Hay periodistas que persiguen la fama y otros que persiguen historias. Pía Shaw pertenece, desde siempre, a este último grupo. La fama, dice, llegó como una consecuencia, nunca como un objetivo. Lo suyo fue, desde chica, otra cosa: la curiosidad. Esa que nace temprano, cuando todavía no hay certezas, pero sí intuiciones. Esa que la llevaba a mirar televisión con ojos atentos, a fascinarse con los programas, con las vidas de otros, con ese mundo que pasaba del otro lado de la pantalla y al que, sin saber bien cómo, ella sentía que algún día iba a pertenecer.
"Siempre quise ser periodista. Desde chiquita", cuenta hoy, con la misma convicción de entonces. No era una fantasía difusa: era una pulsión. En los actos del colegio se subía al escenario, el micrófono la llamaba, pero no por el brillo ni por la exposición. "A mí me gusta realmente mi trabajo", aclara. La curiosidad fue —y sigue siendo— el hilo conductor de su carrera.
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Nacida en Corrientes, con una infancia marcada por idas y vueltas entre el interior y Buenos Aires, Pía creció en una familia numerosa donde la mesa de Navidad nunca tiene menos de treinta personas. Ese origen, ese ir y venir constante, parece haberle dejado una marca que hoy se replica en su vida profesional: movimiento, adaptación, ganas de probar, de cambiar, de no quedarse quieta. "No me dejo aburrir", resume.

Cuando empezó, nada era fácil ni inmediato. No había redes sociales, ni teléfonos inteligentes, ni accesos rápidos. Había que estar en la calle, leer, informarse, insistir. Llevar cassettes al canal para que una nota saliera al aire. Había que negociar guardias eternas con camarógrafos amigos, convencer jefes, trabajar más horas de las que figuraban en cualquier contrato. "Trabajé mucho", dice, sin romanticismo, como una constatación.
Su primer gran paso llegó en 2001, en A24, de la mano de Luis Piñeiro. Después vendrían años de aprendizaje en América, con figuras clave como Liliana Parodi, quien le hizo una pregunta que la marcó: "¿Vos leés revistas?". Pía no solo las leía: las devoraba. Las coleccionaba, las subrayaba mentalmente, las guardaba como tesoros. "No puedo tirar una revista sin antes leerla", confiesa. Hoy, en la casa de sus padres, hay un verdadero santuario de papel que habla de una forma de ejercer el periodismo que resiste al vértigo digital.

El gran quiebre de popularidad llegó cuando empezó a meterse —literalmente— en la vida de los famosos. Casas abiertas, heladeras revisadas, cámaras entrando donde hoy sería impensado. "Era otra época", recuerda. Pero también fue el momento en el que su carisma se volvió una marca registrada: la periodista que pregunta, pero también escucha; que entra, pero respeta; que juega, pero no invade.
En el camino se cruzó con conductores que dejaron huella: Santiago del Moro, que le dio su primera oportunidad como conductora; Verónica Lozano, con quien aprendió que el programa empieza mucho antes de que se encienda la cámara; Georgina Barbarossa, con quien hoy comparte risas, confianza y complicidad. "Soy muy feliz trabajando con Georgina", dice, sin vueltas.
Hoy, con más de dos décadas de trayectoria, Pía se permite algo que no todos logran: elegir. Elegir trabajos, formatos, roles. Pasar del espectáculo a los policiales, del móvil a la mesa, del noticiero a la entrevista mano a mano. "En 2025, tuve seis trabajos y en los seis estaba bien", cuenta. No se cansa. No se aburre. Y, sobre todo, no pierde la curiosidad.

No habla de su vida privada porque no le interesa ponerse en el centro del relato. "Estoy para contar historias de otros”, explica. Su norte es simple y profundo a la vez: pasarla bien. En el trabajo, en la vida, en los vínculos. "La vida se trata de eso”, dice. Y quizás ahí esté la clave de una carrera tan sólida como auténtica: tomarse el oficio en serio, pero no a uno mismo demasiado.
La historia, las anécdotas y la mirada de Pía Shaw en primera persona
— ¿Siempre supiste que querías ser periodista?
— Siempre, desde chiquita. Era muy curiosa, miraba tele y me gustaba ese mundo. No sabía bien qué, pero yo decía: “Quiero estar ahí”.
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— ¿Te atraía la fama o el micrófono?
— No, la fama no es algo que me vuelva loca. A mí me gusta realmente mi trabajo. Después de tantos años sigo siendo curiosa y me gusta seguir conociendo y haciendo.

— ¿Cómo fue empezar en un medio sin las herramientas que existen hoy?
— Era mucho más difícil. No había redes, no había celulares. Tenías que buscar a los protagonistas, estar en la calle. Yo llevaba la hojita anotada. Me informaba todo el tiempo.
— Tu primer gran trabajo fue en A24. ¿Qué recordás de esa etapa?
— Fue mi gran oportunidad como cronista. Aprendí muchísimo. Liliana Parodi fue mi jefa directa y aprendí un montón de cosas de ella.

— Siempre se habla de tu amor por las revistas. ¿Sigue intacto?
— Totalmente. No puedo tirar una revista sin antes leerla. Aunque esté todo digitalizado, no es lo mismo. A veces ojeando una revista te aparece una idea que no sabías que estabas buscando.
— ¿Cuándo sentiste que la gente empezó a reconocerte en la calle?
— Creo que tuve la suerte de hacer trabajos que se veían mucho. Y también tiene que ver con mi personalidad. Me tocó hacer cosas muy vistas.

— ¿Qué te dio trabajar con Santiago del Moro y con Ángel de Brito?
— Fueron dos personas muy importantes. Santiago me dio la posibilidad de conducir por primera vez. Es alguien muy laburante, el programa no termina cuando termina el aire.
Y con Ángel aprendí el olfato para encontrar una noticia. Algo que no tienen todos. Y lo que trabaja. Son condimentos que no los tienen todos los conductores, solo los exitosos.
— AM fue otro gran momento de tu carrera. ¿Qué significó?
— Fue un juego extraordinario. Con Vero Lozano aprendí que el programa empieza antes, en la charla con el equipo.

— Hoy hacés muchas cosas a la vez. ¿No te cansa?
— No. En 2025 tuve seis trabajos y en ninguno estaba aburrida. En cada uno mostraba una faceta distinta.
— ¿Te interesa la conducción como objetivo?
— No me quita el sueño. Me encanta acompañar, que haya buena onda, que fluya. No necesito ser cabeza de compañía.

— ¿Sentís que todavía te quedan desafíos?
—Siempre. No me aburro nunca. Todos los años aparecen cosas nuevas.
— Hablás poco de tu vida privada. ¿Es una decisión consciente?
— Sí. Yo estoy para contar historias de otros. Mi vida no me parece lo más interesante.
— ¿Qué te dejó Corrientes?
— La familia. Es el lugar donde en Navidad no falta nadie. Somos treinta y pico.

— ¿Cómo estás hoy en lo personal?
— Estoy tranquila, enfocada en mí. La paso bien. Y para mí la vida se trata de eso: pasarla bien.
— ¿Qué consejo le darías a alguien que recién empieza en el periodismo?
— Que no pierda la curiosidad. Que golpee puertas, mande mails, se presente. Nunca sabés con quién te vas a cruzar. Y que entienda que todo es efímero si no hay trabajo detrás.
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