"Ahora necesitamos ser familia… sin miedo": la nueva vida de María Alexandra Gómez y Nahuel Gallo tras 448 de ausencia - Revista Para Ti
 

"Ahora necesitamos ser familia… sin miedo": la nueva vida de María Alexandra Gómez y Nahuel Gallo tras 448 de ausencia

Después de 448 días de detención en Venezuela, el gendarme argentino Nahuel Gallo volvió al país. En un posteo atravesado por la fe, el dolor y el alivio, su esposa, María Alexandra Gómez, habló del milagro del reencuentro y del desafío que empieza ahora: sanar en casa.
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Hay regresos que no se miden en kilómetros sino en latidos. Cuando el gendarme argentino Nahuel Gallo volvió al país después de 448 días detenido en Venezuela, la escena pública fue la de un hombre que pisa suelo argentino. Pero la escena verdadera —la que no siempre registran las cámaras— ocurrió en el interior de una casa, en el temblor de una mujer que volvía a tocar lo que durante más de un año había sido apenas una ausencia.

María Alexandra Gómez escribió en sus redes una palabra que parece sencilla, pero que carga con todo el peso de lo imposible: milagro. Y quizás esa sea la única palabra capaz de abarcar lo que significa vivir 14 meses con el corazón partido y, aun así, no dejar que se rompa del todo.

Nahuel Gallo
El abrazo más esperado en un posteo de María Alexandra.

Fueron 448 días. Una cifra que en los medios funciona como dato. Pero en una familia funciona como herida.

Durante buena parte de ese tiempo, el paradero de Gallo fue incierto. La incertidumbre no es solo una forma de desconocimiento: es una forma de tortura silenciosa. Se vive, se trabaja, se duerme —si se puede—, pero todo ocurre bajo la sombra de una pregunta que no tiene respuesta. La vida sigue, aunque por dentro esté detenida.

En su mensaje, Gómez habló de lucha sin horarios, sin descanso, sin tregua. Lo dijo como quien enumera una rutina. Pero no era una rutina: era resistencia. La resistencia cotidiana de sostener una esperanza cuando la lógica aconseja rendirse.

Y entonces, un día, la noticia. La liberación. El regreso. Y el reencuentro que tantas noches en vela soñó y buscó, ese abrazo de a tres: su marido, su hijo y ella.

“Hoy lo tenemos en casa. Y eso lo cambia todo”, escribió. Lo cambia todo. No porque borre lo sucedido. Sino porque transforma el dolor en algo compartido, tangible, abrazable.

Nahuel y su hijo
Nahuel y su hijo

Ahora empieza otra etapa. Más silenciosa, menos visible, acaso más compleja: la de sanar. No solo el cuerpo, que ya está en manos de médicos, sino el territorio invisible donde se acumulan el miedo, la soledad y la intemperie. Sanar el corazón y la mente exige otro tipo de diplomacia: la de los abrazos, la paciencia, el permiso para estar en silencio.

Hay algo profundamente humano en el deseo que expresó Gómez al final de su mensaje: volver a ser familia… sin miedo. No es una consigna política. No es una declaración pública. Es un anhelo doméstico.

Ser familia sin miedo es poder cerrar la puerta de casa y que esa puerta sea frontera suficiente contra el mundo. Es volver a respirar sin contar las horas. Es mirarse y comprobar que el otro está ahí, que no es un recuerdo ni una fotografía ni un expediente diplomático.

Foto familiar antes de la separación
Foto familiar antes de la separación

Durante más de 14 meses, la vida de esta familia estuvo suspendida en un paréntesis. Ahora el paréntesis se cierra. No para olvidar lo ocurrido, sino para empezar a narrarlo desde otro lugar: el de los que sobrevivieron a la incertidumbre.

Quizás por eso la felicidad, como escribió ella, no le entra en el pecho. Porque cuando la angustia ocupa tanto espacio durante tanto tiempo, la alegría necesita reaprender a habitar el cuerpo.

Hay regresos que no hacen ruido. Pero reordenan el mundo entero de quienes los esperaron. Y, a veces, eso alcanza.

 
 

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