“El fin es el principio”, en el Museo Nacional de Arte Decorativo, es una exhibición de Laura Orcoyen.
La reconocida diseñadora argentina de cuatro décadas de trayectoria convoca a acompañarla en el desenlace –y el nuevo comienzo- de un ambicioso y singular proyecto.
Concebida especialmente para el Palacio Errázuriz, la muestra se propone como un viaje por los ciclos de la vida, señalando al diseño como centro y lenguaje capaz de tender puentes entre arte, filosofía y naturaleza.

“El fin es el principio propone una serie de escenas que convierten la vida doméstica en un mapa de correspondencias”, nos cuenta Wustavo Quiroga, curador de la exhibición de Laura Orcoyen en el MNAD que se recorre como si fuera una visita al palacio y sus espacios: living, bar, comedor, jardín, aposento, vestidor... Cada uno con su propio simbolismo.
Los objetos e instalaciones diseñadas por Laura Orcoyen dialogan con diferentes disciplinas y ámbitos de la exploración, la investigación y el conocimiento.

“La muestra abre un campo de lectura expandido sobre el vínculo entre lo material y lo inmaterial, lo físico y lo virtual, lo estable y lo mutable –describe Quiroga- Naturaleza, geometría, astrología, alquimia, filosofía y tecnología no aparecen como temas aislados, sino como capas de sentido que se superponen en las obras, en las proyecciones, en la realidad virtual y aumentada, y en las videoperformances”.
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Visitar “El fin es el principio” de Laura Orcoyen en el Museo Nacional de Arte Decorativo es entrar en un ámbito donde “los objetos, los cuerpos y las fuerzas invisibles están en permanente conversación”.
“Más que ofrecer respuestas, la muestra invita a ejercitar la mirada para detectar los mensajes ocultos que sostienen la experiencia de habitar”, expresa Wustavo Quiroga.
Entonces se trata de ingresar y descubrir el mundo aparte que concibió la fundadora del espacio Laura O., esta vez en la fascinante escenografía del “Versalles porteño”.

Ella es la anfitriona de una visita al palacio devenido en “sensor del mundo” que interpela y cuestiona sobre cómo queremos vivir, cuidar y transformar nuestro entorno.
En el living, reciben dos abejas, y sobre la mesa, el polen aparece como alimento divino y como metáfora de la riqueza que sostiene todo lo vivo. En uno de los espacios clave de “El fin es el principio”, un sofá oval simboliza el encuentro de los doce signos del zodíaco -su fuerza y el movimiento- y el mensaje es que “ninguna vida se sostiene aislada”.


En el “bar alquímico” de Laura O. -con sal, mercurio y azufre- sucede la transformación en tres niveles: físico, energético y espiritual (cuerpo, espíritu y alma).
“En este bar se ensayan maneras de transformar la energía. Hongos, seres del reino fungi, transmutan la materia de lo denso a lo liviano para sostener formas de vida invisibles pero fundamentales”, guía el curador de la exhibición a través de los majestuosos salones intervenidos del Museo Nacional de Arte Decorativo.
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En el comedor los planeta se alinean con las bacterias y los minerales sobre una mesa redonda con siete sillas giratorias, cada una identificada con los astros que dan nombre a los días de la semana: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Sol. Y en los márgenes, aparecen minerales y bacterias: “arquitecturas silenciosas que sostienen toda forma de vida”.


Hay vida afuera, reflejada en el jardín (interior), protagonizado por un árbol que organiza el espacio como un eje entre cielo y tierra: “raíces como memoria profunda, tronco como identidad, ramas como expansión, flores y frutos como belleza y posibilidad”.
Además, una escalera helicoidal sugiere el carácter cíclico de la existencia y un horno introduce la fuerza del fuego interior y de los procesos de purificación.


Antes del final del recorrido por la casa de Laura Orcoyen en “El fin es el principio”, en “el aposento”, una cama circular ocupa el centro de la escena que plantea la supremacía del inconsciente, y devuelve al visitante al lugar del museo a través de la célebre figura de “El pensador” de Auguste Rodin que concentra la tensión del espacio.
El dormitorio incluye un vestidor circular que presenta prendas realizadas por Esmeralda Escasany.
“Superficies translúcidas conforman trajes arquetípicos que convierten el acto de vestirse en un rito: elegir qué piel simbólica usar para habitar el mundo –apunta Wustavo Quiroga- Vestirse implica, aquí, ensayar otras versiones de uno mismo, reconocer la propia multiplicidad”.
El principio y el fin de la exhibición de Laura Orcoyen en el Museo Nacional de Arte Decorativo

La muerte forma parte de la experiencia de “El fin es el principio”, revelada en un impactante ataúd blanco —el Cajón O— que reposa sobre rocas y emite luz y sonido, “recordando que la materia cambia de forma pero no se extingue”.
La instalación dialoga con el proyecto inconcluso “La muerte del poeta”, la chimenea de Auguste Rodin proyectada en 1913 para el Palacio Errázuriz. Y en la revisión de Laura O., una estructura de andamios sostiene la escultura de Elba Bairon, “un cuerpo suspendido que parece oscilar entre la presencia y la desaparición”.



Antes del final del recorrido, una advertencia: la muestra “El fin es el principio” de Laura Orcoyen en el Museo Nacional de Arte Decorativo incluye activaciones performáticas que potencia la dimensión ritual de la muestra –con dirección de Flor Sánchez Elía y Fran Stella- piezas audiovisuales -de Ramón Miquelot- que registran y amplifican el “palacio tour” y experiencias de realidad virtual y aumentada desarrolladas por Juan Goyret que despliegan nuevas capas de lectura.

