Un cuento de Navidad: una tradición universal e intima

La escritora y periodista Luciana Prodan escribe en exclusiva para Para Ti “Felicidad: esa maldita costumbre”, una narración navideña con inspiración tradicional pero de impronta 100 % personal, con nostalgia y encanto atemporal.

Me habían dicho que mejor no me quedara a dormir. Que mañana era Navidad y que había muchas cosas por hacer, pero a mí no me importó. Y se nota que a mi abuela, tampoco. Porque como siempre (y cada vez que me quedo) se ocupó de dejarme en la mesita de luz, un frasco de cristal (uno de esos frascos que tienen pájaros tallados en el centro, que ella colecciona y compra cada vez que se va de viaje con mi abuelo) lleno de caramelos y hojas de chocolate amargo para que yo pudiera comer antes de acostarme. La verdad es que si estaba o va a estar muy ocupada, no me lo hizo notar. Nadie que esté muy ocupado tiene tiempo para pensar en esos detalles.

Foto: 123rf.

No sé qué hora es, pero estoy segura de que debe ser temprano porque puedo sentir el olor a tostadas y café con leche que viene desde la cocina (y eso que la casa es grande). Cómo me gusta el olor a tostadas y café con leche… Pero este olor, el de ellos, digo, y no cualquier otro. Ya sé, ustedes se pensarán que estoy loca, pero les juro que yo estuve en otras casas y los desayunos huelen diferentes; como si estuvieran rancios, amargos, vencidos. 

Me levanto de la cama y, mientras camino por el pasillo, puedo sentir la risa de mi abuelo entrecortada por cada sorbo de café que se lleva a la boca con las mismas ganas de siempre. Y también escucho que mi abuela canta. Otra vez puso el cassette de Isabel Pantoja y está cantando “Marinero de Luces”, una de sus canciones preferidas. Cada vez que la canta, llora. Llora, pero no sufre, eh. Y lo sé porque una vez se lo pregunté, y ella me contestó que no era sufrimiento lo que sentía, que era emoción. Y que aunque parezcan iguales, las lágrimas que son de sufrimiento o de emoción son muy, muy diferentes.

Ella dice que las lágrimas que nos hacen sufrir, enferman; y que las que nos hacen emocionar, nos sanan. Y también dice que ningún hombre merece las lágrimas de ninguna mujer. Y que si la hace llorar, pagará cada lágrima derramada por el resto de su vida, aunque él no lo sepa.

Finalmente, llego a la cocina y los veo. Ella canta, él está terminando el café, pero el tiempo parece detenerse cuando me ven parada en la puerta y los dos extienden sus brazos para abrazarme. Me acerco a la silla de mi abuelo, él se levanta, me hace volar por el aire y me estruja hasta los huesos. Mi abuela le dice que no sea bruto. Una vez que pies vuelven a tocar el suelo, viene a abrazarme ella también. Me abraza, y mientras sostiene mis mejillas con sus dos manos, me da un beso en la frente. Las manos de mi abuela huelen a mandarina y a jazmines. Mi abuela siempre huele flores, a frutas, a vida. Y a perfume francés, para qué mentirles.

Foto: 123rf.

Me siento y veo, sobre la mesa que da a la ventana, kilos y kilos de comida. Mis abuelos son exagerados para todo, y para preparar la cena navideña, también. A los pocos segundos, siento que la puerta de calle se abre. Es Elvira. “Sra, usté anda con la cabeza en cualquier lado, eh. Diga que por suerte pude conseguir algo abierto y acá tiene los palitos de brochette. Yo no sé qué íbamos a hacer con tanto pollo encajonado”, grita desde la puerta. Me asomo y la miro. Y entonces ella me ve y suelta las bolsas, como si le quemaran las manos, y viene a abrazarme. “Ey, mi niña, no sabía que se había quedado a dormir”, me dice. Y después de eso aprieta mi cuerpo contra su cuerpo, y me dan un beso y me llena de baba, como de costumbre. Mi abuelo me mira y me guiña un ojo. Él sabe que la quiero, pero también sabe lo nerviosa que me ponen los besos de Elvira.

Las horas pasan volando. Elvira, mi abuela y mi abuelo, hacen un equipo perfecto y preparan todo entre los tres. Elvira mira el reloj y me dice que me vaya a bañar, que ya van a llegar a todos.

Mi abuela me compró un vestido de algodón de color rosa con cintas de terciopelo en el centro. Termino de peinarme, saco uno de los perfumes de mi abuela de su placard, y me perfumo de pies a cabeza. Salgo a la puerta y, como en caravana, comienzan a estacionar los autos de toda mi familia. Mis papás, mis tíos, mis primos y mi hermana, estacionan primero. Y pegados, detrás de ellos, llegan la hermana de mi abuelo, y sus hijos y sus nietos. No sé cuánto somos, pero siempre somos muchísimos, y lo mejor es que nos tenemos. Que nos queremos. O por lo menos, eso parece.

Foto: Pinterest.

La taza de café que me estaba preparando, ahora hierve entre mis manos y me obliga a volver  a la realidad. La apoyo sobre la mesa y suspiro. Pienso en las familias que se deshilachan como si fuesen vestidos viejos. En las que terminan desmembradas y desaparecen. En las que se esfuman y vuelan por el aire para no volver a ser nunca más.

En la que ya no son, en las que ya no existen,  en los que ya no están. En por qué no valoramos a los que tenemos, cuando los tenemos. Y entonces pienso que acostumbrarnos a la felicidad, es lo más triste que puede pasarnos.

Antonella, mi hija (que tiene quince años) se acerca y me mira de costado. “Estás bien, ma”, me pregunta. “Sí, hija”, le contesto. Se da vuelta, parece que se va, pero vuelve, pensativa. “Ah, falta poco para Navidad, ma”, me dice.  ¿Tenés pensado con quiénes la vamos a pasar? ¿O vamos a salir a cenar los cuatro solos, como siempre?, me pregunta. “No sé, hija”, le contesto. No sé.

Ir Arriba