En el Día de la Mujer nos propusimos ver el lado menos conocido de cuatro mujeres extraordinarias: Tita Merello, Victoria Ocampo, Lola Mora y Petrona Carrizo.
Intentaremos, a partir de algunas “perlitas” biográficos de estas mujeres icónicas, iluminar cuestiones de género y vida cotidiana durante varias generaciones.
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Parada 1: Barracas
El primer stop lo haremos en el Complejo Histórico Santa Felicitas (Pinzón 1480), un espacio convertido en museo gracias a la iniciativa de la arquitecta Ellen Hendi quien, desde hace más de dos décadas, nos ayuda a repensar el rol de la mujer en la historia.
Allí hay una sala temática con exposición permanente sobre el legado de nuestra querida Doña Petrona.
La referente de la cocina argentina se presentó en 1928 a un llamado de la Compañía Primitiva de Gas de Buenos Aires para integrar un equipo de ecónomas que promovieran el uso del gas en la cocina.
Casi sin saberlo y sin mucha aprobación del Señor Gandulfo, dio inicio a una carrera espectacular que la llevaría a ser pionera en la difusión del arte culinario en radio y televisión, pero también logró ser la figura capaz de legitimar en público la importancia del rol doméstico.

Doña Petrona
En ese tiempo, la feminidad se medía por lo que las mujeres pudieran cocinar o bordar. El ideal de mujer “respetable” operaba en el hogar y era su responsabilidad mantener el bienestar de la familia.
Incuso, apenas dos años antes de que Petrona se postulara para trabajar en Primitiva, la legislación obligaba a las mujeres casadas a tener autorización del esposo para salir a trabajar fuera del hogar.
Nada la detuvo. En 1934 publica un libro con tres mil recetas que fue tan leído como el Martín Fierro. Allí enseñaba desde cómo deshuesar un pollo hasta como planchar bien el mantel. Durante años, fue el “libro agrado de la mujer moderna” y un regalo de bodas obligado. Dicen que en nuestro país, vendió mas ejemplares que la Biblia.
Aunque en ese tiempo se desalentaba la participación de la mujer en el mercado de trabajo, Doña Petrona logró ser un ícono al demostrar que la cocina no sólo consistía en alimentar a los demás sino en crear platos que fueran verdaderas obras de arte.
¡Y pensar que lo que más ansiaba Petrona cuando llegó a Buenos Aires en 1923 desde su Santiago del Estero natal era conseguir el honorable título “de”, ser una mujer casada, la señora de Gandulfo!

Parada 2: Costanera Sur
Contemplar la Fuente Monumental Las Nereidas, una de las obras insigne de Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández (Lola Mora), es la segunda parada que les proponemos para repensar el rol de la mujer a lo largo de la historia
Con estudio y audacia, logró sortear los destratos e indiferencias que le ocasionó ser una artista con bombachas de gaucho y romances clandestinos.

La obra que hoy vemos en la entrada de la Reserva Ecológica fue mudada varias veces por cuestiones de transgresión moral e ideológicas
Considerada la escultora de los gobiernos conservadores, el día que los vientos políticos soplaron para otro lado, Lola pasó de ser “la escultora de la Patria” a una lisa y llana “marmolera”.
Definitivamente, nada fue fácil para Lola Mora pero supo dejar huella en la búsqueda de la igualdad. Sin que nadie le regalara nada, supo hacerse un lugar en la historia.

Parada 3: San Telmo
En Defensa 715, San Telmo, una placa nos advierte que allí nació Laura Ana Merello, o Tita: “La morocha argentina”.
La actriz de “El Conventillo de la Paloma” y “Mercado de Abasto” conoció de joven el ruido que hacen las tripas cuando se tiene hambre, pero su desparpajo la hizo llegar lejos. Del orfanato al bataclán y de allí al Maipo y a las marquesinas de Corrientes y Lavalle.
Logró convertirse en una diva popular de aire malevo hasta llegar a la pantalla chica y aconsejarnos hacernos el Papanicolaou.

Cierto día, la escritora Victoria Ocampo le envió un libro de regalo con una marca donde Mahatma Gandhi decía algo así como que no hacía falta ser intelectual para ser alguien en la vida.
Con ese gesto, Tita y Victoria empatizaron desde la distancia de sus orígenes y sus oportunidades. Esta anécdota nos lleva directo a nuestra última parada.

Parada 4: Béccar
La vida y obra de Victoria Ocampo se pueden conocer en Villa Ocampo (Elortondo 1837), la casa museo ubicada en la localidad de Beccar, provincia de Buenos Aires.
Allí se muda la escritora en 1941 hasta su muerte en 1979. Durante esos años, la casa fue un verdadero escenario de la cultura.
La casa parece sufrir la ausencia de la directora de la revista Sur pero la evoca con imágenes suyas en distintos momentos de su vida. Las paredes hablan de la mujer práctica e independiente que fue. El color tiza que eligió para dar luz a los salones, el mobiliario rústico que agregó a los clásicos que ya estaban. El hogar es su reflejo.

Sólo el cáncer fatal de garganta le puso límites a esa mujer que se animó a fumar en público, a usar pantalones y a desnudar sus brazos.
Anunció públicamente su separación y jamás formalizó las siguientes relaciones amorosas. Libre como la pluma, inalterable como la tinta.
Doce mil libros fue su legado y algunos otros tesoros que están desperdigados por la casa: su máquina de escribir en el escritorio, como si la siguiera esperando, los característicos anteojos de marco blanco en la biblioteca y el brasero de características moriscas para resistir los días de invierno. Todo la recuerda.
Firmaba las notas con su apellido porque “no le interesaba ser de nadie”. No pensaba así Doña Petrona Carrizo que ansió tanto ser “de Gandulfo”. Pero eso ya te lo contamos al principio.

Texto y fotos: Mariela Blanco, periodista.
Instagram: @marielablancoperiodista
Twitter: @marielablanco26
Correo: [email protected]
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