Martina Troentle es escritora y tiene 29 años. Durante la secundaria, cuando tenía 14, sufrió abusos sexuales por parte de compañeros del colegio. Lo que vivió, el miedo a quedarse sola y el terror a no ser creída la llevaron a callar durante quince años.
Ese silencio, que empezó como un mecanismo de protección, se fue mezclando con la culpa, la vergüenza y el intento de seguir adelante “como si nada”. En el camino, la bulimia se transformó en refugio y en una forma de creer que controlaba algo dentro del caos.
Su libro, Calladita. Una historia de abusos y silencios rotos, es el resultado de ese proceso: un testimonio en primera persona que vuelve sobre las escenas más dolorosas de su adolescencia, las revisita desde la adultez y las resignifica. Ahí, la escritura aparece como herramienta de sanación propia, pero también como un puente hacia otras personas que hayan pasado por experiencias similares.
En diálogo con Para Ti, Martina habla de cómo fue transformar un “secreto lleno de vergüenza” en un acto de honestidad radical, del rol de la terapia, de la importancia de pedir ayuda y del llamado que les hace a los adultos y a la sociedad para que dejen de mirar para otro lado frente a la violencia sexual y a los trastornos de la conducta alimentaria.
Cuando escribir se vuelve alivio
-En el Prólogo, decís que cada palabra escrita es el reflejo de tu camino y de una "verdad que pedía ser contada". ¿Podrías profundizar sobre qué momento o qué sentimiento te impulsó a finalmente "liberar ese peso" y "tender un puente" para otros a través de la escritura?
-Cuando decidí contarle lo que me pasó a mi mamá, sentí algo que no había sentido nunca en quince años: alivio. Fue liberador, tanto que decidí que tenía que hacer algo con eso. Creo en lo íntimo y poético que tiene transformar el dolor en arte, y en el poder de escribir para dejar lo que duele en cada párrafo. Calladita no es solamente un libro, es mi dolor manifestado en 120 páginas. Escribir significó sacarme una mochila, y ahora mi dolor está ahí. Sigue siendo mío y sigue siendo parte de mi historia, pero ya no me representa. Mi libro existe sin lastimarme, y espero que quien se encuentre en él pueda también empezar a amigarse con su propia vulnerabilidad.
-Describís la escritura de "Calladita" como uno de los desafíos más difíciles, ya que implicó "volver a abrir heridas que creías cerradas" y mostrar una "vulnerabilidad impropia", rompiendo años de silencio. ¿Cómo transformaste este dolor, que alguna vez fue un "secreto lleno de vergüenza", en este acto de honestidad?
-Las víctimas de abuso solemos creer que el silencio nos protege, sin entender que solo protege a quienes lastiman. Mi silencio fue mi escudo, junto al sarcasmo y la ironía, para manifestar que nada me dolía tanto y que yo estaba bien. Y me lo terminé creyendo yo también. La cabeza tiene eso, te ayuda a salir de momentos de mucho dolor haciéndote creer que quizás no fue para tanto.
Durante muchos años creí que mis heridas estaban cerradas, pero en realidad solo estaban en lo más profundo de mí, casi mimetizadas con mi identidad. Escribir fue difícil porque fue enfrentarme a mi dolor y escucharme de verdad, sin ironía, sin sarcasmo y sin chistes. Es tan importante escucharse y permitirse sentir incomodidad, es ahí, en la incomodidad, donde nos empezamos a hacer preguntas. Pero tendemos a ignorarla. Nos enseñaron que estar incómodos está mal, cuando en realidad sentirse incómodo es el mejor termómetro para darse cuenta de que hay algo que nos está molestando y que tenemos que enfrentar. Lo difícil es aceptar la molestia y empezar a hacerse preguntas, porque es ahí donde aparece la verdad.
Sanar, apropiarse de la historia y soltar la culpa
-Dedicás el libro a quienes encuentren una parte de su historia en la tuya, recordándoles: "Nunca es tarde para sanar, nunca es tarde para empezar de nuevo". ¿De qué manera la escritura de este relato, que está "basado en hechos reales", te ayudó en tu proceso personal de sanación y a entender que el pasado "no te define"?
- Escribir Calladita fue darme cuenta de que mi historia no era solo mía. Y como nadie debería tener que sanar solo, realmente deseo que mi libro se convierta en compañía y fuerza para aquellos que creen que sanar es un privilegio, cuando en realidad es un derecho. Escribiendo pude apropiarme de mi propia historia, recuperé mi fuerza y mi narrativa. Y volver a sentirte vos misma es lo más poderoso que te puede pasar.
-El título, "Calladita", resume la imposición de esconder un secreto a voces. ¿Qué representa para vos la frase central de tu obra: "Calladita hasta hoy, porque el silencio ahora tiene voz"?
-Calladita busca resignificar el sentido de la palabra de la manera más irónica posible. Un silencio con voz propia deja de ser un silencio. Mi obra es el fin del miedo. Creo que mi historia fue mal contada por terceros y circuló en lugares en donde yo no pude defenderla por miedo, por culpa y por vergüenza. Estuve años alejada de mi verdad.

Adolescencia, miedo y manipulación
-En tu adolescencia, la necesidad de pertenencia era tu motor, y tu mayor miedo era "quedarte sin amigas". ¿Cómo este miedo fue utilizado como "manipulación y extorsión" por parte de Matías y Pablo, y qué tan difícil fue para vos entender, a tus catorce años, que estabas ante "un acto totalmente extorsivo"?
- A los catorce o quince años todos tenemos edad suficiente para entender que algo estaba mal. Claro que no entendía el hecho como un acto totalmente extorsivo, porque no estoy segura de conocer el significado exacto de esa palabra cuando tenía esa edad. Pero sabía que estaba haciendo algo bajo presión, amenazada, y que no estaba bien. El cuerpo te avisa cuando hay algo que anda mal, hay que aprender a escucharlo.
El miedo de sentir que nadie me iba a creer o de ser completamente rechazada me hizo pensar que mi lugar seguro era quedarme donde no me quería quedar, solo porque lo conocía.
Bulimia, terapia y el valor de pedir ayuda
-Relatás que, ante el caos, la bulimia se convirtió en tu refugio, un mecanismo para sentir que tenías "algo bajo control". Después de un "tratamiento largo y agotador", ¿cómo te ayudó el proceso terapéutico a entender que "pedir ayuda no es sinónimo de debilidad, sino de valentía"?
-Sigo en proceso de aprender a pedir ayuda. Durante muchos años confundí ser independiente con poder con todo sola, hasta que entendí que no hay nada más valioso que una red de contención. Mostrarse vulnerable es el acto de valentía más honesto que uno puede tener consigo mismo.
-En el capítulo sobre tus "imperfecciones y otras sombras", hablás de la distinción entre ser responsable de lo que sucede y ser responsable de lo que se hace con ello. ¿Cómo te ayudó esta profunda autocrítica a liberarte de la culpa que te paralizaba y a encontrar la paz con vos misma?
-Toda la vida crecí con la idea de que no sirve de nada vivir en el pasado. Quizás me apropié demasiado de ese pensamiento y fui por la vida llevándome todo por delante. Mientras escribía el libro entendí que ser responsable de lo que hacemos con nuestra historia también implica sentarse cara a cara con lo que duele y entender qué podemos hacer para sentirnos mejor, y a duelar lo que el cuerpo y el alma piden. No nos queda nada si nos ignoramos a nosotros mismos.
“Nadie merece cargar con dolor en soledad”
-El motor principal de tu libro fue "invitar a reflexionar y a levantar la mano". ¿Cuál es el mensaje esencial que buscaste transmitir a las víctimas, a las "Martinas", para que entiendan que "nunca, nunca, nunca tienen que quedarse calladas"?
-Que el silencio no es el camino y que lo que te pasó no te define. Que la culpa, el miedo y la vergüenza nunca van a ser más fuertes que la verdad y que todo se transforma cuando por fin se levanta la voz. Que tener miedo es de valientes, y que nadie merece cargar con dolor en soledad. Espero que las personas que lean mi libro sientan que su voz importa y que merecen ser escuchadas.
Un llamado urgente a los adultos y a la sociedad
-En el capítulo "Queridos adultos", planteás una pregunta incómoda a quienes cumplían el rol de cuidadores: "¿en serio no se daban cuenta?". ¿Cuál es el llamado a la reflexión que les hacés a los adultos y a la sociedad en general sobre la necesidad de "ver las grietas y las heridas" que las víctimas se esfuerzan por esconder, y cómo se puede rodear a estas personas con "incondicionalidad y respeto"?
-Es un llamado a que dejemos de mirar para otro lado y que empecemos a amigarnos con la incomodidad que conlleva sentarse a tener una conversación incómoda. Mi llamado es a que se deje de minimizar, justificar y de suponer. Es un llamado a empezar a hacer más preguntas y escuchar con más atención. Acompañar con incondicionalidad y con respeto no resuelve heridas, pero ayuda a no hacerlas más profundas. Lo único que se necesita para empezar a sanar es una persona que te escuche, te crea y no te deje cargar sola con tu dolor.
-El hecho de que el libro contenga una Advertencia de contenido con recursos de ayuda en Argentina refleja la dimensión social de tu obra. ¿Qué esperás que la sociedad haga, más allá de la lectura, para que se tome "conciencia sobre temas que ya no deben ser callados", como la violencia sexual y los trastornos de la conducta alimentaria?
-Espero que la sociedad deje de tratar estos temas como excepciones o casos aislados. Justamente la violencia sexual y los trastornos alimentarios no son historias ajenas, estoy segura de que todos conocemos a alguien que pasó por algo así. Lo mínimo que podemos hacer es hablarlo sin vergüenza y sin morbo.
Lo importante, más allá de leer mi libro, es creerle a las víctimas, hablar sobre consentimiento y dejar de responsabilizar y revictimizar a quienes sufren. Necesitamos instituciones y comunidades que se tomen en serio la salud mental y el acompañamiento, hablar de esto en las casas, en los colegios, en las universidades. Aprender sobre estos temas es tan importante como cualquier contenido que se enseña en una clase.
Mi deseo más profundo es que estos temas dejen de barrerse debajo de la alfombra y aprendamos a abrazar la incomodidad. Porque ahí es donde empiezan las conversaciones reales.
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