Desde chico, Bill Cunningham tenía su futuro escrito con la moda: a los 4 años su madre lo reprendió fuerte por caminar con un vestido de organdí rosado en el living de su casa en su Boston natal. Con esa historia contada con dolorosos detalles arranca el libro de sus memorias postumas llamado Una Carrera en la Moda (2019) donde narra de manera deliciosa los primeros años de juventud, cuando era un sombrerero exitoso en el Nueva York de los años 50 y como luego se convirtió en cronista de moda para importantes diarios norteamericanos.

Fue una persona ética con un sentido del estilo muy particular, con una mente abierta a los hechos de moda. Estaba dotado de un poderoso sentido estético y de una extraordinaria capacidad para olfatear tendencias. "El mejor desfile de moda está, definitivamente, en la calle. Siempre estoy ahí, con la esperanza de ver algo maravilloso", decía. Ese mantra fue una convicción que lo llevó a consagrarse contra todos las predicciones familiares quienes pensaban que estaba mal de la cabeza. No era locura, era pasión.
Bill Cunningham solamente necesitaba sus dos cámaras Cannon de 35 mm colgadas y su bicicleta para recorrer la ciudad. Era muy común verlo y más fácil reconocerlo. Con apenas dos prendas fue además un ícono de moda sin proponérselo: su chaqueta de gabardina azul Klein (copiada hasta por el mismísimo demonio por muchas marcas), su pantalón chino color caqui, los mismos zapatos negros y un bolso messenger donde guardaba rollos de fotografía y papeles. Un uniforme que solamente cambiaba por un esmoquín cuando la ocasión lo exigía. Ése era su traje de Superman, un superhéroe con vista de halcón. Esos colores ayudaban a identificarlo en las calles de Nueva York o París, las dos ciudades que lo vieron rastrillar minuciosamente cada cuadra en busca de ese algo que solamente él percibía.

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Fue a finales de los 70 cuando comenzó a trabajar para The New York Times durante 50 años y donde llegó a tener dos columnas semanales, On the Street y Evening Hours. Allí sin palabras mostraba la estética del momento de los neoyorkinos. No se trataba de simples imágenes de cómo se vestía la gente, había mucho más que eso. Era algo más que streetstyle.
Mirando hacia atrás podemos decir que se trataba de una poderosa crónica social que narraba la evolución del vestir, una suerte de antropología cultural de las calles de Nueva York. Su ojo avizor rápidamente se dio cuenta que la moda cambiaba cuando la calle modificaba los usos y costumbres. Entonces acuñó un comentario que nunca viene mal recordar: no podés luchar contra una tendencia.

Quería observar y no ser observado, un valor agregado que hoy casi no existe: todos quieren ser famosos. En la filosofía de Cunningham, el ego nunca tuvo lugar. Una vez dijo: cuando estoy tomando fotografías busco el estilo personal con el que se usa una prenda… A veces, incluso cómo se usa una sombrilla o cómo se sostiene un abrigo. En las fiestas es importante ser casi invisible, captar a la gente cuando ignoran que hay una cámara… Sacar la intensidad de su discurso, los gestos de sus manos. Me interesa capturar un momento con ánimo y espíritu.
La vida puertas adentro
Tanta exposición tenía su contrapartida. Era muy tímido y reservado, y poco y nada se sabía y se sabe de su vida privada. Bill Cunningnam vivió siempre de manera austera. Hubiera sido el mejor exponente del estilo que supo pregonar una poco creíble Marie Kondo. Su vida puertas adentro fue siempre un secreto, si hubo personas que supieron algo más que el resto, se lo guardaron. No iba al cine ni tenía televisor.

Durante muchísimos años vivió arriba del Carnegie Hall en Manhattan, en un pequeño estudio más parecido a un pasillo donde apenas entraba un catre individual y muchos estantes con cajoneras donde guardaba los negativos de las fotos. Sus bienes más preciados.

Usaba y se duchaba en un baño compartido en la mitad del pasillo y diariamente por 3 dólares desayunaba una taza de café, huevo, queso y salchichas en el Stage Star Deli de la W55th. Muchos millonarios, que lo conocían de las galas a las que asistía para trabajar (y donde no se quedó nunca a comer ni aceptó ni siquiera un vaso de agua), quisieron ayudarlo económicamente y nunca lo permitió. De hecho muchas veces rompía los cheques que le enviaban. Incluso llegó a romper cheques por algunos trabajos que hacía. Prefería ser libre. El dinero es lo más barato. La libertad y la autonomía son lo más caro, decía.

Cuando la palabra influencer no era conocida Bill Cunningham fue el primer influencer gráfico.
Escaló de la nada, de ser un chico chico incomprendido hasta lo más alto. El Council of Fashion Designers of America lo homenajeó en 1993 y Cunningham llegó en Bicicleta para recoger su premio. Fue una excepción que rara vez se volvió a repetir. Para el 2002 ya era una verdadera leyenda. En 2008, fue a París, donde el gobierno francés le otorgó la Legion de Honor y en el 2009 fue nombrado un hito viviente por New York Landmarks Conservancy.

De él, Anna Wintour dijo: “Todas nos vestimos para Bill”. Y tenía razón, todas querían ser fotografiadas por Bill Cunningham, el primer reportero de streetstyle. Famosas y desconocidas, hombres y mujeres eran soprprendidos por su lente, no necesitaba de celebrities o influencers pagos para darse cuenta que estaba frente a una tendencia. Algo que hoy cuesta tanto que resultaría imposible. El presente cuenta una época donde es muy difícil encontrar algo ciento por ciento genuino.

Fue el Times quien se encargó de contar que luego de un derrame cerebral y un posterior infarto, un sábado de junio murió a los 87 en un hospital de Manhattan. Luego de su fallecimiento se descubrieron sus memorias redactadas, pasadas a máquina y corregidas por él mismo y hasta con una sugerencia para el título: Fashion Climbing. Quizás su timidez y su fuerte deseo de pasar desapercibido, de ser invisible, hicieron que nunca se animara a presentarlas en sociedad.
Nota de la redacción
Tuve la suerte de conocerlo en persona. Como editor de moda de Para Ti cada viaje a Nueva York para cubrir la semana de la moda era una cita al azar donde podía encontrarme con este señor alto y también encorvado y flaco en extremo, que con sus manos huesudas sostenía su cámara Cannon. Era muy interesante ver en acción a este hombre larguirucho, ver cómo perseguía a sus presas para fotografiarlas con un respeto impresionante. El mismo respeto que le tenían a él.
También tuve la suerte que me fotografiara, la última vez que lo crucé, en 2011. Recuerdo que incluso con una sonrisa amable me halagó los zapatos que tenía puestos, unos mocasines que combinaban camel y naranja fluo.