Hay dolores que no se pueden medir. No entran en un parte médico ni en una noticia. Son dolores que se instalan en el cuerpo de una mamá y se quedan ahí, respirando con ella.
Desde hace casi dos meses, la vida de Macarena —la mamá de Bastián Jeréz— se mueve en ese territorio extraño donde conviven el miedo, la espera y una esperanza que se vuelve indispensable para seguir adelante.

Su hijo tiene ocho años. Y desde el accidente ocurrido el 12 de enero en Pinamar, su nombre empezó a aparecer en noticias, informes judiciales y actualizaciones médicas. Pero para ella, Bastián no es una historia que circula en redes ni un caso que investiga la Justicia. Es su hijo.
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Un chico que hoy sigue luchando por recuperarse mientras ella atraviesa uno de los miedos más profundos que puede sentir una madre: el miedo a que algo le pase a su hijo y no poder hacer más que estar ahí, sosteniendo su mano y esperando.
En las últimas horas, Macarena decidió compartir un mensaje en sus redes sociales. No fue un comunicado formal ni una declaración pública. Fue algo más simple, y tal vez por eso más conmovedor: la voz de una mamá hablando desde el corazón.
“Han sido días muy difíciles desde el accidente de mi hijo Bastián. Días de mucho miedo, incertidumbre y dolor”, escribió. Pero en medio de ese miedo también apareció algo inesperado: la solidaridad.
Mensajes de personas que no conoce, oraciones de desconocidos, palabras de aliento que —en medio del caos— se transformaron en pequeñas luces para atravesar los días más duros.

Hay algo profundamente humano en ese gesto de agradecer cuando todavía duele. Tal vez porque las mamás sabemos que, incluso en los momentos más difíciles, el amor de los demás puede convertirse en una forma de sostén.
Macarena lo dijo con una frase sencilla: cada palabra de aliento, cada oración y cada mensaje le dio fuerza a su familia para seguir adelante. Porque cuando un hijo lucha por recuperarse, toda la vida se reduce a eso: esperar, confiar y no soltar la esperanza.
Mientras la causa judicial sigue su curso y la investigación intenta reconstruir lo que pasó aquella tarde en Pinamar, la familia de Bastián tiene otra prioridad. Mucho más urgente. Mucho más importante.
Acompañarlo. Estar cerca. Esperar. Y creer —como creemos las mamás — que incluso en los momentos más oscuros la vida todavía puede abrirse paso.

