Javier Saiach: “Puedo hacer de un pedazo de arpillera un megatuendo”

La intimidad del diseñador correntino que impacta con su estilo y se consagra como
el preferido de las celebrities. Desde Juliana Awada a Pampita, todas quieren estar “asaiachadas”.
Javier Saiach, en primera persona. Foto: Alejandro Carra

Con gestos medidos, Javier Saiach habla claro, dice lo que piensa y sabe el efecto que causa a su paso (casi el mismo que provocan sus vestidos). El diseñador que logró hacerse a sí mismo en Paraguay, desembarcó en la Argentina hace cinco años dispuesto a mostrar qué fue lo que lo hizo triunfar en el exterior… Y arrasó.
Fue un largo camino para Saiach, un argentino de 46 años al que su familia ansiaba ingeniero, que quería ser decorador y terminó estudiando arquitectura como un punto intermedio (por un tiempo). Hasta que el bichito de la moda hizo lo suyo: “Quería dar el gran salto y sabía que iba por el lado de lo artístico. Nunca había pensado que sería en la moda, pero acá me ves –cuenta a Para Ti en su estudio atelier–. Siempre fui de familia bien, muy sobreprotegido y precoz. Terminé el secundario a los 17, luego hice dos años de arquitectura en Chaco, antes de mudarme a Asunción del Paraguay con mi papá”, recuerda Javier. Un dato llevó a otro. “Una recomendación por un pino de Navidad que había hecho lo inició todo”. Así comenzó su trabajo como decorador y vidrierista, y no paró hasta diseñador de moda.
Fuera del radar local (aunque muchos lo seguían de reojo), este argentino logró llegar a lo más alto en el Paraguay: “Soy buen efectista, muy buen mago del color. Siempre digo que soy un gran ilusionista, puedo hacer de algo que no es tan caro algo que sí, así como también transformar una prenda de uso diario en algo muy rimbombante. Puedo hacer de un pedazo de arpillera un megatuendo, ¡el más lindo de la noche!”, asegura sin falsa modestia.

Javier Saiach, es uno de los diseñadores elegido por las famosas. Foto: Alejandro Carra.

¿Y cómo se llega a boca de todos?
Así lo cuenta él: “Primero se llega a Buenos Aires. Fue hace cinco años, cuando acababa de hacer el show Argentina Fashion Week. Me llama el productor Héctor Vidal Rivas y me dice: ‘Javier, ¡tenés que volver! Jorge (Ibañez) no está más y me parece que hay un espacio que queda vacío para ese tipo de diseños. Vos serías el nuevo Jorge Ibañez’. Le respondí ‘Yo no voy a ser el nuevo Jorge Ibañez, yo voy a ser Javier Saiach’. Pero sí, quería volver para darle forma a esa mujer argentina perdida en medio de una política económica muy dura y que pensaba que mostrarse estaba mal visto. Usaba ropa mínima, tacos bajos… ¡¿por qué?!”, se alarma Saiach.

EL ELEGIDO
Javier Saiach no da puntada sin hilo. Se nota que es un apasionado con lo que hace y 2019 es un tiempo de revancha. Atrás quedan los comentarios por su forma de hablar o su derecho de piso: “Viví e hice carrera en el Paraguay, ¿qué quieren que tenga, acento de dónde?”. Asegura que no se parece a nadie: “Después de 18 años me gané un nombre propio. ¿Qué soy? Seducción, impacto y originalidad”, enumera el diseñador.
De repente, Javier Saiach comenzó a ser nombre repetido en los grandes sucesos locales: que el vestido de boda de Isabel Macedo, que los trajes de Juana Viale, Zaira Nara o Carolina Pampita Ardohain en ocasiones como el Martín Fierro o los looks de Juliana Awada. Su sello también pasó por Mariana Fabbiani y Vanesa Mansilla, la mujer de Carlitos Tévez. Todas buscan vestir un Saiach, todas quieren estar “asaiachadas”.

“A mí lo que me más me divierte es el lujo. Aún sin quererlo, al hacer prêt-à-porter y jugar para tener una opción de algo más ponible, termino con remeras de algodón y faldas de tul. Me gusta la jerarquización de la mujer”. Foto: Alejandro Carra.

¿Las famosas pagan sus trajes?
Siempre es un win to win. Los dos ganamos. Si a mí me divierte el proyecto, me embarco; pasa que cada vez me divierte menos. Y no porque me la crea sino por un nivel de lealtad. La celebrity argentina está sobrevalorada. ¿Un trabajo por unos likes? No, gracias. Y muchas veces no es educada, generalmente es altanera y no tiene puntualidad. Te cambian los proyectos o te dicen “no me gusta”. Pero, ¡¿te viste el ‘empedrado’ que tenés?! La gente cree que está lisa como una tabla.

¿Qué pasa con Juliana Awada?
Ella es puntual, respetuosa, conoce de lo que habla y además entiende los tiempos que lleva un traje.

Parte del universo Saiach. Foto: Alejandro Carra.

¿A quién te gustaría vestir?
¡A la Jequesa de Qatar! Acá ya las vestí a todas, aunque… sí me divertiría hacer a Moria. Siempre flirteamos. ¿Por qué ella? ¡Por todo! Me parece que sería un gran desafío para mí. Moria bien hecha, “asaiachada”, sería un producto casi de colección.

¿Cómo definirías tu estilo?
A mí lo que más me divierte es el lujo. Aún sin quererlo, al hacer prêt-à-porter y jugar para tener una opción de algo más ponible termino con remeras de algodón y faldas de tul. Me gusta la jerarquización de la mujer. Algo que inicialmente era sencillo podrías terminar poniéndotelo en la alfombra roja del Festival de Cannes (se ríe).

Bordados artesanales decoran todas sus prendas. Foto: Alejandro Carra.

¿Qué es el lujo hoy?
Tiempo. Y en la moda, por ejemplo, un buen traje te lleva por lo menos tres semanas entre bordados, etc. Aunque hay exageraciones. Leo “el traje tiene 5.000 horas de bordado”: eso ya no existe, son mentiras. Existen géneros que tardan mucho en hacerse o que requieren mucha meticulosidad como los velos, pero 5.000 horas, ¡no!

¿Decís boda o casamiento?
¡Boda!

El vestido de boda de Isabel Macedo fue furor, ¿te da miedo quedar encasillado?
No, porque creo que el blanco es el color que me sale por excelencia. Soy bueno con los colores, mezclando texturas… Era el que mezclaba leopardo con flores o fucsia con marrón, naranja con azul o con colorado cuando nadie más lo hacía. No eran colores que se usaran juntos. Soy un atrevido del color y la proporción exacta. Cuando otros hacen que una mujer parezca un árbol, yo logro un atuendo soñado.

Si una de tus musas camina por la alfombra roja con uno de tus diseños, el peor insulto sería que lo confundieran con…
No va a pasar nunca. Cinco años al hilo de Martín Fierro y no ha pasado (se ríe). Nombres, no voy a dar. No voy a confrontar, pero sí me torra que describan un vestido con un “¡qué linda la tela!”. ¿Cómo puede ser que alguien no tenga idea que un vestido lleva pinzas, un bordado? Es como que digan “linda cola” en lugar de “qué linda chica”.

Lujo y sofistcación son el sello de cada colección. Foto: Alejandro Carra.

TOP TOP, ¡TOP!
El diseñador asegura que se viene una temporada con el desembarco de Javier Saiach en Madrid. “Cuando uno vende un producto que está hecho desde el sacrificio y el amor llega un momento que se gana apoyo”. A la hora de trabajar, el correntino asegura que “el arma más mortal que tiene una mujer es la feminidad. Aunque muchas veces se exceden, creen que la sexualidad es sensualidad. ¡¿Por qué?! Porque una mujer semidesnuda genera más likes?!”, declara.

Con tu pasado una podría esperar un estilo arquitectónico…
¡Me aburre! Me torran esos diseños. Me parecen divinos para verlos en las pasarelas, pero no veo a una señora poniéndose eso y que alguien le diga “qué divino lo que tenés puesto”.

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¿Cuál es el camino para tener un Saiach?
Tengo vestidos en mis percheros que se amoldan y vestidos couture que están hechos desde cero, de acuerdo al cuerpo y con género. Se genera la forma y se pispea el cuerpo.

Si quiero algo a medida, ¿elijo yo, elegís vos?
Vos venís a la entrevista y me decís lo que pasa por tu mente. Pero elijo yo. Porque vos venís con tus prejuicios y preconceptos. Creo que la mujer es muy dura consigo misma. Vivimos en una sociedad donde hace mucho no escucho que a una mujer le digan “Qué hermosa estás” y ella sólo responda “Gracias”. Yo mismo estoy entrenando para hacer eso. Siempre te dicen “Ay, si me hubieras visto hace 15 días”. Por la sobreexigencia perdimos esa cotidianidad que hace que uno se sienta bien. Vienen por un vestido, elijo yo. Por el amor que uno le tiene a la profesión y por la dignidad. Llegué a un momento en mi carrera en que no quiero prostituirme y dejé de hacer lo que la gente dice o quiere de mí.

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