¿Y si lo que siempre entendimos como infidelidad ya no significa lo mismo? Esa es la pregunta —incómoda, provocadora y profundamente actual— que pone sobre la mesa Marcelo Ceberio en su libro “Amor sin cerrojos, de la monogamia a las nuevas formas de amar”.
Para el autor, no estamos frente a una crisis del amor, sino ante una transformación mucho más profunda: una revolución en la forma en que elegimos vincularnos.
Durante años, la monogamia funcionó como regla incuestionable. Hoy, en cambio, empieza a correrse de ese lugar para convertirse en una opción más, sostenida —o no— por acuerdos explícitos entre quienes forman la pareja.
En ese nuevo escenario, la fidelidad ya no pasa necesariamente por la exclusividad, sino por algo más complejo: la honestidad, la coherencia y el respeto por lo pactado.
La idea incomoda. Divide. Genera resistencia. Pero también abre una conversación que muchas parejas ya están teniendo, aunque no siempre se animen a decirlo en voz alta.
-Estamos viviendo una crisis de la monogamia o una transformación más profunda de los vínculos?
-No estamos ante una crisis en términos de “colapso”, sino frente a una transformación profunda del paradigma vincular. Durante siglos, la monogamia funcionó como un mandato cultural, sostenido por instituciones como la familia, la religión y el derecho.
Hoy ese mandato empieza a resquebrajarse y a convertirse en una opción entre muchas. Lo que está en juego no es la desaparición de la monogamia, sino su desnaturalización. Lo que llamo “revolución vincular” implica que las personas ya no se preguntan si un modelo está bien o mal, sino si tiene sentido para su vida. En ese pasaje, el foco se desplaza del cumplimiento de normas al ejercicio de la libertad afectiva.

-¿Qué cambió en esta generación para que hoy se cuestionen tanto los modelos tradicionales?
-Cambió el contexto sociocultural. Las nuevas generaciones crecieron en un mundo más diverso, más conectado y con mayor acceso a información. Esto permitió visibilizar otras formas de amar y de vincularse que antes estaban ocultas o marginalizadas.
Además, hay un corrimiento de valores: se prioriza la autenticidad, el consentimiento, la libertad individual y la coherencia interna por sobre el cumplimiento de mandatos externos. Esto genera una actitud crítica hacia los modelos heredados. No se rechaza la tradición por sí misma, pero sí se la somete a revisión.
-¿Por qué las nuevas formas de amar generan tanta incomodidad o resistencia?
-Porque interpelan estructuras muy profundas. El modelo tradicional no solo organizaba las relaciones amorosas, sino también la identidad, el género, el poder y la familia. Cuestionarlo implica cuestionar todo un sistema de creencias.
La incomodidad aparece como un “germen” porque estas nuevas formas rompen con la lógica de la posesión, la exclusividad y el control. Y también porque introducen incertidumbre: ya no hay un único guion claro sobre cómo amar. Eso genera desorientación, pero también abre posibilidades.
-En el libro planteás que ningún modelo es mejor que otro: ¿qué define entonces que una relación sea “sana”?
-Lo que define la salud de un vínculo no es su formato, sino su funcionamiento. Una relación sana es aquella en la que hay honestidad, respeto, libertad, cuidado mutuo y capacidad de diálogo. Esto implica que tanto una pareja monogámica como una abierta pueden ser saludables o disfuncionales. La diferencia no está en la estructura externa, sino en cómo se construye el contrato relacional: si es explícito, consensuado, flexible y sostenido en el tiempo.
Estoy convencido que cada pareja debe encontrar su propio modelo. Un estilo que los haga realmente felices en el vínculo. Hay parejas que duermen en cuarto separados, hay parejas que viven en casa separadas, hay parejas a distancia que se ven determinados periodos pactados, parejas que deciden incorporar un tercer miembro en la escena de la sexualidad. O parejas que deciden abrir el vínculo otras relaciones con fines exclusivamente sexuales.
-¿Cuáles son los errores más comunes cuando alguien intenta abrir una relación?
El error más frecuente es usar la apertura como solución a problemas previos. Si hay conflictos de base —falta de comunicación, desgaste, desconfianza— abrir la pareja suele amplificarlos. Otro error clave es no explicitar acuerdos. Muchas parejas operan con supuestos, lo que genera malentendidos, reproches y rupturas.

También se subestima el impacto emocional: los celos, los miedos y las inseguridades no desaparecen, sino que requieren ser trabajados activamente. Siempre se debe establecer un contrato donde se describan precisamente las acciones: como cuando salir, si se aceptan amigos de la pareja o no, si es factible repetir salidas con alguna persona, si se cuentan las intimidades, etc.
-¿Se puede ser infiel en una relación abierta? ¿Cómo se redefine la fidelidad hoy?
-Sí, absolutamente. La infidelidad no se define por la presencia de terceros, sino por la ruptura de acuerdos. En una relación abierta, la fidelidad pasa por el respeto a lo pactado, no por la exclusividad. Esto implica una redefinición profunda: ser fiel hoy es ser coherente con el contrato relacional. Cuando ese contrato se rompe —aunque no haya exclusividad— aparece la traición.
-¿Cuánto pesa todavía el mandato social a la hora de elegir cómo vincularnos?
-Pesa y mucho. Todavía no se ve con buenos ojos abrir una pareja. El peso de la concepción monógama y de la pareja tradicional, opera como una parada de Damocles a la hora de poder decidir si se abre una pareja o no. Por el otro lado también el entorno, más la apertura como un juego promiscuo, que como una relación madura y hablada.
Aunque hay avances, el modelo tradicional continúa funcionando como referencia dominante, reitero. Casarse, convivir, tener hijos sigue siendo el guion esperado. Cualquier desviación de ese modelo suele ser mirada con sospecha o juicio. Esto genera tensiones internas: muchas personas sienten el deseo de vivir de otra manera, pero también la presión de cumplir con lo socialmente esperado.
-¿Por qué el deseo sigue generando tanta culpa, incluso en vínculos supuestamente “libres”?
-Porque el deseo está profundamente atravesado por construcciones culturales. No alcanza con cambiar el formato del vínculo; también hay que revisar las creencias internalizadas sobre el amor, la sexualidad y la moral. La culpa aparece cuando el deseo entra en conflicto con esos mandatos. Incluso en vínculos abiertos, pueden persistir lógicas de propiedad, comparación o inseguridad que generan malestar.
-¿Qué pasa cuando lo que deseo no coincide con lo que “debería” querer?
-Ahí se produce una tensión clave en la subjetividad contemporánea. Por un lado, el deseo propio; por otro, el mandato internalizado. Ese desfasaje puede generar angustia, pero también es una oportunidad de revisión. La pregunta central deja de ser “¿qué debería hacer?” para convertirse en “¿qué quiero realmente y puedo sostener?”.
-Se habla mucho de responsabilidad afectiva, pero ¿qué significa en la práctica?
-Significa hacerse cargo del impacto emocional de nuestras acciones. No se trata solo de ser sincero, sino de ser claro, coherente y cuidadoso. Implica comunicar expectativas, respetar acuerdos, no manipular emocionalmente y sostener una ética del vínculo donde el otro no es un objeto, sino un sujeto con necesidades y límites propios.
-¿Estamos realmente más conscientes o solo usamos nuevos conceptos para justificar viejas conductas?
-Hay un poco de ambas cosas. Por un lado, hay un avance real en la reflexión sobre los vínculos. Por otro, a veces se utilizan conceptos como “libertad” o “no monogamia” para justificar conductas poco responsables. La diferencia está en la coherencia: no es lo mismo ampliar la libertad que evitar el compromiso.
-¿Cómo se construyen acuerdos claros sin perder espontaneidad?
-Los acuerdos no anulan la espontaneidad, la sostienen. Cuando las reglas están claras, hay menos ansiedad, menos suposiciones y más libertad para que lo espontáneo emerja. La clave está en entender que hablar no rigidiza el vínculo, sino que le da estructura para crecer. La espontaneidad consiste en mostrarse tal cual se es en el vínculo y es una condición meganecesaria para avanzar en una apertura.
-¿Qué señales indican que una pareja necesita redefinir sus acuerdos?
-Conflictos repetitivos, celos constantes, malentendidos frecuentes o sensación de desgaste son indicadores claros. También cuando uno o ambos sienten que el vínculo ya no refleja sus necesidades actuales.
Los acuerdos no son estáticos: deben actualizarse con el tiempo. Esto puede expresarse como aburrimiento, distancia emocional, pérdida de deseo o incluso fantasías de otros modos de vincularse. No necesariamente implica falta de amor, sino que las condiciones sobre las que se construyó la relación ya no encajan con la realidad actual de las personas.
También es relevante observar cambios evolutivos: transformaciones individuales (laborales, personales, sexuales), el paso del tiempo, la llegada o no de hijos, o modificaciones en el contexto social. Todo esto impacta en la pareja, que no es una estructura fija sino un sistema en permanente reorganización.
-¿Abrir la pareja soluciona conflictos o puede intensificarlos?
-En la mayoría de los casos, si hay conflictos previos, los intensifica. Abrir la pareja no es una solución, es una complejización del vínculo. Solo puede funcionar cuando hay una base sólida: confianza, comunicación y compromiso emocional. Además, es necesaria mucha comunicación, pero sincera, donde ambos cónyuges muestren sus temores e inseguridades, lo que sugiere mostrar la propia vulnerabilidad, sentimiento que poco se denuncia en las relaciones.
-¿Qué lugar ocupa la comunicación en estos nuevos modelos vinculares?
-Un lugar central. Sin comunicación explícita, constante y honesta, estos modelos no se sostienen. La comunicación es la herramienta que permite negociar, revisar, ajustar y cuidar el vínculo en el tiempo.
-¿Estamos más libres o más confundidos a la hora de vincularnos?
Más libres, sin duda. Pero esa libertad implica elegir, y elegir implica incertidumbre. La confusión es parte del proceso de transición entre un modelo único y un abanico de posibilidades. Además, al ampliarse las posibilidades vinculares, también se amplifica la responsabilidad. Ya no se puede atribuir el modo de vincularse a un mandato externo; ahora cada elección implica hacerse cargo de sus efectos.
Esto introduce una dimensión ética mucho más fuerte: la libertad deja de ser solo posibilidad y se convierte en compromiso. Por otro lado, la confusión también puede entenderse como efecto de la coexistencia de múltiples discursos.
Conviven modelos tradicionales, discursos de libertad, conceptos como “responsabilidad afectiva”, “no monogamia”, “deconstrucción”, etc. Pero muchas veces estos lenguajes no están integrados en la experiencia, generando desfasajes entre niveles: se habla desde un paradigma nuevo, pero también se actúa desde esquemas anteriores.
-¿Qué te motivó a escribir este libro en este momento?
-La necesidad de acompañar este cambio de época. No para imponer un modelo, sino para abrir preguntas y ofrecer herramientas para pensar los vínculos de manera más consciente. Fue la idea de mi editora y me pareció brillante, además que como terapeuta de pareja en el arco de los últimos 10 años hay parejas que han decidido recontratar el vínculo abriéndolo.
También investigué y creo estar en condiciones de afirmar que no estamos frente a una crisis de la monogamia, sino ante un cambio más amplio en los vínculos, en la manera en que los seres humanos se relacionan entre sí.
Uno de los factores clave de esta transformación es la tecnología. La tecnología ha modificado profundamente la forma en que las personas se vinculan en general y, en particular, en el ámbito de las relaciones de pareja. Las plataformas de citas, por ejemplo, facilitan el establecimiento de vínculos tanto efímeros como estables, ampliando el campo de posibilidades y acelerando los tiempos de encuentro.
También ha cambiado la concepción de la monogamia. Tradicionalmente, la pareja se pensaba bajo un único paradigma: dos personas unidas por un contrato tácito de fidelidad. Hoy, ese modelo comienza a ser cuestionado. Aparece la necesidad de explicitar acuerdos, de construir un contrato relacional consciente acerca del tipo de vínculo que se desea sostener. La monogamia sigue siendo una opción válida, pero ya no como mandato, sino como elección hablada y consensuada.
Otro factor relevante es la edad de constitución de las parejas. Hace 50 años, las uniones se formaban tempranamente —alrededor de los 20 o 22 años— y rápidamente se daba el proceso de parentalización. Es decir, hacia los 24 años muchas parejas ya estaban casadas y con hijos o en camino a tenerlos.
En la actualidad, este proceso se ha desplazado. Las personas priorizan durante más tiempo la individualidad, el desarrollo personal y profesional. Las parejas se consolidan más tarde, prolongan la etapa de conyugalidad y postergan la parentalidad. Incluso, se reduce la cantidad de hijos —uno o dos— o directamente se elige no tenerlos. Hoy, tener tres hijos ya es considerado una familia numerosa, algo que décadas atrás equivalía a familias de seis, siete u ocho hijos.

Finalmente, la longevidad también incide en estos cambios. La expectativa de vida se ha extendido notablemente: ya no se piensa en una vida que culmina a los 70 años, sino en trayectorias que pueden llegar a los 80, 90 o incluso más.
En este contexto, avances como el sildenafil o los geles lubricantes vaginales han posibilitado una vida sexual activa en etapas más avanzadas. Esto introduce un elemento novedoso: la posibilidad de construir vínculos afectivos y sexuales más allá de las etapas tradicionalmente consideradas “centrales” de la vida. Podríamos decir que hoy también existe un “amor después del amor”.
-¿Qué preguntas debería hacerse alguien antes de replantear su forma de amar?
-Preguntarse por sus motivaciones, sus deseos, sus miedos y su capacidad de sostener acuerdos. También si lo que busca es una transformación genuina o una salida a un malestar coyuntural. Esto es básico para realizar los pasos de una apertura. Abrir la pareja para legalizar antiguas infidelidades no implica una reflexión adulta y responsable.
-¿Qué te gustaría que cambie en las relaciones después de leerlo?
-Que las personas dejen de vincularse desde el mandato y empiecen a hacerlo desde el deseo consciente. Que puedan construir relaciones más libres, pero también más responsables, donde el otro no sea una posesión sino una elección cotidiana. No es un libro investigativo que propone la pareja abierta, sino que habla sobre las formas tradicionales monógamas y las nuevas formas de apertura. Se trata que las parejas conciencien que la elección del vínculo, eso es, una elección y no debe asociarse per se.

