En el corazón del microcentro porteño se alza el edificio Teniente General Castiñeiras, uno de los exponentes más emblemáticos de la arquitectura moderna de la ciudad. Más conocido como edificio SOMISA, su silueta remite a la proa de un barco listo para avanzar. Su estructura metálica, la fachada vidriada y su impronta tecnológica lo convierten en una pieza tan singular como inconfundible de la ciudad.

En una nueva entrega de Historias de Cemento junto a Cementos Avellaneda nos acercamos a esta obra diseñada por Mario Roberto Álvarez, cuyo origen se remonta a un concurso convocado para proyectar la sede de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina. Un edificio que no solo se destaca por su innovación y su lenguaje moderno, sino también por su capacidad de condensar una época en la que la industria y el progreso marcaban el rumbo.
Historia y arquitectura del Edificio SOMISA
El estudio de Mario Roberto Álvarez construyó el edificio entre 1966 y 1977 como sede de SOMISA y lo pensó como un verdadero manifiesto de modernidad. Su diseño responde a una lógica industrial precisa: una estructura modular de acero totalmente soldada, pionera en el país y en Latinoamérica, que permitió levantar una obra de gran escala con un sistema casi mecánico.

Implantado sobre un terreno triangular, su forma genera esa característica imagen de “proa” que se proyecta hacia la ciudad. La organización interna también responde a criterios racionales: siete subsuelos destinados a servicios y cocheras. Además, planta baja pública con salas de espacios comunes, los niveles superiores de oficinas diseñados con planta libre, sin columnas, lo que permite una flexibilidad total en su uso.
La combinación de materiales refuerza su carácter innovador: hormigón armado en la base y estructura metálica en altura, junto a una envolvente de vidrio y acero inoxidable que acentúa la idea de liviandad y tecnología. El proyecto integró cada pieza dentro de un sistema y las ensambló con precisión, siguiendo una arquitectura que expresaba el avance técnico de su tiempo.
#TipCementero por Cementos Avellaneda
Reconocido mundialmente por ser el primer edificio en el mundo construido íntegramente con chapa de acero soldada y el primero en Argentina erigido totalmente en acero. Concebido como una pieza de relojería o un ‘mecano’ de alta precisión, emplea chapas de solo 3 mm de espesor para conformar columnas, vigas y entrepisos. Presenta una estructura mixta: los siete subsuelos, que alcanzan los 24 metros de profundidad, son de hormigón armado, mientras que la superestructura es completamente metálica y fue montada en seco.
Curiosidades y legado de un ícono moderno
El edificio SOMISA no solo fue revolucionario por su sistema constructivo, además incorporó soluciones adelantadas a su época. Algunas de ellas el uso del doble vidrio hermético para mejorar la eficiencia térmica y acústica, y una infraestructura completamente equipada para oficinas modernas.

Entre sus particularidades, el edificio responde de manera innovadora a la normativa de altura de la Diagonal Sur. La planta baja se ubica levemente por debajo del nivel de la vereda. Además, se incorporan grandes patios que permiten que la luz natural llegue hasta los subsuelos. De este modo, alcanza siete niveles subterráneos, con una profundidad de hasta 24 metros. En altura, suma 14 pisos que respetan la línea urbana de su entorno.
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Ubicado en la intersección de la Avenida Belgrano y la Diagonal Sur (Av. Julio A. Roca), el edificio se distingue por su fachada continua de vidrio y acero, que permite plantas libres y gran flexibilidad espacial. Incorpora un helipuerto circular en su terraza, símbolo de modernidad, y logra una integración armónica con el entorno urbano.
En 2014 el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional, consolidando su lugar dentro del patrimonio argentino. A diferencia de otras construcciones más antiguas, su valor no radica en las décadas que acumula, sino en su capacidad de representar una época.

Hoy, el edificio SOMISA sigue siendo una presencia contundente en el paisaje urbano porteño. Más allá de su función actual, su estructura de acero y su estética moderna continúan dialogando con la ciudad como testimonio de un momento en el que la arquitectura se proyectaba hacia el futuro. Una obra que confirma que, incluso sin siglos de historia, hay edificios que nacen para convertirse en patrimonio.