Tatiana Andia murió a los 45 años en su casa, en paz, abrazada por su familia, con su gato al lado y una canción sonando de fondo. Fue una muerte asistida: la misma que durante años defendió e impulsó desde su rol como exfuncionaria del Ministerio de Salud de Colombia.
Lo que comenzó como una cruzada institucional para garantizar el acceso a tratamientos y el derecho a morir con dignidad se volvió, años más tarde, una experiencia íntima. En 2023, le diagnosticaron un cáncer de pulmón incurable. Su historia, publicada originalmente por The New York Times, recorre un proceso humano, burocrático y profundamente político.
La pionera en regular el precio de los medicamentos
Socióloga, docente universitaria y referente en salud pública, Tatiana había trabajado en políticas clave, como la regulación de precios de medicamentos, junto a Alejandro Gaviria, entonces ministro de Salud. Lo que no imaginaba era que, una década después, enfrentaría un diagnóstico terminal que pondría a prueba todo aquello por lo que había luchado.
El diagnóstico y la decisión de hacer público su proceso
En una conferencia sobre derecho a la salud, Tatiana reveló su diagnóstico: “Hace un año me detectaron un cáncer terminal”. La sala quedó en silencio. Ella, sin embargo, eligió hablar desde su lugar de paciente. No solo compartió su decisión de acceder a la muerte asistida, sino que hizo de su proceso una plataforma de visibilidad: escribió columnas, dio entrevistas, participó en podcasts.
Una ley avanzada, una sociedad que aún no acompaña
Colombia fue el primer país de América Latina en legalizar la eutanasia en 1997, pero el acceso real al derecho sigue siendo limitado. En casi una década, solo 692 personas accedieron al procedimiento. Las trabas: la falta de información pública, el desinterés de muchos profesionales, la resistencia de las aseguradoras y una cultura que todavía evita hablar de la muerte.
Tatiana vivió esa tensión en carne propia. Aunque reunía todos los requisitos, tuvo que usar sus contactos para lograr que su pedido fuera procesado. Denunció que sin su experiencia en el sistema, probablemente no lo habría conseguido.
Líneas rojas: decidir hasta cuándo vivir
Durante su tratamiento, eligió evitar la quimioterapia y trazó sus “líneas rojas”: no someterse a intervenciones que la dejaran sin autonomía o claridad mental. Aceptó una inmunoterapia que funcionó por un tiempo, pero cuando los tumores llegaron al cerebro, supo que su decisión debía acelerarse.
“Quiero que mi familia esté feliz de que fui yo quien eligió cómo morir”, escribió en su última columna: Se acabó la fiesta.
Su muerte, un acto de coherencia
El 26 de febrero de 2025, Tatiana fue asistida en su casa por la Dra. Paula Gómez, una anestesióloga especializada en muertes asistidas. Eligió morir con sus seres queridos, rodeada de flores, música y afecto. Esa noche, su muerte fue noticia nacional. Pero casi ningún medio mencionó que había sido una muerte asistida.
Más que un final, un legado
Tatiana Andia no solo peleó por una causa. La vivió, la visibilizó y la convirtió en legado. Su historia puso sobre la mesa la urgencia de debatir el derecho a morir dignamente en toda América Latina. Su coherencia, hasta el último aliento, deja una huella imborrable.
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