.



Lo que me traje de vuelta
Regresé a Buenos Aires con la certeza de que Lima no se visita, se vive. Su arte, su mar y su gastronomía son una invitación a mirar el mundo de otra manera. Y entendí que viajar no es solo moverse, sino dejar que un lugar te transforme.
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