Estancia Jesuítica Alta Gracia, un rincón enclavado en el tiempo a 38km de la ciudad de Córdoba – Revista Para Ti
 

#HistoriasDeCemento: Estancia Jesuítica Alta Gracia, un rincón enclavado en el tiempo a 38km de la ciudad de Córdoba

En el marco de la Semana Deco Para Ti, Silvina Gerard nos invita a conocer la historia de este museo declarado Patrimonio de la Humanidad, que exhibe una importante colección de objetos que datan de los siglos XVII, XVIII y XIX, y que oculta un triste pasado.
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"Conocer las propias raíces es un derecho de todo pueblo y de todo individuo, y las raíces de muchos ciudadanos de Alta Gracia se hunden en lejanas tierras africanas. Ellos han seguido el destino común de la mayoría de los argentinos: son hijos de los mares, pero para su desgracia sus barcos fueron barcos negreros; de ahí que se los haya condenado a la desaparición de la memoria colectiva. Es deber de la sociedad toda devolverles su pasado” - Jeannette de la Cerda.

El mapa que había preparado hacía tiempo marcaba las estancias jesuitas del itinerario cultural de aquel verano en Córdoba.

Colonia Caroya (1616), Jesús María (1618), Santa Catalina (1622), Alta Gracia (1643), La Candelaria (1678) y agendé San Ignacio (1725) aunque sabía que hoy quedan sólo ruinas. Sumaba la Manzana Jesuítica de la ciudad capital porque estando próxima no podíamos perdernos.

El camino era largo y recordaba los relatos de mi madre cuando me contaba que había pasado allí, en Alta Gracia, una temporada buscando la tierra seca y el aire limpio de la sierra como excusa del asma de la abuela y decía “si hasta me anotaron en la escuela primaria y cursé lo que restaba del año”.

La tierra seguía seca y el aire limpio pero caliente, todo lo caliente que se puede esperar un mediodía de febrero en las sierras, muy caliente. En la web confirmaban la visita guiada de las 14hs y llegábamos a tiempo, sólo para mi alegría. El resto buscaba sombra, el sol del mediodía no es amable. Aun así, nada me entusiasmaba más que conocer, aunque sea una de las seis estancias de lo que fueran las Misiones en Córdoba.

El Camino de las Estancias Jesuíticas es un itinerario turístico cultural que permite conocer los valores patrimoniales y la importancia de estos centros productivos históricos, vinculados nada más ni nada menos que con la creación de la primera universidad del país.

A 38 kilómetros de la ciudad de Córdoba, la Estancia de Alta Gracia se vuelve una parada obligada para descubrir el legado jesuita y es un verdadero viaje a través del tiempo y la historia sobre la huella del Camino Real.

Este camino lo transitaban los conquistadores españoles para llevar mulas y tejidos desde Córdoba hasta las minas de Potosí (Perú). La Compañía de Jesús era una orden masculina que se asentó en 1599 en la Ciudad de Córdoba imponiendo sus formas particulares de relación y dominación.

Allí se construyó el Noviciado, el Colegio Máximo, la Iglesia de la Compañía, la Capilla Domestica y el Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat. Para aquel entonces y a causa de la escasez de recursos para solventar las obras, los jesuitas buscaron su propio sustento a través de estancias, las cuales se convertirían en establecimientos rurales con fines productivos dispuestos en distintos puntos de la provincia.

La Estancia de Alta Gracia se fundó en 1643, a partir de una embrionaria unidad productiva siendo uno de los centros rurales más prósperos de la compañía cordobesa. Tenía como objetivo el sostén del Colegio Máximo, luego primera universidad del territorio argentino y mantenía un fluido intercambio económico con las otras estancias jesuíticas.

Planteaba como eje la autarquía y autoabastecimiento, generando el circuito comercial andino a partir de la comercialización de ganado vacuno y mular. En Alta Gracia se criaba, en La Candelaria se invernaba para que tomaran robustez, y luego se mandaban al tablado de Salta y ahí bajaban los comerciantes de Alto Perú, que dependían de Potosí. Todo ese dinero que ingresaba se invertía de manera local o se compraban esclavos en el puerto de Buenos Aires.

Fue así como entre los siglos XVII y principios del XVIII, la orden ignaciana encontró en las estancias el camino del auto sustento con una importante producción económica hasta 1767 cuando fueron expulsados por decreto del Rey Carlos III.

Cuando llegó la expulsión se encontraban en la estancia el cura Pedro Nolasco López, el administrador Juan de Molina y el obrajero Francisco Benito.

El 14 de julio de 1767, los soldados llegaron a Alta Gracia para hacer cumplir la orden de expulsión del Rey, intimada por su Real Decreto del 2 de febrero de 1767. Los Padres fueron conducidos como prisioneros a Córdoba y encerrados en el refectorio del Colegio, junto a sus compañeros jesuitas para luego librar su salida a Buenos Aires, camino al puerto y al mismísimo destierro.

Este centro rural estaba integrado por la Residencia (actual museo), la Iglesia, el Obraje donde se desarrollaban algunas de las actividades manufactureras, la Ranchería (vivienda de negros esclavos), el Tajamar (dique de 80 m de largo), los molinos harineros, los hornos de cal, ladrillos y tejas, el Batán (edificio que alberga una máquina movida por el agua y compuesta por mazos de madera cuyos mangos giran sobre un eje para golpear, desengrasar los cueros y dar consistencia a los paños y otras construcciones que datan de los siglos XVII y XVIII.

Completan el conjunto el templo de la Estancia de Alta Gracia, la “Parroquia Nuestra Señora de la Merced”. La obra sacra es de planta longitudinal de una sola nave, cubierta con bóveda de cañón corrido.

La luz juega un papel fundamental en la percepción espacial, resaltando el rico retablo del altar mayor, trabajado en dorado, con sus columnas salomónicas y un el elaborado coronamiento. Reemplazando la inexistente torre campanario, se encuentra una espadaña plana con aletas laterales, arcos semicirculares en dos filas con tres aberturas para las campanas. La falta de torres la presume diferente y le da una identidad única.

Jesuitas, negros, aborígenes, europeos y criollos se involucraron en estas tierras para producir mercadería y generar intercambio, así era en ese tiempo. Un uso intensivo de mano de obra esclava, que entraba por el puerto de Buenos Aires.

Los jesuitas tenían un trato “benévolo” para con los esclavos, según el criterio de la época, una época de trafico de mano de obra afro que, traídos de manera forzada de África occidental y esclavizados, estas mujeres y hombres y su descendencia desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo económico de la región.

Existe entre los citadinos la idea de reivindicar su presencia y rescatar el protagonismo que tuvieron los casi 300 esclavos negros en la estancia jesuítica de Alta Gracia. Para 1772 el gobernador Juan José de Vértiz dispuso el remate público de las estancias y demás bienes.

En 1810 la Estancia fue adquirida por Santiago de Liniers, quien fuera virrey del Rio de la Plata entre 1807 y 1809. Allí vivió unos pocos meses. A partir de la Asamblea de 1813, se había decretado la libertad de vientres.

Los esclavos eran libres al matrimonio, o a la edad de 20 años (varones) o 16 (mujeres). Como sus padres continuaban en servidumbre, estos jóvenes tenían escasas oportunidades de desarrollo, razón por la cual muchos se alistaban como soldados. Los esclavos estaban regidos tanto por el derecho canónico y secular como por las reglas y políticas de la Compañía de Jesús.

A fines del año 2000, la UNESCO declaró a la Manzana Jesuítica y al Camino de las Estancias como Patrimonio de la Humanidad, reconociendo los valores patrimoniales e históricos excepcionales que estas construcciones representan.

La Estancia de Alta Gracia funciona como museo que exhibe una importante colección de objetos que datan de los siglos XVII, XVIII y XIX. Las diferentes salas cuentan la forma en que vivían los jesuitas, los esclavos africanos, las mujeres y el Virrey Liniers.

También vale la pena recorrer el patio principal, que cuenta con una escalinata central, el patio de trabajo, el Tajamar, las ruinas del molino y un antiguo horno. Allí quedaron las cadenas, los eslabones aún se ven soldados en la herrería.

Me detengo en el sudor de los esclavos y los indígenas, testigos mudos de la historia, que trabajaron bajo la orden de los jesuitas. Sus rostros, surcados de arrugas forman parte de lo que a nadie le gusta contar porque sin dudas es un trago amargo en la historia. Allí está su presencia en las acequias por las cuales corre el susurro de sus voces silenciadas por años.

Quedaron sus obras, grandes construcciones a fuerza de castigo que retumban el eco de los tambores que sonaron alguna vez con canciones de libertad.

Texto: Silvina Gerard @silvina_en_casapines.

Fotos: gentileza Silvina Gerard y Córdoba Turismo.

Más información en parati.com.ar

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